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Miércoles, 2 de septiembre de 2009

LITERATURA › IV COLOQUIO INTERNACIONAL DE LITERATURA COMPARADA BORGES-FRANCIA

Un vínculo marcado por la ironía

En el encuentro, del que participarán escritores, críticos, investigadores y docentes, se explorarán las aristas de una relación ambigua. Las actividades se extenderán hasta el viernes.

 Por Silvina Friera

La relación de Borges con la cultura francesa excede la antipatía sobre la que tanto se ha insistido, hasta convertirla en el más ajado de los clichés. Pero abundan las referencias ambiguas, atizadas por los caprichos y las ironías borgeanas, en numerosas páginas de su obra. Vale la pena repasar alguna de las menciones burlonas y suspicaces del autor de El aleph. A Rimbaud lo definía como un artista en busca de experiencias que no logró; a Breton, como el artífice de manifiestos caudalosos y de prosa rimada; a Baudelaire, poeta de “almohadones y muebles”, como “la piedra de toque para saber si una persona es un imbécil”. El caudal de la malicia se excedía de su curso cuando fingía desconocer a los teóricos franceses. Al preguntarle sobre Saussure, él respondía: “El nombre me suena, aunque menos que Chaussure y Saucisse”. A Sartre, que se le acercó para decirle que lo leía y que lo había publicado en Les temps modernes, le dijo que lamentaba no conocer su obra. Algo parecido sucedió con Derrida. La literatura francesa en su conjunto, que tampoco se salvó del cuchillo borgeano, era una “red de escuelas, manifiestos, generaciones, vanguardias, retaguardias, izquierdas o derechas, cenáculos y referencias al tortuoso destino del capitán Dreyfus”, por lo que el historiador de la literatura “tiene que definir escritores que han pasado la vida definiéndose” porque “no hay literatura más self-conscious que la de Francia”.

En el IV Coloquio Internacional de Literatura Comparada Borges-Francia, que comienza hoy en la Universidad Católica Argentina y se extenderá hasta el próximo viernes, escritores, críticos, investigadores y docentes como Daniel Balderston, Sergio Pastormelo, Annick Louis, Norma Carricaburo, Martín Kohan y Michel Lafon, entre otros, explorarán las múltiples dimensiones de este vínculo complejo.

El arte de la injuria de Borges remite al de un francés, Léon Bloy, que llamaba a Zola “el cretino de los Pirineos”, a Huysmans y a Bourget “eunucos” y a Edmond de Goncourt “el ídolo de las moscas”. El autor de Ficciones no sólo se burlaba de las “supersticiones” de Francia; también de las alemanas, las inglesas, las argentinas, las españolas. A pesar de su declarada devoción por la literatura inglesa, Borges se aproxima más al homme de lettres francés, tal como lo encarnaron Flaubert o Valéry, tal como lo representó el satírico Pierre Menard. Pero más allá de su caricatura sobre Francia, probablemente inscripta en la retórica nacional de Inglaterra, recelosa de teorías, dogmas y derechos universales, en el póstumo Borges de Adolfo Bioy Casares despuntan opiniones más relajadas, incluso políticamente correctas, como cuando precisa que “en Proust siempre hay sol, hay luz, hay matices, hay sentido estético, hay alegría de vivir”. El comparatista belga Paul De Man sugirió leer los textos de Borges en la tradición del Candide de Voltaire. La ficción filosófica, el conceptismo irónico que deriva en comicidad, esa fascinación por el heroico saber enciclopédico y sus farsas, a las que Flaubert consagró su última novela, conectan a Borges con el Siglo de las Luces. No hay dudas del protagonismo que tuvo Francia en la difusión de la literatura de Borges. Ricardo Güiraldes y Valéry Larbaud fueron sus intermediarios; Néstor Ibarra y Paul Verdevoye lo tradujeron tempranamente; Roger Caillois lo publicó en la colección La Croix du Sud de Gallimard; la crítica amiga lo instaló con el Cahier de l’Herne (1964) y lo consagró posteriormente, aún en vida, con la inclusión en la colección de la Bibliothèque de La Pléiade en 1986.

A esta avanzada editorial habría que sumarle las reflexiones de Michel Foucault, Jacques Derrida, Gérard Genette, Lafon o Maurice Blanchot. Por intermedio de Paul Groussac, Borges habría aprendido a reconocer y cultivar “la economía verbal y la probidad que son características del francés”. Más allá de los rastros evidentes y de las influencias posibles, apenas se ha explorado qué marcas de Francia, qué usos de sus textos, hay en Borges. Pero antes habría que consignar algunos datos biográficos, como el aprendizaje de Borges durante su estadía en Europa, que se inició través de la Suiza francófona. El Collège Calvin, el epistolario con Abramowicz, la memorización de Les Fleurs du Mal, la escritura de poemas a la Verlaine, su primera reseña sobre libros españoles pero en francés, las lecturas de Romain Rolland y Henri Barbusse, configuran el retrato del artista adolescente y la particular mitología de un Borges francófono. Pierre Brunel, uno de los invitados a cargo de la conferencia inaugural, pero que por motivos de salud no podrá asistir al congreso, recuerda en diálogo con Página/12 que lo primero que leyó fue El libro de Arena, poco después de su publicación, entre 1974 y 1975. “Ese libro me marcó mucho por su juego entre el ‘yo’ y el ‘otro’, los dos Borges que evidentemente no eran más que uno”, dice Brunel. “La ironía de Borges no es siempre bien comprendida por los franceses, es distinta de la nuestra. Pasa por el intelecto, por un juego cultural al que hay que ser capaz de jugar. No es el aspecto al que haya sido más sensible inmediatamente, y no es la ironía la que pasa fundamentalmente por mi relación con él”. La lectura precoz de Las flores del mal tuvo “un efecto tardío en la obra de Borges”, subraya el académico francés. “Me sorprendió el lugar relativamente modesto que ocupa explícitamente Baudelaire en la obra de Borges. Hace falta buscar más bien por el lado del diálogo interior.”

