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Viernes, 29 de agosto de 2008

CINE › CUATRO MINUTOS INAUGURA UN GENERO, EL “EUROPEAN ARTRASH”

El viejo truco del concurso musical

 Por Horacio Bernades

4

CUATRO MINUTOS
(Vier Minuten, Alemania, 2006).

Dirección y guión: Chris Kraus.
Intérpretes: Monica Bleibtreu, Hannah Herzsprung, Sven Pippig, Richy Müller y Jasmin Tabatabai.

Una cárcel. Una profesora de piano prusiana, racista y lesbiana, atormentada por una vieja culpa. El trauma del nazismo. Una prisionera abusada y violenta, dotada de una sensibilidad pianística que cualquier genio romántico envidiaría. Un guardiacárcel dispuesto a hacerle la vida imposible. El viejo truco del concurso artístico, que permite generar suspenso. Con esos componentes, el realizador y guionista Chris Kraus (Göttingen, 1963) apuesta a sumarse a la serie de recientes superéxitos del cine alemán, liderados por La caída, Sophie Schöll y La vida de los otros. Si todas descansaban sobre esquemas de impacto, con su audaz combinación de cine de arte europeo y sensacionalismo, Cuatro minutos tal vez esté inventando un nuevo género de consumo internacional: el european artrash.

No fue el Oscar, como en los casos anteriores, la puerta de llegada de Cuatro minutos, sino los más locales German Film Awards, de los cuales el año pasado la película ganó dos. “Cuatro minutos” es lo que Traude Krüger (la veterana Monica Bleibtreu, ganadora de uno de esos lauros) pide a los guardianes, al final de la película. Cuatro minutos necesita la muy punk Jenny (Hannah Herzsprung, sucia, magullada y llena de piercings) para completar el solo de piano con el que dejará pasmada a la audiencia de la Deutsche Opera. Solo de sobreactuación pianística, en verdad, con la ejecutante sacudiendo las cuerdas y a sí misma, producto del trance al que su solo la condujo. Remedando técnicas visuales que el viejo Canal 9 cultivaba en tiempos de Sábados de la bondad, cámara y montaje se suman al falso trance, con sacudones y cortes abruptos.

El esquema dramático sobre el que se apoya Cuatro minutos es el de la atracción de opuestos, con Traude Krüger abjurando en primera instancia del aspecto sucio y desprolijo de la nueva prisionera, tanto como de sus gustos musicales (“música de negros, una basura”), para dejarse ganar de a poco por el desmesurado talento y atractivo sexual que la muchacha despierta en ella. Así como en La vida de los otros escuchar a Bach humanizaba a un espía de la Stasi, aquí serán Schubert, Beethoven y Schumann los que operen el milagro. No sólo ellos: una serie de flashbacks permitirá que el espectador se identifique con la muchacha, enterándose de que no es victimaria sino víctima. Al mismo tiempo, otra serie paralela de flashbacks humaniza a ese monstruo prusiano de Traude Krüger, evocando su bucólica historia de amor y traición con una rubia militante comunista, en épocas del Tercer Reich. Este doble procedimiento de “humanización” apunta a ablandar el corazón del espectador, sirviéndolo de pies y manos para un final que, lógicamente, deberá ser ardoroso y trágico.

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La profesora de piano.
 
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