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Lunes, 29 de mayo de 2006

MURIO AYER EL NOTABLE HISTORIADOR, POETA Y PERIODISTA FERMIN CHAVEZ

El refutador de la historia oficial

Autor de más de cuarenta libros, fue un referente ineludible del pensamiento nacional y popular. Militó en la resistencia peronista y participó de la delegación que acompañó a Perón en su regreso definitivo al país.

 Por Silvina Friera

“Todas las formas de la historia son militantes.” Lo decía el historiador, poeta y periodista Fermín Chávez, que murió ayer a los 81 años. Fue un militante justicialista histórico, cercano al círculo de allegados a Evita, figura de la resistencia y miembro de la delegación que acompañó a Perón en su regreso definitivo al país. Su modo de cuestionar la tradición historiográfica liberal, que afianzó un modelo de país “donde los próceres jamás fueron cuestionados y aparecieron como una suma de monumentos que ni siquiera se enfermaban”, lo convirtió en un referente ineludible del pensamiento nacional y de la cultura argentina. Autor de más de 40 libros –Civilización y barbarie, Perón y el peronismo en la historia contemporánea, Eva Perón sin mitos, Pensamiento nacional, El diputado y el político (John William Cooke), Poemas con matreros y matreras y La chispa de Perón, entre otros–, Chávez publicó en 2004 Historia y antología de la poesía gauchesca, 700 páginas que reúnen obras de más de 80 poetas. El género gauchesco “puede representar un Mercosur espiritual, porque su geografía, su temática y su lenguaje abarcan el sur de Brasil y del Uruguay y las provincias argentinas del Litoral: no sólo es Buenos Aires”, opinaba el historiador.

No creía que la gauchesca estuviera necesariamente confinada a la nostalgia y los desfiles del Día de la Tradición. “Tenemos que releerla hoy para comprobar cómo su espíritu reaparece en el tango –cuando el gaucho de las orillas urbanas se transforma en el compadrito–, pero también en la música joven hecha aquí. El rocanrol retoma la tradición gauchesca ligada a la denuncia social y política, además de las historias de amor, la picardía, el humor ácido y la crítica de la vida cotidiana”, comparaba. Chávez, que nació el 13 de julio de 1924 en la ciudad entrerriana de Nogoyá, estudió Humanidades en Córdoba, Filosofía en Buenos Aires, en el convento porteño de Santo Domingo, y Teología en Cuzco (Perú). “En la escuela provincial me enseñaban que el héroe era Urquiza y el demonio López Jordán. Sin embargo, en mi familia la versión era la contraria. Mi abuela era de Paysandú y con dos hermanas logró escapar del sitio de 1875. Se fueron a Entre Ríos, como muchas familias de la provincia, y contaban una historia distinta. Cuando avanzó el tiempo y me interesé en la historia, en la década del ’50, decidí ir a investigar a los archivos. De allí nació un libro mío muy documentado, que es Vida y muerte de López Jordán (publicado en 1957). De esa misma investigación salió más adelante Vida de Chacho (Peñaloza). La muerte de Urquiza no fue un asesinato planificado, fue producto de un enfrentamiento que él provocó”, recordaba Chávez.

De estos libros del historiador se desprendía que tanto Chacho Peñaloza como López Jordán habían sido víctimas del odio de Sarmiento hacia el Partido Federal. Sarmiento y Mitre manipularon la historia para mostrar como “forajidos” a aquellos líderes que representaban a las masas del interior, identificando a éstas con la Barbarie, mientras que el capital extranjero y sus agentes eran la Civilización. El principio innegociable de su trabajo como historiador fue el estudio serio de la documentación sobre aquellas personas que fueron ignoradas o distorsionadas por la versión liberal de la historia. En su libro José Hernández (1959) aseguraba que “si la personalidad del autor del Martín Fierro fue hasta hoy objeto de deformaciones, ello no ha ocurrido en forma casual ni de un modo excepcional; no se trata, en verdad de un hecho aislado, ante el cual debamos sorprendernos, sino más bien de una manifestación más de ese proceso unitario, parcial y equívoco, en que se ha venido desarrollando la cultura nacional justamente desde los días en que aquel argentino decidió ‘cantar opinando’”.

Tenía 26 años, y trabajaba en la Secretaría de Salud Pública de la Nación, cuando conoció a Evita. Fue en 1950 en la peña que se organizaba en Avenida de Mayo 869, “el hogar de la empleada”. Allí se juntaba un puñado de escritores una vez por semana, todos los viernes a la noche. “Eso nació porque Evita sabía que había un poeta, José María Castiñeira de Dios, un hombre del nacionalismo católico, que ella veía como medio oligarca, no muy grasita –recordaba Chávez–. Y lo invitó a que fuese a Trabajo y Previsión para ver cómo trabajaba ella. Y Castiñeira fue a menudo. Una noche se le acercó una mujer con unas llagas tremendas. Allí siempre había un médico a mano. Y Castiñeira, un poco asustado, le preguntó al doctor Lobo qué podía ser eso. ‘Puede ser varias cosas, incluso una sífilis avanzada...’, dijo el médico. Cuando Evita se acercó para besar a la mujer, Castiñeira quiso retenerla. Pero ella se desprendió de la mano de él con un casi imperceptible ‘¡Cas-ti-ñei-ra...’, y la besó ostensiblemente en la llaga. José María nos dijo luego a nosotros que cuando llegó esa noche a su casa no pudo dormir, que incluso se cuestionó su cristianismo. Y le escribió un poema que se llama Alabanza. Para que ese poema fuese leído y para reunirse con poetas y escritores, Evita propuso que se fundara la Peña de Eva Perón.” Hace 10 años, a Chávez le tocó la tarea de continuar y finalizar la obra iniciada por José María Rosa en la colección de Historia Argentina, historiador con el que “tengo mucho en común”, aseguró. Con Chávez se fue uno de los últimos eruditos de la historia argentina, un hombre que puso sus conocimientos al servicio del pensamiento nacional y popular.

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