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Lunes, 7 de mayo de 2007

UNA CHARLA SOBRE “SIMULACRO Y REALIDAD POLITICA”

Las ficciones verdaderas de un genio llamado Philip K. Dick

Pablo Capanna, Luis Pestarini, Ana María Shua, Carlos Gardini y Marcial Souto debatieron, con la coordinación de Gabriel Guralnik, sobre la vigencia del escritor estadounidense.

 Por Silvina Friera

Además de sospechar sistemáticamente de la realidad en la que viven, sus personajes no encajan en la sociedad. “¿Qué es lo real? ¿Somos productos de una estafa?”, preguntó Gabriel Guralnik a Ana María Shua durante la charla Philip K. Dick: Simulacro y realidad política, de la que participaron Pablo Capanna, Luis Pestarini, Carlos Gardini y Marcial Souto. “Lo que me maravilla es la solidez del universo que construye a partir de la conciencia de sus personajes”, dijo Shua, y recordó que en El hombre en el castillo el escritor norteamericano sugiere una ucronía sobre el mundo resultante en el caso de que Alemania y sus aliados hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial. “Hay un personaje que no aparece, pero se lo nombra, que está escribiendo una novela –agregó la escritora–. Es un juego de cajas chinas en el que pone en jaque la percepción de nuestra realidad al plantear si nuestros sueños son más o menos reales que la vigilia.”

Sobre la vigencia de la obra del escritor norteamericano, Capanna señaló que “cada día canta mejor” porque el mundo se está volviendo más dickiano. “Dick empezó a desconfiar de todo, al punto de que en una conferencia llegó a dudar de que las personas que lo escuchaban fueran reales o androides”, aseguró el autor de Idios Cosmos y El sentido de la ciencia ficción, entre otros. Después de repasar algunos títulos de Dick, como La penúltima verdad (escrita en 1964), magnífica anticipación de temas como la guerra psicológica, la manipulación mediática y los abusos de poder, Capanna subrayó que encontró ficciones dickianas leyendo los diarios. “Los empleados del Indec gritan que no les creamos, que todo es mentira”, ejemplificó, sobre los cuestionados índices de medición del organismo. “Estamos tan acostumbrados a las ficciones que sería mejor leer novelas que leer los diarios”, ironizó. Shua mencionó la manipulación informativa en el caso de la Guerra de Malvinas y Capanna remató: “Claro, íbamos ganando hasta el último momento”.

Gardini confesó que su vínculo con Dick no es tan claro como el que tuvo con otros escritores. “Entraba y salía de mi vida, quizá porque con él no se puede tener una relación estable –planteó el autor de El libro de las voces–. La sensación que me deja su obra es el título de una de sus novelas, Time pawn, el tiempo fuera de quicio, desencajado, dislocado.” Gardini leyó un texto en el que Dick sostenía que creaba universos de tal manera que no se derrumbaran dos días después porque eso era lo que esperaban sus editores. “Pero me gustan los universos que se desmoronan. El orden y la estabilidad no son siempre buenos en la sociedad”. Pestarini, editor de la revista Cuasar, optó por hablar sobre el tópico de los androides. “La ciencia ficción los convirtió en meros robots, en herramientas tecnológicas, pero Dick les dio connotaciones antropológicas y filosóficas. Para él los androides son simulacros de los hombres”, explicó el editor. “Lo que plantea Dick es la imposibilidad del hombre de descubrir la diferencia entre realidad y fantasía y qué es lo que caracteriza al hombre”, opinó el editor.

A los 14 años, Souto descubrió que había otra manera de mirar el mundo gracias a la ciencia ficción. “Estudié inglés para leer la ciencia ficción que no se había traducido”, precisó el escritor, traductor y editor de la revista Péndulo y de la colección Minotauro. En una convención de ciencia ficción, en Estados Unidos, Souto conoció a Dick. “Estaba caminando por un pasillo del hotel y Dick me preguntó si conocía a Roger Zelazny, el autor de El señor de la luz, candidato a recibir un premio en esa convención. Lo estaba buscando para proponerle terminar una novela, Deus Irae, que no podía terminar porque había tenido un intento de suicidio y estaba con un tratamiento que lo hacía adormecerse”, contó Souto. “Dick ha llegado más lejos que la mayoría –reflexionó el escritor–. Era como los pintores ingenuos: decía la verdad sin filtros, como los niños y los locos. Dick y Ballard son dos extremos que permiten comprender el mundo en el que, lamentablemente, vivimos”.

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Guralnik y Souto, protagonistas de un encuentro “dickiano”.
 
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