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Miércoles, 2 de junio de 2010

MUSICA › MARLANGO PRESENTARá LIFE IN THE TREEHOUSE EN EL FESTIVAL CIUDAD EMERGENTE

“¿Quién no soñó con una casa en un árbol?”

La cantante Leonor Watling, pareja de Jorge Drexler y actriz de Almodóvar, habla de la “ilusión” que le provoca pisar por primera vez un escenario porteño junto a sus compañeros, con quienes ya llevan grabados cuatro álbumes.

 Por Roque Casciero

La luminosa imagen de tapa del quinto disco de Marlango muestra a los integrantes de la banda –la cantante Leonor Watling, el pianista y guitarrista Alejandro Pelayo y el trompetista Oscar Ybarra– en un prado, a pleno sol. El nombre del álbum, Life in the Treehouse (La vida en la casa en el árbol), también da indicios de una atmósfera diferente de la del trabajo anterior del trío español, The Electrical Morning (La mañana eléctrica). El aura de sencillez recorre las canciones; el aire está menos cargado. “Para mí también hay más luz –acuerda la cantante a través del teléfono–. Y hay energía, pero desde otro lugar: en el disco anterior estábamos más agresivos. De todos modos, me encanta que cada uno se sienta libre, cuando escucha el disco, de ponerle una hora del día y una situación, por más que al disco anterior le hayamos puesto de título el horario que nos sugería a nosotros. No creo que por haber escrito las canciones tenga más información que quien las escucha.” La luz del presente del trío se trasladará por primera vez a un escenario porteño: hoy a las 20, Marlango se presentará en el festival Ciudad Emergente. Así, a la banda se le cumplirá un anhelo, más profundo todavía en el caso de su cantante. “No sé cómo explicarle la ilusión que me hace el viaje. Estamos preocupados porque es invierno, pero aparte de eso, con muchísimas ganas, porque ninguno de los tres conoce Buenos Aires. Viajar juntos nos encanta; viajar a tocar, ni hablar; y viajar a Buenos Aires... Esas tres cosas juntas nos ponen como si nos fuéramos de viaje de fin de curso.”

–A su pareja, (el cantante uruguayo) Jorge Drexler, le va muy bien en la Argentina. El les habrá contado cosas...

–Sí, y además tenemos un montón de amigos que nos cuentan cosas de Buenos Aires. Pero precisamente por eso... ¡yo también quiero ir! Cuando los Pereza vinieron a grabar en nuestro disco, acababan de tocar en la Bombonera con Sabina y estaban enloquecidos. Ahora, cuando nos enterábamos de que íbamos para allá, fue a los primeros a los que llamamos.

–¿Para pedirles datos y recomendaciones?

–No, no, para darles envidia (risas). Que no somos tan buenas personas...

Además de tener una ascendente carrera junto a Marlango, Watling tiene otra de perfil más alto como actriz: fue la protagonista de Hable con ella (de Pedro Almodóvar) y Los crímenes de Oxford (de Alex de la Iglesia). Claro que debió bajar un poco las revoluciones, porque ahora tiene una hija, que llegó casi al tiempo en que Pelayo también se convertía en padre. ¿Tendrá que ver con eso el sueño infantil de tener una casa en un árbol? “Yo también lo soñaba... ¿Quién no? –admite Watling–. Por un lado, sí que tiene que ver con la infancia, con esa pregunta clásica que se les hace a los niños sobre qué quieren ser de mayores. Cuando hablábamos nos dimos cuenta de que la respuesta nunca es ‘quiero tener una Ferrari’, sino ‘quiero tener una casa en un árbol’. Quiero tener el tiempo, el espacio... Aparte, ahí haces lo que quieras: si eres un niño, querrás jugar; pero ahora irías a tomar cosas, a relajarte, a pensar, a mirar la vida desde otro lado. Esa era la sensación que teníamos mientras escribíamos el disco: que estábamos en otro tempo, con otras reglas. Creo que ser padres sí influyó, pero no sabría muy bien decir dónde y cómo. Seguramente el siguiente disco tendrá más influencia de eso, no somos tan rápidos en darnos cuenta de que nos está pasando algo. Tardamos un poco más en colocarlo. Desde luego, el hecho de tener bebés sí que cambia la manera de trabajar, porque ya no tienes todo el tiempo del mundo para sentarte a ver qué sucede. Hicimos mucho trabajo cada uno por su lado, cosa que nunca habíamos hecho. Y nos volvimos mucho más prácticos: si algo no funciona, lo tiramos. Tenemos menos paciencia...”

–Si no tienen tanto tiempo, ¿la casa en el árbol no será una expresión de deseos?

–Sí, sí. Aparte, en España tenemos una crisis bastante intensa... Seguramente tiene más que ver eso que la maternidad, aunque a lo mejor es una mezcla de las dos cosas. Pero de repente te das cuenta de la suerte que tienes. Se traza una línea muy gruesa entre lo que es importante y lo que es fundamental. Y cuando te das cuenta de que tienes lo fundamental... Con una crisis, o te pones a llorar, o te pones a bailar: no hay punto medio. Y nosotros decidimos la segunda opción (se ríe).

–Usted dijo en una entrevista que la canción “I Don’t Really Want to Know” era contra el psicoanálisis.

–Sí, y pusieron de título que el disco era contra el psicoanálisis... Eso me dio mucha pena. Además, no estoy nada de acuerdo: soy muy pro psicoanálisis. Lo primero que hice fue pedirle perdón a mi terapeuta (risas).

–Pero tampoco está mal, de vez en cuando, decir como Spinetta: “Ah, basta de pensar”.

–Esa canción era un poco eso: he tenido un sueño rarísimo, pero mejor voy a disfrutarlo. ¿Quién quiere saber la verdad?

