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Domingo, 25 de febrero de 2007

HUMORISTAS ANALIZAN LOS LIMITES DE LA COMICIDAD ARGENTINA

¿Podría Sacha Baron Cohen hacer humor en Argentina?

Con Borat como disparador, cómicos argentinos políticamente incorrectos reflexionan sobre las áreas intocables para el humor. ¿Qué sucede localmente con aquellos que pretenden posar una mirada corrosiva donde no se debería?

 Por Julián Gorodischer

Sacha Baron Cohen lo hizo: en la piel del segundo mejor reportero de Kazajstán (en Borat, de Larry Charles) recorrió el lento camino que conduce a la decadencia del imperio americano. Consagrado como un Borat full time, reacio a las entrevistas personales, simbiotizado con su caricatura, entrevistó al dueño de la armería y a la estadounidense de provincia en busca de sus peores prejuicios, enunciándolos primero para que aflorase el parloteo antiextranjero. Si Borat extiende los límites del humor al territorio impensado de la broma con minorías y la invención de una salvajada como representación del país real de Kazajstán, la pregunta local es sobre los límites para hacer humor en la Argentina. El inglés Baron Cohen ilumina la Norteamérica profunda; retoma el chiste antijudío y pone en ridículo a la celebridad; se hunde en el mismo fango que las criaturas de su escarnio; no respeta restricciones dadas por la corrección política... y aun así se llevó la nominación al Mejor Guión Adaptado para la entrega de los Oscar de esta noche. Si el juego hipotético es imaginar a un Borat local replegado en el off, invisible o negado, se preguntará a los humoristas: ¿qué zonas intocables acotan la comicidad argentina?

Kamikaze

Humberto Tortonese, rey de la tele de 2006, viene de ver Borat y, pese a ser él mismo un provocador de las leyes de la TV y la farándula (tal vez el monitor mediático más cáustico), se siente sobrepasado por las intenciones de Sacha. “Tuvo problemas con su país, y con todo”, dice. “Pero al mismo tiempo lo nominan al Oscar al Mejor Guión Adaptado porque se avivaron de que se tienen que burlar de ellos mismos. Estaría bueno probar a hacerlo en la Argentina: en todo lo que empezás a hacer vas llegando un poco más lejos, a medida que lo intentás.” “Buena, un poco inflada –evalúa sobre la película– con esa cosa arriesgada de meterse en cualquier lado, y esa burla al mundo de los judíos siendo judío. Es increíble las repercusiones que habrá tenido. Me divierte aquel que se caga en todo. Es muy real esa película, a pesar de estar preparada.” ¿Y sobre la realidad argentina? ¿Algún tabú vivido en carne propia desde el lejano Parakultural al Resumen de los medios? “¿Con qué cosas no hago humor? Por ahora nunca sentí que hubiera algo con lo cual no me podía meter. No sé qué pasaría si me burlara del Gobierno. Pero burlarte te podés burlar de todo, y después verás las consecuencias. Los problemas llegan con estupideces: por unas declaraciones, Polino me hace un juicio. En la radio digo de todo, y la verdad es que no me pasó nada. Si me estoy burlando de una minoría, yo soy una de una minoría también. Como todo en la vida: depende de cómo lo hagas.”

Un paralítico
puede ser inmoral

Consultado por Página/12, Carlos Belloso se interroga sobre zonas francas y otras vedadas. En Campeones, de Pol-ka, le tocó la delicada tarea de caricaturizar al Vasquito, extraño especimen lindante con el retraso mental, aunque no quedó del todo claro si su extravagancia era apenas un rasgo de personalidad. En cualquier caso, como Borat, descree del paternalismo; abandona el cliché del retrato emotivo. “Yo creo que temas como el sida no admiten hacer humor”, señala. “Cuando te metés con cosas que no se conocen bien empiezan las aprehensiones, y lo dicho por lo no dicho. Lo que no se dice se dice y hay un revuelo.” Hacer humor con el defecto físico es una forma –dice– de “darles voz a los que no tienen voz. Yo hacía en teatro al personaje del Doctor Hawking, y me decían que no me metiera con los minusválidos. Y yo les contestaba: son personas como cualquier otra. Pueden ser personas inmorales. Un paralítico puede ser un inmoral, ¿por qué no? Pero lo hacés y empiezan las acusaciones. Y en realidad estás dando voz a los que no la tienen”.

–¿Cuándo se sintió limitado a no tocar determinados temas o registros del humor?

C. B.: –En general hay bastante permiso, pero de vez en cuando salta un dedo acusador que te dice que hay que saber de determinado tema para hablar. Todo el tiempo me estoy hablando a mí de las cosas que suceden en el escenario. Yo no hablo de determinada gente, me doy muchos palos. La platea se puede sentir identificada, pero no es culpa mía. Si coincide es ficcional. Me gustaría que se entienda que uno se puede reír de cualquier cosa en tanto reflexione sobre eso. La ironía es una forma de reflexión. Quizá lo que esté faltando es un poco más de reflexión (o de ironía).

Tiene que ver
con el modo

Para Diego Reinhold (actualmente en Cómico stand up 3) todo tiene que ver con el modo en que se dicen las cosas. “Lo no permitido –dice– es lo que alude al genocidio, pero en la intimidad no hay prohibidos. Lo que define permisos es el punto de vista, y nada más. Lo inadecuado es cuando aparece lo que no es creíble, caprichoso; lo que no tiene verdad. No es válido cuando no se asienta en alguna asociación de algo.”