“Magias parciales del Quijote”, que Borges publicó en La Nación en noviembre de 1949 sería el ensayo que varios años más tarde, gracias a Genette, comenzaría a circular con fruición “en los entresijos de una crítica literaria hoy muy expandida y que pronto hizo de Borges uno de sus santos patronos”, pondera Daniel Attala, de la Universidad de Bretagne-Sud. “La obra de Genette podría ser una reescritura lateral de la de Borges, tanto en su vertiente ensayística como autobiográfica –propone el académico Julien Roger–. En resumidas cuentas, Genette podría ser ‘el otro’ de Borges”. Carlos Alvarado Larroucau, de la Universidad París 8, analiza L’enfant de sable (El niño de arena), del escritor francófono marroquí Tahar Ben Jelloun, en la que “presenta a Borges, enmascarándolo, y luego se place en entremezclar la poesía del argentino a su prosa”, en una novela que se transforma en “un homenaje a uno de los intelectuales argentinos más respetados y apreciados por el mundo francófono”. A partir de algunos textos de Inquisiciones, Cristina Bulacio, de la Universidad Nacional de Tucumán, bucea en las “notables coincidencias”, como en las inevitables distancias, entre Borges y Gabriel Marcel. “Es posible que no se hayan leído mutuamente; sin embargo, los acercan lecturas comunes y preferencias electivas. Borges es literato e incansable lector de filosofía; Marcel es filósofo y también dramaturgo. Ambos coinciden de un modo axial. Mientras Marcel sostiene que ‘el error entra en el mundo con la reflexión’, Borges plantea que ‘no engañan los sentidos, engaña el entendimiento’”, compara la investigadora.

“El personaje Voltaire permite a Borges posicionarse ideológicamente a partir de los años cuarenta. O por decirlo mejor: Borges emplea el nombre propio Voltaire como un arma retórica en contra de aquella intelectualidad que ve en el francés a un ‘payaso ilustre’, expresión de Ignacio B. Anzoátegui”, explica Magdalena Cámpora, de la Universidad Católica Argentina. “La lectura de Voltaire, el hábito y la práctica de su obra, afinan en Borges la percepción de lo discontinuo”. En “El poema de los dones”, como sugiere Martín Centeno Rogers, de la Universidad de Chile, Groussac es poetizado y resignificado desde una “dolorosa ironía” como el símil especular de Borges. “Groussac cumplió múltiples roles en la obra borgeana, siendo una cita útil que va desde lo biográfico a lo bibliográfico. Estas utilizaciones dan cuenta de ciertos mecanismos de creación propiamente borgeanos, donde hay una construcción y valoración de ciertos autores que se ficcionalizan en pos de diversos fines –argumenta Centeno Rogers–. Groussac además encarnó la tensión de la relación entre la cultura europea –francesa–, y argentina, que Borges también trabajó, intentando borrar y desplazar los límites nacionales y culturales, cuestionándose la propiedad de la cultura.”

Julio Prieto, de la Universidad de Potsdam, examina el oblicuo diálogo textual entre Borges y Válery en “Pierre Menard, autor del Quijote” y “Seis problemas para don Isidro Parodi”, y rastrea la genealogía de dos cuestiones teóricas de la escritura de Borges: la teoría de la traducción y la noción de “muerte del autor”, en parte configuradas a partir de la lectura del poeta francés. Diego Vecchio, de la Universidad de Rouen, recuerda la sentencia de Rudolf Carnap, uno de los principales representantes del positivismo lógico, “la metafísica de Heidegger es una rama de la literatura fantástica”, con la que pretendía demoler, en los años veinte, desde Viena, la filosofía heideggeriana. “Borges tergiversa la fórmula de Carnap, cambiando lo negativo en positivo, el insulto en Witz, la superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje en programa estético, no sin acentuar el lado kantiano del nudo entre literatura y filosofía. Borges dice que como la filosofía es incapaz de conocer lo Absoluto, lo mejor es utilizarla como ficción, simulacro, artificio”, reflexiona Vecchio. “A partir de los años sesenta, ciertos filósofos franceses, como Foucault, Deleuze o Blanchot, leen las ficciones de Borges en clave filosófica, invirtiendo la fórmula: la literatura es una rama de la filosofía. O si se prefiere: la literatura también piensa. Y muchas veces mejor que la filosofía.”

El investigador Pablo Martín Ruiz advierte que las relaciones conceptuales entre Borges y el grupo literario parisino Oulipo no han sido objeto de estudio, aun cuando algunos de los integrantes del grupo fueron explícitos en su admiración hacia Borges. “Casi desconocido hasta el momento es el impacto que la obra de Borges ha tenido en Georges Perec, uno de los más notorios miembros del grupo”, precisa Ruiz. “Perec ingresó al Oulipo menos a través de las obras e ideas de Raymond Queneau, fundador e ideólogo, que de las de Borges.” En tres intensas jornadas se revisará la relación de Borges con Francia y viceversa. “Nunca he dejado de estar en Francia y estaré en Francia cuando en alguna parte de Buenos Aires la muerte me llame –ha dicho el escritor–. No diré la noche y la luna, sino Verlaine. No diré cosmogonía, sino el nombre de Hugo, ni tampoco amistad, sino Montaigne.”

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Borges, objeto del coloquio en la UCA.
Imagen: Télam
 
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