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Martes, 15 de mayo de 2012

LITERATURA › MARIO TREJO FALLECIó EL DOMINGO, A LOS 86 AñOS

Adiós al poeta que mordía

Fue una de las voces más irreverentes de la poesía argentina, además de autor de canciones, periodista, guionista y dramaturgo. En el prólogo del último libro publicado por Trejo, Guillermo Saccomanno lo definió como un “monstruo sagrado”.

 Por Silvina Friera

La insolencia extrema era su divisa existencial. Quizá construyó un territorio escurridizo donde podía pasearse a sus anchas sin que lo embanderaran en ningún dogma ni corriente estética. Su lema podría haber sido “mutar para sobrevivir”. Ese viejo indómito, de espíritu jovial y verba inflamada por la ironía, no se dejaba atrapar ni encasillar fácilmente. Aunque flirteó con muchas movidas vanguardistas –surrealismo, invencionismo y varios “ismos” más–, su intempestiva singularidad residía en creer en la poesía, más allá de cierta desconfianza “instrumental” que destilan algunos de sus poemas. “La palabra lobo no muerde./ El que muerde es el lobo./ La palabra no muerde./ El que muerde es el poeta.” Mario Trejo, unas de las voces más irreverentes de la poesía argentina, murió a los 86 años, el domingo por la noche. Trejo fue, es y será una leyenda y un “monstruo sagrado”, como lo definió Guillermo Saccomanno en el prólogo del último libro que publicó el poeta, Los pájaros perdidos (Ediciones Continente).

En el mito de origen centellea un disfrute por tejer una trama enigmática en torno de su biografía, una imprecisión nunca aclarada que ejerce su magnetismo. Trejo nació el 13 de enero de 1926. El lugar puede ser en Tierra del Fuego, Comodoro Rivadavia, La Plata o Temuco (Chile). La provincia o ciudad poco importa. “Huir de la pequeña historia./ La anécdota me saca de quicio. Vivamos el Gran Cuento”, escribió el poeta. Y lo cumplió a rajatablas: estuvo en todas, pero acaso siempre supo que un trasgresor tiene que huir antes de que logren digerirlo. A los 20 años, en 1946, publicó su primer poemario, Celdas de la sangre. El mismo año, junto con Alberto Vanasco (con quien escribiría la pieza teatral No hay piedad para Hamlet), fundó el H.I.G.O. Club, un movimiento de agitación cultural que promovía una suerte de happenings: exhibiciones de pintura y escultura que duraban pocos minutos, acompañadas por lecturas de poemas. Se unió a Tomás Maldonado y Edgar Bailey en el Grupo Arte Concreto-Invención, en 1948. Dos años después, ya en la década del ’50, integraría la revista Poesía Buenos Aires. Entre 1952 y 1953 fue secretario de redacción de Letra y línea, la revista surrealista que dirigió Aldo Pellegrini.

Trejo se desplazaba, viajaba, experimentaba, como si la quietud lo espantara. En 1957 tomó contacto en Brasil con el grupo de poesía concreta de Décio Pignatari y Haroldo de Campos, y luego tradujo a Drummond de Andrade, Cabral de Melo Neto, Murilo Mendes y Vinicius de Moraes. Cuando regresó a Buenos Aires, realizó entrevistas para Canal 7 y escribió para Historias de jóvenes, el ciclo de David Stivel. En la década del ’60 hiperbolizó el “moverse en todas partes”. Estuvo en Madrid, Roma, París; hizo crítica literaria, con Mario Vargas Llosa, para la Radio Televisión Francesa; anduvo por Cuba y escribió un documental sobre Wifredo Lam. El uso de la palabra, su segundo poemario, recibió el Premio de Poesía Casa de las Américas, en 1964. Un año después volvió a Roma para escribir junto con Bernardo Bertolucci Kill Me Future, un largo de ciencia ficción política que no alcanzó a filmarse. Como si los papeles que le robaba al tiempo no alcanzaran, el poeta se interpretó a sí mismo en La vía del petróleo, un documental que, restaurado, se presentó en el Festival de Venecia de 2007. En esa infatigable exploración de lo “nuevo” –o lo que estaba dando vueltas en el aire del presente– también se alimentó de las enseñanzas del Living Theatre. Cuando regresó al país, escribió y dirigió Libertad y otras intoxicaciones, pieza que anuda el tratamiento de la tortura, el aborto y el derecho a la diferencia, montada en el Instituto Di Tella.

