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Jueves, 18 de junio de 2009

CINE › CHE - GUERRILLA, SEGUNDA PARTE DEL DíPTICO DE STEVEN SODERBERGH

El lado oscuro de la luna

Así como la primera parte se ocupaba de las victorias militares del Che Guevara que hicieron posible la revolución en Cuba, la segunda, en cambio, pasa sin solución de continuidad a su dramático contraste: su derrota y su muerte en la selva boliviana.

 Por Luciano Monteagudo

Es difícil hacer una valoración de la segunda parte del díptico que Steven Soderbergh le dedicó al Che Guevara, porque en verdad el film fue concebido originalmente como una unidad, como una única película de casi cinco horas con un intervalo, tal como fue su première en el Festival de Cannes del año pasado y luego en algunas ciudades de Estados Unidos. O, en su defecto, como sucedió en buena parte de Europa, para ser estrenadas partes uno y dos casi simultáneamente y así tener la oportunidad de ver ambos capítulos de manera consecutiva. No es el caso en Argentina, donde la primera parte se vio hace ya más de seis meses. Lo que se pierde con esta fractura es la estructura binaria de la película, que trabaja sobre momentos tan dramáticamente opuestos, el yin y el yang revolucionario, el efecto de luz y luego de oscuridad.

Si la primera parte se ocupaba de la victoria militar que hizo posible la revolución en Cuba, la segunda, en cambio, pasa sin solución de continuidad a su derrota y a su muerte en la selva boliviana. Apogeo y caída le dan a la totalidad del film un sentido que así fraccionado tiende a perder. Vistas por separado, debe decirse que la primera película tiende a ser –a pesar de las idas y vueltas temporales a las que Soderbergh es tan afecto– más convencional, tanto en términos de relato (hay algo didáctico en el proceso) como en términos de gran producción. Por el contrario, la segunda parte, al concentrarse en la experiencia boliviana, en los cientos de días y noches del Che y su grupo en la espesura del monte, obliga a la película a ser más austera, a compartir algo del rigor de la vida de los personajes, lo cual la vuelve más vívida, más creíble. Es como si la guerra de guerrillas encontrara cierta traducción formal en un cine guerrillero, ajeno a las necesidades del espectáculo, hecho cámara en mano (por el propio Soderbergh), sin más despliegue de producción que el de apenas un puñado de hombres en una tierra que parece virgen.

Con un admirable sentido de síntesis, Soderbergh comienza el segundo tramo con una toma en escorzo de un viejo televisor en blanco y negro, que emite el discurso de Fidel en el que lee la carta en la cual Guevara se despide de Cuba y de todos los honores para partir una vez más en busca de su destino revolucionario. Desde ese prólogo, el film –que tuvo asesoramiento histórico del mejor biógrafo del Che, Jon Lee Anderson– basa el guión en el Diario del Che en Bolivia, como una forma de ser esencialmente fiel a su personaje: allí está su imaginativo disfraz como funcionario de la OEA, su ingreso clandestino a La Paz, su encuentro con los primeros contactos y la incursión cada vez más profunda del grupo en lo más

inaccesible de la selva boliviana. La falta de apoyo logístico del Partido Comunista Boliviano, la resistencia a la lucha armada de su principal dirigente, Mario Monje, y la cerril desconfianza de los campesinos locales, irán sin embargo minando poco a poco no sólo la capacidad operativa del grupo sino también su espíritu, diezmado por la fatiga, el aislamiento y el hambre.

A diferencia del documental del director suizo Richard Dindo sobre este mismo itinerario, en el film de Soderbergh nunca queda del todo claro (y no es un dato menor) cuál es exactamente el recorrido topográfico del Che. Y más de una vez, los uniformes, las barbas y la tupida homogeneidad del paisaje tienden a provocar cierta confusión narrativa, al punto de que no se distinguen a primera vista los distintos subgrupos en que se divide esa vanguardia, cada vez más cercada por el ejército boliviano, apoyado por servicios de inteligencia estadounidenses.

Pero lo que importa básicamente del film, en todo caso, es el detalle con que evoca la terrible lucha por la supervivencia de esos hombres abriéndose camino a machetazos por el monte. Hay una materialidad en la película que transmite muy bien lo que debe haber sido esa experiencia. Y hay una verdad en sus actores –y sobre todo en Benicio del Toro, completamente imbuido de su personaje, a tal punto que parece asmático él mismo– capaz de vencer cualquier suspicacia. Aquí no hay héroes, parece decir la película, sino hombres apenas, con sus errores, sus dudas y flaquezas. La inteligencia de Soderbergh en todo caso ha sido la de confiar en que la estatura de Guevara lo eximía de la necesidad de mitificarlo, o incluso de desmitificarlo. Simplemente, lo que tenía que hacer –e hizo– fue narrarlo. Nada más, ni nada menos.

7-CHE - GERRILLA

(Che: Part 2, España, Estados Unidos, Francia/2008).

Dirección: Steven Soderbergh.

Guión: Peter Buchman y Benjamin A. van der Veen, basado en el Diario del Che en Bolivia.

Fotografía: Peter Andrews (Steven Soderbergh).

Música: Alberto Iglesias.

Edición: Pablo Zumárraga.

Diseño de producción: Antxón Gómez y Philip Messina.

Intérpretes: Benicio del Toro, Franka Potente, Joaquim de Almeida, Catalina Sandino Moreno, Rodrigo Santoro, Gastón Pauls, Matt Damon, Demián Bichir.

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Benicio del Toro está completamente imbuido de su personaje, a tal punto que parece asmático él mismo.
 
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