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Martes, 12 de mayo de 2009

OPINIóN

A la comunidad artística

 Por Juan Carlos Gené *

Resulta demasiado personal, lo sé, pero confieso estar consternado. Deben estarlo, supongo, los que como yo seguimos con serena atención el proceso político, social, económico y cultural que se desarrolla en estos años en Venezuela.

Es sabido que viví mi exilio en Venezuela entre 1977 y 1983 y que, retornada la democracia en mi país, permanecí aún diez años en Caracas. Había construido allá una vida, asentada sobre la institución que, apenas pisé territorio venezolano, me ofreció un espacio de creación y enseñanza teatral: el Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral, Celcit, que sigue siendo, ahora en Buenos Aires, como antes allá, el eje de todo mi trabajo teatral. No creo que haga falta, en la comunidad de los teatristas iberoamericanos, explicación alguna sobre qué es y qué hace la institución que en la Argentina me toca presidir y que naciera en Venezuela en 1975. Pero fue por mi participación en ella que, junto a Luis Molina López, su fundador y director general a nivel internacional, recibí del Estado venezolano la Orden Andrés Bello en reconocimiento a los servicios por nosotros prestados, desde el Celcit, a la cultura venezolana.

Para entonces la institución ya había multiplicado su presencia activa por toda la región habiendo alcanzado a toda Iberoamérica incluyendo España. Pero es imprescindible recordar que el Celcit fue creado por el Ateneo de Caracas y durante años formó parte de su estructura, y ha mantenido hasta la fecha una relación constante con la institución madre; y que toda iniciativa creativa artística, educacional y cultural en todas sus acepciones, surgida en Venezuela, tuvo cobijo, apoyo y estímulo en el Ateneo de Caracas. Sería inagotable la lista de cuántos artistas e intelectuales expulsados de sus países por la pandemia de dictaduras en nuestro continente tuvieron refugio y espacio profesional en el Ateneo de Caracas.

La cultura venezolana ha tenido su casa en el Ateneo, desde los años en que la institución era apenas una tenue luz entre pocas, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, y hasta ahora ha sido identificada con la democracia venezolana misma.

De ahí mi consternación ante la intransigencia de las autoridades nacionales venezolanas al reclamar la entrega perentoria de la sede del Ateneo al haberse vencido, el 4 de este mes, el comodato que regía su posesión. No intento discutir el derecho del Estado de reclamar un bien que le pertenece, es preciso recordar que si ese bien le había sido hace décadas adjudicado al Ateneo de Caracas, lo fue como reconocimiento de su tarea y de su indiscutible identificación con el arte y con la cultura de Venezuela.

¿Cómo puede una Venezuela “bolivariana” impedir que el Ateneo de Caracas siga siendo lo que ha sido hasta ahora para toda la comunidad cultural del mundo? ¿Cómo puede obviarse el prestigio y el respeto que a nivel internacional rodea al Ateneo de Caracas? ¿Por qué las tratativas entre la institución y el Estado, que habían avanzado hacia una solución que otorgaba unos meses de prórroga para que la entidad pudiese salir ordenada y dignamente del edificio, se interrumpieron abruptamente y se intima la entrega del inmueble? ¿Estas preguntas tienen respuesta? Quizá si se adhieren a esta formulación, cuantas personas e instituciones trabajan por las artes plásticas, la música, el teatro, la literatura y todo lo que da forma cultural a la vida humana, mis débiles preguntas alcancen el clamor que los hechos, creo, reclaman.

* Presidente del Celcit-Argentina.

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