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Viernes, 20 de mayo de 2011

IN FILM NIST, DE JAFAR PANAHI, SE VIO FUERA DE LA COMPETENCIA OFICIAL

Algo de luz en medio de la oscuridad

El cineasta iraní, condenado a veinte años de inactividad profesional y a seis de cárcel por razones políticas, envió en un pendrive su película más reciente, realizada clandestinamente en su casa. Y se trata de una pequeña obra maestra.

 Por Luciano Monteagudo

Desde Cannes

El affaire Lars von Trier, quien el miércoles expresó en conferencia de prensa que “simpatiza un poco con Hitler”, sigue dando que hablar en el festival, que ayer declaró oficialmente “persona no grata” al cineasta (ver aparte). El comunicado, sin antecedentes en la historia de Cannes, es particularmente duro, no sólo por la gravedad intrínseca de lo que muchos aún consideran fue “una broma” del director danés sino, también, porque en esta edición el tema de la defensa de la libertad de expresión está precisamente en el corazón mismo del festival. Era evidente que, a pesar de tratarse de uno de sus hijos dilectos, Cannes no podía zafar del caso Von Trier con el primer, tibio comunicado del miércoles, al mismo tiempo que ofrecía su excepcional plataforma de difusión a los cineastas iraníes condenados en su país al silencio y la prisión. Y la jornada de ayer se vio hegemonizada por la figura de Jafar Panahi, que envió al festival –en un pendrive– su obra más reciente, titulada In Film Nist (“Esto no es un film”), realizada clandestinamente en su propia vivienda en Teherán. Exhibida en una sesión especial fuera de competencia, se trata de una pequeña obra maestra, que no tiene nada que envidiarles, en interés y complejidad, a los films más famosos de Panahi.

Descubierto aquí en Cannes en 1995, donde ganó la Cámara de Oro por su ópera prima El globo blanco, Panahi fue cosechando luego los principales premios del circuito de festivales de primera línea: Leopardo de Oro de Locarno por El espejo (1997), León de Oro en Venecia por El círculo (2000), el premio Un Certain Regard en Cannes por Crimson Gold (2003) y un Oso de Plata de la Berlinale por Offside (2006). Ninguno de estos reconocimientos le impidió al actual régimen iraní condenar a Panahi a 20 años de inactividad profesional y a seis años de prisión, por acciones políticas contrarias a la línea oficial de gobierno. Recluido en su departamento, a la espera del resultado de la apelación que sus abogados presentaron a la Suprema Corte, Panahi se las ingenió aun así para desafiar la prohibición que pesa sobre él y para realizar –con la complicidad de su amigo, el documentalista Mojtaba Mirtahmasb– una obra que, para evitar sanciones, desde su título mismo niega ser lo que es, pero que lleva la marca de fuego de lo mejor de su cine: la frontera siempre inasible entre la ficción y el documental, la reflexión sobre el ejercicio del cine y el compromiso permanente por la libertad.

Imposibilitado de salir de su país, Panahi ayer estuvo representado en Cannes por su colega Mirtahmasb, que introdujo la película de esta manera: “En palabras de un profeta de nuestro país, cuando uno tiene que luchar contra la oscuridad no necesita una espada, basta con encender una vela”. Esa vela es Esto no es un film, que no tiene la pretensión de ser un faro sino simplemente de exponer, sin ninguna dosis de narcisismo, un día en la vida del director, de la mañana hasta la noche, con todo lo que ello hoy implica. En esa modestia, paradójicamente, está la clave de su grandeza.

El film de Panahi comienza mientras desayuna y convoca a Mirtahmasb para que lo visite en su departamento. Su amigo se inquieta, pero Panahi lo tranquiliza y le dice que prefiere no mencionarle nada por teléfono (se intuye ya allí la larga mano del régimen). Mientras lo espera, habla con su abogada, quien le informa que tienen que esperar todavía el resultado de la apelación, pero que no es muy optimista: “Seguramente te reducirán la prohibición laboral y te quitarán unos años de cárcel, pero vas a tener que ir a prisión; no conozco ningún tribunal que haya desestimado completamente todos los cargos. Y esto no es judicial, es ciento por ciento político”. Evalúan entre ambos insistir con la presión internacional, prefieren no comprometer a los cineastas y colegas iraníes para evitarles consecuencias y, luego de cortar, Panahi se ocupa de alimentar y mimar a la iguana familiar, que se mueve por el departamento como si fuera un gato.

Cuando llega Mirtahmasb, Panahi le delega la cámara y le explica la película que estaba preparando y que debió interrumpir cuando fue detenido y luego procesado. Y ya que no puede filmar esa película tal como la había concebido, quizá pueda “ponerla en acto” en su propio departamento, leyendo el guión y actuando él en lugar de su protagonista, una chica de provincia a quien sus padres encierran en su casa para que no pueda matricularse en la universidad. Hay allí un pequeño rasgo de genio, en la manera en que casi sin elementos, apenas con marcas en la alfombra, Panahi consigue que el espectador imagine no sólo los personajes y las situaciones sino también el ambiente de esa película. Pero la rabia y la frustración (¿actuada, real?) no tarda en sobrevenir y Panahi abandona su improvisado set. Y recuerda que eso mismo hizo la pequeña protagonista de El espejo y le muestra a su amigo (y a los espectadores) unos outtakes de esa película que reflejan y explican su estado de ánimo.

Afuera se escuchan los petardos que anticipan el Noruz, la fiesta de año nuevo iraní, pero por diversas llamadas telefónicas se alcanza a percibir que esa celebración se está convirtiendo también en una oportunidad de expresar la oposición al régimen, que la considera “antirreligiosa” y que inunda la calle de policías. Ya se hizo de noche y suena el timbre: es una vecina que quiere dejarle a Panahi un perrito en custodia para ir a festejar a la calle. Pero el perro es tan escandaloso que Panahi no acepta.

Vuelve a sonar el timbre: un muchacho que Panahi no conoce dice que viene a recoger la basura. Sobreviene allí una leve sospecha, que da la pauta del estado de tensión y suspicacia en el que se vive hoy en Teherán. Pero resulta que el muchacho (¿un actor no profesional?) es el hermano de la portera. Mientras Panahi lo acompaña por los diferentes pisos para buscar las bolsas de residuos, el espectador se va enterando de la vida y las ilusiones no sólo del muchacho sino de las de los vecinos. Y para cuando llegan a la planta baja, el sonido de los fuegos artificiales es ensordecedor. El muchacho advierte: “Señor Panahi, no salga, que lo van a ver filmando”. Pero la lente alcanza a mostrar unas fogatas, cada vez más altas. Son, quizá, las llamas de la libertad, que Panahi ayuda a encender con su pequeño film, que no es un film sino apenas una vela.

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CANNES
La película de Jafar Panahi lleva la marca de fuego de lo mejor del cine del iraní.
 
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