–¿Podría surgir un paralelo a Borat en la Argentina?

–Acá hay cosas en las que estamos atrasados: el otro día saltó en un diario la noticia de que vendían cruces esvásticas en el Once. La gente está enloquecida, hay resentimiento y odio. La sociedad está con miedo. Todavía existe la pornografía prohibida para menores de 18. Tenemos que darnos la posibilidad de ejercer la libertad para todos, aunque tengas un mes de vida. Tenemos ganas de tocar todas las teclas desde que nacemos: hay que hacer música en esta vida, y para que sea bello tiene que haber claroscuros. La Inquisición sigue en pie: todavía nos ponen cruces y estrellas cuando morimos. Es la humanidad la que está así. El humor libera, pero eso no quiere decir que vaya a modificar algo en lo inmediato. Lo único que ayuda a evolucionar es el ensayo y el error.

Cultura de transgresión

Peto Menahem intuye que las zonas intocables están dadas por su propia sensibilidad. “Uno tiene su ideología y sus sentimientos. A mí no me causa gracia el humor que depende del otro, ni bromear, ni gastar. No me da gracia reírse a costa del otro. En Cómico, si me río de qué boludos que somos, el más boludo soy yo. Yo soy el primero que ingresa a la guillotina.” Pero descree de una posición de meros espectadores ante la innovación de Baron Cohen... Cree que “acá hubo una cultura de la transgresión fuerte, larga, de una calidad enorme. Desde lo que pasaba en el Parakultural (Los Melli, Gambas al Ajillo), y antes Perciavalle y Gasalla. Más recientemente, Les Luthiers trasciende un límite: muy popular pero inteligente”.

–¿Con qué intocables se mete Les Luthiers?

–Le falta el respeto al cliché de lo cultural, de lo que es culto, docto y esas cosas: revierte ese significado. Yo no siento que esté faltando el respeto en los monólogos en los que he hablado de la Biblia, la muerte, la depresión, con un humor negro, al límite, invirtiendo las cosas que están bien o que están mal. Suspicacia hay en todos los lugares en que encontrás rigidez: se ponen valores objetivos donde hay un campo de total subjetividad. Y eso en lo religioso se ve mucho.

Chile es un
país mormón

“Borat es una película divertida, ingeniosa y escandalosa –entiende el humorista Martín Rocco–, pero antes estuvo la gran incorrección de South Park. En la Argentina se puede hablar de la revista Barcelona. Pero antes estuvo CQC, que aunque en un tono más suave, se burla de funcionarios reales en sus propias narices. Lo que no es poco. Tengamos en cuenta que el personaje de Borat es antisemita, pero el actor es judío. Eso no es un detalle menor.” Allí es donde aparece la constante entre los consultados: poner el propio cuerpo para recibir las balas que vendrán luego de pegar el zarpazo. Si la consigna es destruir las jerarquías que otorga la pertenencia a minorías o grupos de poder (en los extremos del arco), la vía para lograrlo es adherir al clan de los humillados. “No creo –sigue Rocco– que acá se pongan demasiados límites al tono o contenido del humor. Queda a criterio de quien lo publica. Simplemente hay pocos humoristas que tengan a la provocación como forma de expresión. Tal vez Fernando Peña, desde otro lado. Son estilos que uno elige. En ese sentido, creo que somos uno de los pueblos menos pacatos de la región. Comparado con la Argentina, Chile es un país mormón. Para nosotros ya ni putear por televisión o mostrar culos en todos los medios es algo grave.”

Precisión de cirujano

“El humor no tiene límites, los humoristas sí”, cree Rudy, editor de Sátira/12. “Y, en serio, los límites son diferentes para cada uno. Yo disfruté mucho de Borat, pero no sé si me animaría a hacer una película así, y no sé si acá alguien podría hacer esa pelicula, no por pacatería sino, a mi gusto, porque caminar todo el tiempo por la cuerda floja tiene sus riesgos, de verdad; no me imagino quién podría ser el Borat argentino. Personalmente creo que entre la pacateria y lo grosero hay un montón de matices intermedios. Pero no todo el mundo sabe cómo manejarlo. Me parece que Sacha Baron Cohen tiene un especial manejo ideológico, y se anima, pero sobre todo se anima a ser el primer ridiculizado (y a eso no sé quién se animaría acá, en serio).”

–Otra vez, como condición, poner el cuerpo...

–Quiero decir que para poder decir “ustedes son ridículos” lo primero que tenés que decir es “pero yo soy aún más ridículo que ustedes”, y decirlo en serio, creyéndolo. Si no, no vale. Esos son para mí los límites, repito, del humorista, no del humor. En cuanto a los límites del humor: bueno, a veces hay cosas que se toman “como si fueran humor” y son simples agresiones. Lo que pasa es que para mí la agresión no es humor; no es un humor trasgresor, simplemente no es humor. El límite del humor es cuando deja de serlo, cuando se transforma en agresión, en burla del poderoso sobre el débil, del standard sobre el diferente.

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Menahem, Tortonese, Belloso y Reinhold.
 
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