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Domingo, 11 de marzo de 2007

“ENSAYOS SOBRE EL FASCISMO”, DE NORBERTO BOBBIO

Los orígenes del terror

El libro reúne textos escritos entre 1964 y 1975. Indaga sobre las fuentes ideológicas del régimen instalado por Benito Mussolini.

 Por Silvina Friera

Así como existen personas non gratae, hay músicas que no son bienvenidas, que se las escucha en silencio, acaso con la sospecha de que algo suena mal. En su casa se respiraba simpatía por el fascismo, pero el joven Norberto Bobbio no se atrevía a confrontar directamente con su padre. El entonces estudiante de Derecho en la Universidad de Turín apelaba a una estrategia de supervivencia, una “doble vida”: se inscribió formalmente en los Grupos Universitarios Fascistas, aunque por las noches frecuentaba las reuniones de la resistencia. La credencial del partido, en un bolsillo; los panfletos del movimiento liberalsocialista, en el otro. Bobbio tenía 13 años cuando Benito Mussolini llegó a Roma, pero a los 90, en una entrevista en 1999, este pensador que bregó incansablemente en su obra por tender puentes entre el socialismo, la democracia y el liberalismo, confesaba ante el joven periodista Pietrangelo Buttafuoco, de extracción fascista: “¿Me pregunta por qué hasta hoy no hemos hablado de nuestro fascismo? Pues porque nos a-ver-gon-zá-ba-mos... porque era cómodo actuar así. Pasar como fascista entre los fascistas y como antifascista entre los antifascistas”.

Ensayos sobre el fascismo (recientemente publicado por la Universidad Nacional de Quilmes y Prometeo), con selección de textos, traducción e introducción de Luis Rossi, reúne los ensayos escritos por Bobbio entre 1964 y 1975. De la lectura de los ocho textos incluidos en el libro se desprende, con firmeza, la postura antifascista del filósofo turinés. Bajo una lente al mismo tiempo analítica e histórica, los análisis de Bobbio se centran en tres aspectos: los procesos institucionales del Estado italiano que posibilitaron que Mussolini estableciera un poder omnímodo, las fuentes ideológicas del fascismo y las características de esa ideología y el tipo de cultura (si tuvo alguna) propia del fascismo. Desmontando las piezas del aparato institucional, Bobbio plantea que esa maquinaria dictatorial fue imperfectamente totalitaria e incapaz de erigirse en un Leviatán cabalmente hobbesiano. El sistema político italiano, actuando por omisión, posibilitó el ascenso al poder de Mussolini. Como advierte en la introducción Rossi, el filósofo italiano, autor de Derecha e izquierda y Liberalismo y democracia, entre otros títulos, se niega a considerar que el fascismo haya sido una revolución, una línea de investigación importante en la historiografía actual. Podría, a priori, llamar la atención que en su genealogía sobre la ideología fascista disecciona preferentemente las fuentes francesas –buceando en las obras de autores como Charles Maurras o Maurice Barrès– y que, con excepción de Gabrielle D’Annunzio, no se detiene en el “prontuario” ideológico de los italianos.

Ante la duda, o la sorpresa del lector que esperaba que la mira-

da del filósofo se detuviera sobre las raíces italianas, vale aclarar los motivos de esta opción por las fuentes francesas, sin olvidar apuntar que si cada ideología tiene un actor principal y un reparto de epígonos, el filósofo turinés llama a Nietzsche el “príncipe” de los críticos antidemocráticos por la importancia que tuvieron las concepciones nietzscheanas en los grupos extremistas del fascismo. Para Bobbio, el rechazo más enérgico de los fascistas –con esa violencia propiamente ideológica del fascismo– estaba dirigido contra la democracia. El verdadero blanco, el peor enemigo de los pensadores que sirvieron de inspiración a los fascistas de pura cepa, es la democracia, definida como “ideología de la derrota, de la antehistoria, de la negación, contraria al espíritu latino, proveniente de los bosques de la bárbara Alemania y, como era de esperarse, del corrosivo espíritu judío”. El aborrecimiento de la democracia –el odio deliberadamente profesado hacia “el llorón revolucionario”, Jean-Jacques Rousseau (Bobbio advierte que nunca se ha hecho el recuento de las manifestaciones de furor antirrousseauniano que recorren la literatura antidemocrática anterior al fascismo–, y el antiparlamentarismo serían el imán que abroquelaría, en el plano de las ideas, a los “grupos que confluirán en el fascismo. Que su rastreo se concentre en la ruta francesa” no significa que no encuentre abono en el terreno conservador del pensamiento italiano. Gaetano Mosca (con la teoría de “la clase política” o “la minoría organizada”), Wilfredo Pareto (con la teoría de las elites y su inevitable circulación), como Benedetto Croce y Giovanni Gentile fueron antirrousseaunianos.

¿Por qué Bobbio afirma, con sólidas argumentaciones, que nunca existió una cultura fascista, hecha por fascistas o de contenido fascista? La cultura no fue fascistizada completamente, y las sujeciones que se le impusieron, como el juramento de fidelidad exigido a los profesores universitarios, instituido en 1931, no impidieron que se alcanzara un modus vivendi que, según Bobbio, consistía en dejar en paz a la universidad. “No fue necesario el garrote –escribe el filósofo– porque bastó con fruncir las cejas. Frente al proceso de transformación del Estado, la cultura académica no se excedió ni en las alabanzas ni se rebeló: aceptó, sufrió, se uniformó, se acurrucó en un espacio en el cual podía continuar su propio trabajo, más o menos sin ser molestada.” Otra de las razones que encuentra el autor de Derecha e izquierda para fundamentar la inexistencia de una cultura fascista reside en la imposibilidad de empresas duraderas o históricamente relevantes. Aunque Bobbio admite que el único grupo que intentó elaborar una doctrina original, sin perder contacto con el resto del mundo, fueron los jóvenes seguidores de Gentile, que se reunían en torno de Bottai en la Escuela de Ciencias Corporativas de la Universidad de Pisa, el intento duró poco. Además observa que fueron los mismos fascistas, adoradores del hacer por el hacer, los que objetaban abiertamente el hecho de “tener una cultura propia”. El mismo Mussolini había declarado que “el fascismo no fue amamantado por una doctrina elaborada precedentemente sobre un escritorio; nació de una necesidad de acción y fue acción”.

A diferencia del escritor Günter Grass, que ocultó demasiado tiempo sus devaneos juveniles con el nazismo, Bobbio siempre blanqueó sus “pecados fascistas”. En junio de 1992 el periodista Giorgio Fabbre publicó en la revista Panorama una carta de Bobbio dirigida a Mussolini en julio de 1935. Fabbre había encontrado esa carta revolviendo en los archivos de Seguridad Pública, y en ella Bobbio se disculpaba ante el Duce y se confesaba “un buen patriota y un buen fascista”, para concluir expresando su “total devoción”. No está de más agregar que en 1935 Bobbio había sido arrestado, debido a que la mayoría de sus amigos formaban parte de la antifascista Justicia y Libertad. Esa claudicación era un subterfugio –quizá no el único posible– contra las persecuciones que empezaba a sufrir. “Me he encontrado de pronto cara a cara con mi otro yo, que creía haber derrotado para siempre”, escribió Bobbio, muchos años después, en su Autobiografía, en la que incluyó esa carta. Ensayos sobre el fascismo es la prueba más contundente de que el filósofo italiano terminó ganándole la pulseada, académica y vital, a su “alter ego”.

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Bobbio falleció en 2004, tras una rica vida intelectual.
 
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