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Jueves, 28 de julio de 2011

CINE › LOCO Y ESTUPIDO AMOR, DE GLENN FICARRA Y JOHN REQUA

Cómo perder la nafta a mitad de camino

Aun visitando lugares comunes y conocidos de la comedia romántica, la primera parte del film funciona y ofrece más de un momento altamente disfrutable. El problema es que hay un punto en el que parece que en la sala hubieran cambiado de película.

 Por Horacio Bernades

6

LOCO Y ESTUPIDO AMOR

Crazy, Stupid, Love.
EE.UU., 2011

Dirección: Glenn Ficarra y John Requa.
Guión: Dan Fogelman.
Fotografía: Andrew Dunn.
Intérpretes: Steve Carell, Ryan Gosling, Julianne Moore, Emma Stone, Marisa Tomei y Kevin Bacon.

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Loco y estúpido amor parece una exposición de varios de los vicios y virtudes del Hollywood actual.

El viejo truco de los directores-guionistas que pasan de la transgresión al conservadurismo. La vieja regla hollywoodense de que si una historia empieza con un divorcio tiene que dirigirse a una reconciliación. El nuevo síntoma, propio de Hollywood también, de la película que arranca para un lado prometedor, se pierde después en toda clase de desvíos y termina deshaciendo todos los recorridos previos, con la loca, estúpida intención de complacer a tirios y troyanos. Pero también el savoir faire, el buen timing, la capacidad de desconcertar (aunque sea por un rato), alguna que otra escena perfecta y uno de esos elencos en los que hasta el último extra brilla a tope. Escrita por Dan Fogelman (guionista de Enredados y ambas Cars), dirigida por Glenn Ficarra y John Requa (guionistas de Bad Santa, directores y guionistas de Una pareja despareja) y con un elenco de primera, Loco y estúpido amor parece una exposición de varios de los vicios y virtudes del Hollywood actual. Una película excitante y decepcionante, provocativa e inconsecuente, personal e infiel a sí misma.

Comedia de rematrimonio, film coral a medio camino, Loco y estúpido amor vincula a una pequeña constelación de personajes –algunos bien desarrollados, otros no tanto– al estilo del clásico La ronda. Por un lado, el matrimonio integrado por el agente de seguros Cal (Steve Carell) y la ejecutiva Emily (Julianne Moore), que dejan de serlo en la primera escena y a quienes deben sumárseles sus dos hijos. Sobre todo el varón de trece (excelente Jonah Bobo), que, perdidamente enamorado, persigue por toda la casa a la baby sitter, intentando convencerla de que a esa edad seis años no son diferencia. La baby sitter, a su vez, debe reprimir su alegría cuando se entera de que Cal va a divorciarse de Emily. Emily tiene un affaire con un contador de la oficina (Kevin Bacon, sin muchas chances de lucimiento) y Cal lo tendrá con una chica a la que conoce en una disco (Marisa Tomei) y que resultará ser... No, esa carta el guión la juega tapada.

Ninguna vinculación con el resto parece tener una chica que está por recibirse de abogada (Emma Stone, entre la luminosidad y el mohín), salvo la que dicta esa forma del falso azar a la que llamamos guión cinematográfico. Sucede que Jacob, el tipo que en un momento intenta levantársela en un boliche (Ryan Gosling), terminará siendo algo así como el maestro de Cal, quien tras treinta años de casamiento y habiendo conocido una única mujer en su vida, necesita un refresh urgente en el terreno erótico. Lo mejor de Loco y estúpido amor pasa por la pareja súper despareja que componen Cal y Jacob. No sólo porque ambos actores están perfectos –para componer a su levantador en serie, Gosling parece haber estudiado las obras completas del clan Sinatra–, sino, sobre todo, por el doble carácter de Jacob, predador con las manos llenas de anillos, cuyas estudiadísimas técnicas no sólo le funcionan perfectamente a él, sino también a su nuevo alumno. Esa doble mirada, hecha de repulsión y fascinación, hace de él un ser resbaladizo y desconcertante.

El problema no son sólo las “casualidades” que el guión tiene convenientemente guardadas, sino el modo en que en su segunda mitad la película va borrando prolijamente con el codo lo que hasta entonces escribió con la mano. La ruptura da paso al arrepentimiento, la incertidumbre existencial a la vuelta a casa, el aventurerismo erótico al sedentarismo amoroso. La sensación de “me cambiaron la película” no quita que este segundo opus del tándem Ficarra/Requa –por muy lejos que esté de Bad Santa y Una pareja despareja– ofrezca una primera hora de sostenido interés y con variedad de hallazgos, visuales (dos pares de pies que no se rozan metaforizan la pérdida del amor), cómicos (el “festejo” que se arma en la oficina de Cal, cuando anuncia su divorcio) y dramáticos (el largo ping pong inicial entre Cal y Jacob). Medio vaso vacío, medio vaso lleno: opción que el cine actual suele presentar al espectador con demasiada frecuencia.

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