El poeta se movía por dentro y por fuera; cruzaba todas las grandes aguas y acopiaba intervenciones y experiencias. “Esta agitada vida/ me ladra como un perro”, escribió acaso con la urgencia de quien, sin apuro, intuye que de lo único que no puede escapar es de un destino vertiginoso. Trejo, corresponsal free lance en Medio Oriente (Egipto, Israel, Siria, Líbano) y en Chile, escribió crónicas y reportajes y entrevistó a Ernesto Guevara, Yasser Arafat, Salvador Allende y Ben Gurión, entre otros. Su inserción periodística arrancó en el diario La Prensa, colaboró en distintos medios y tuvo a cargo la sección literaria de la revista Confirmado y la sección Artes y Espectáculos en Primera Plana. Su poema “La tristeza y el mar” fue musicalizado por Waldo de los Ríos. “Los pájaros perdidos” –el “hit” del poeta– se impregnó en muchos más oídos a partir de la melodía de Astor Piazzolla y las voces de Amelita Baltar, Susana Rinaldi y Julia Zenko, además de las versiones que circularon en griego y japonés. La cantante italiana Milva, la norteamericana Jeanne Lee y el trompetista italiano Enrico Rava grabaron temas del poeta.

“Arrojamos palabras indecisas a la hoguera/ gestos inoportunos/ sílabas escapadas a destiempo/ ademanes que pudieron ser/ actos que pudieron ser/ actos que debieron ser y no pudieron/ actos que no quisieron ser y sin embargo fueron”, se lee en “Auto da Fe”, poema que integra hasta ahora el último poemario editado. Las peripecias y la bohemia del personaje Trejo no deberían eclipsar una obra que, como advirtió Saccomanno, “trabaja por decantación y se concentra vital y expansiva en un único libro al cual, a lo largo de las décadas, le fue sumando apenas algunos poemas”. El “monstruo sagrado” sabía que “la poesía corre siempre el riesgo de cometer incesto con la magia y la religión”. En “El combate verbal” reflexionó sobre esta cuestión: “Cuando la transgresión se consuma, se convierte entonces en una poesía esotérica, un rito de iniciación en el cual las palabras son a la vez velo y vestíbulo de una verdad que está más allá, en otra parte que no conocen las palabras –postuló el poeta–. El acto de crear, el momento mismo de la creación es, en estos casos, la experiencia más cercana a la mística, que es, por definición, no verbal. Puede argumentarse que una poesía que solicita el conocimiento de claves ocultas o de guiños culturales es hermética. Para que la ostra vuelva a abrirse y permita la esperanza de una perla es necesario, entonces, creer. Creer en la experiencia literaria”.

El poeta que gestó una obra solitaria –hasta hace no mucho tiempo su nombre operaba como contraseña entre iniciados– escribió en “De puño y letra”: “Me doy por vencido./La religión la mafia/ la política y el fútbol/ el ejército y la moda/ mueven más gente que yo (...) Yo sólo tengo que ver/ con las pequeñas multitudes/ de un cine de trasnoche/ con la soledad de los jugadores/ que ofician una partida de ajedrez/ con la tibieza de algunas mujeres”. Tal vez el epitafio más provocador lo rubricó el propio Trejo en “Espejo”: “El orgasmo final/ Será mi último/ Suspiro”.

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Como periodista, Trejo entrevistó a Ernesto Guevara, Yasser Arafat y Salvador Allende, entre otros.
 
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