–La liviandad que transmite el disco, ¿tendrá que ver con lo de haberlo construido por separado, con menos tiempo?

–Creo que sí. Aparte, me parece que la decisión más fuerte que tomó Alejandro como productor fue la de no ensayar. En todos los discos habíamos ensayado bastante antes de entrar al estudio, pero en éste decidió mandar las maquetas a los músicos maravillosos con los que trabajamos y el título de los mails era “esto es lo que parece” o cosas así. La idea era que no entre ninguna neurosis más, que esto es tan sencillo como parece. Y grabamos por primera vez por separado, cosa que también hizo que no nos volviéramos muy barrocos. A veces, tocando juntos, uno hace una cosa y el otro le contesta, hasta que finalmente lo que haces es una versión de la versión de lo que empezaste. En este disco, las canciones eran súper simples y livianas, y para mantenerlas así, Alejandro decidió eso, que me parece súper acertado. Tocarlas en directo es un placer. Aparte, han cambiado mucho las anteriores, también, porque volvemos a tocarlas desde otro sitio.

–La guitarra de Jorge Drexler le aporta cierta complejidad a la canción “Play Boy Play”.

–A mí me encanta la complejidad geográfica: de repente entra Cuba. Es una canción que, antes de él, seguramente era más Chicago que otra cosa. Y fue precioso, porque estuvo buscando un rato y de repente... ¡estábamos en Cuba! Tenemos mucha suerte de contar con amigos con mucho talento que nos ayudan a terminar algunas canciones. Nos apetece mucho que estén cerca, se vienen al estudio y las escuchan. A veces nos dicen “aquí no pienso meter nada, porque ya está acabada, sois unos enfermos, dejadme en paz” (risas), pero en otras hacen grandes aportes. Los Pereza, por ejemplo, llegaron a una canción que ya funcionaba (“Thank Someone Tonight”), y grabaron unos coros y unas mandolinas que hacen que parezca que el tema se construyó a partir de esa mandolina, de ese dibujo que, de repente, se lleva la canción a un porche en una puesta de sol en cualquier sitio del Medio Oeste.

–También colaboran otros no tan amigos, como Rufus Wainwright en “The Answer”.

–El es como una mezcla entre Bowie, Freddie Mercury y Oscar Wilde metidos en una coctelera y pasado por la Factory de Andy Warhol. Cuando hablamos con él, estaba a punto de entrar a grabar su disco, su madre estaba muy enferma (murió este año) y venía además de la resaca de la ópera que había hecho en Inglaterra, que perdió mucho dinero: tenía muchas cosas encima. Cuando me tomé un café con él, me dijo: “Ah, sí, me encantará”. Y estábamos convencidísimos de que no iba a hacer nada, pero igual nos gustaba que no nos hubiera dicho que no de entrada. Sin embargo, nos mandó unos coros y un arpegio chiquitito con la mano derecha, en el piano, a mitad de canción, que hacen que la canción florezca. Fue muy respetuoso con la canción, porque podría haber borrado la mitad de las pistas y haber dicho: “Vale, si queréis que yo participe, hago esto”. Y seguramente hubiera sido genial. De hecho, me da un poco de pena que no borrara mi voz y pusiera la suya (se ríe). Pero también habla muy bien de él.

–Dijeron que tomaron a la canción desde un lugar de juego. ¿Cómo hacen para que en la música no se interponga la responsabilidad?

–La verdad, tenemos mucha suerte porque cuando estamos escribiendo canciones somos muy inconscientes. Es un vicio, como si te gusta jugar al poker; de repente, sales de la partida y dices “Apa, perdí muchísima plata”, pero mientras estás jugando no lo piensas. Para bien y para mal, el momento de la composición es muy egoísta. Pero sí creo que los últimos dos discos eran respuestas al escenario, a tocar en directo: queríamos tener un material mucho más fuerte para poder moverle el piso al público. En ese sentido, la maternidad sí que influyó, porque de repente vuelves a bajar al piso, te sientas tres horas sin hacer nada, vuelves a estar un poco solo. Desapareció ese ruido de fondo del directo.

–Pero también habrá tenido que ver el hecho de tratar de encontrarse como cantante, que no es lo mismo que actuar.

–Claro, no tiene nada que ver... Nos ha pasado a los tres, lo bonito de Marlango es que vamos muy a la vez, siempre estamos un poco en la misma. Sí nos hemos ido encontrando. En el disco anterior, Alejandro se encontró como guitarrista: él tocaba, pero en realidad era pianista. Y yo quería probar cosas, quería tener una canción para que la gente salte. Es buscar todo el rato. Espero que sea así siempre, vamos. Espero que no llegue el día que diga “esto es así, esto es lo que hago”, porque eso es un aburrimiento (risas).

–¿Buscó más matices en este disco?

–Sí. Para mí éste es el disco en el que más “algo ha ocurrido” en la voz. Una de las cosas que ocurrieron fue colaborar con Fito Páez en No sé si es Baires o Madrid. Yo nunca había usado mucho mi falsete, me daba mucho pudor, pero en los ensayos Fito todo el rato me tiraba para arriba en “Pétalo de sal”. Y probar eso me abrió una puerta. En el disco hay una canción entera cantada en falsete, cosa que jamás había intentado antes. Además, sentimos que no tenemos que probar si uno canta bien o mal: si es una nana, se canta susurrando. No hay un ego en la voz, cosa que en el disco anterior sí que había. Tenía ese ego de cantante, de “yo puedo” (se ríe). Creo que en cada disco uno le contesta al anterior.

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“Con una crisis, o te pones a llorar, o te pones a bailar. Y nosotros decidimos la segunda opción”, se ríen los Marlango.
 
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