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Sábado, 3 de junio de 2006

CINE › “OCTUBRE”, DE SERGEI EISENSTEIN, MAÑANA CON PAGINA/12

Un clásico de la vanguardia

En su esfuerzo por crear un nuevo lenguaje conceptual a través de las imágenes, Eisenstein recurrió a los más audaces y complejos experimentos visuales, como su noción de “montaje dialéctico”.

 Por Luciano Monteagudo

En su cuaderno de apuntes personales, que luego publicaría bajo el título Memorias inmorales (por lo que tenían de azarosas en un sistema ideológico donde todo estaba planificado), Serguei Mijáilovich Eisenstein escribió: “Había comprado un grabado de Moreau le Jeune, La Dame du Palais de la Reine, por diez rublos, en un envoltorio sucio de uno de los más andrajosos vendedores de libros del Mercado Alexándrovski. Pronto tuve todo una serie de ellos. Y anotaciones, laboriosamente reunidas, de los catálogos de grabados de nuestra vieja biblioteca... Me pasé una hora más o menos ordenando mis anotaciones sobre grabadores del siglo XVIII, y me acosté. En algún lugar, lejos, en la ciudad, había mayor cantidad de disparos que la habitual, pero cerca de nosotros, en la calle Tavrícheskaia, todo estaba calmo. Antes de acostarme, anoté, pedante, la fecha en que había ordenado las anotaciones: 25 de octubre de 1917. A la noche siguiente, esa fecha ya era historia”.

La Revolución Bolchevique, también conocida como Revolución de Octubre, se produjo precisamente ese día, en el que el joven Eisenstein –que no tardaría en convertirse en el máximo cineasta y teórico del arte de la vanguardia revolucionaria soviética– estaba dedicado a pequeños placeres burgueses. Mientras el pueblo tomaba el Palacio de Invierno, él estudiaba solo en su recámara grabados franceses de la época de María Antonieta. “He vivido en una época sin paralelo –confirmaba en sus memorias– pero no quiero escribir acerca de esa época. Quiero describir de qué modo, como un contrapunto totalmente imprevisto, un hombre común pasa a través de un tiempo de grandeza.”

Cuesta, sin embargo, pensar en Eisenstein como un hombre común. En 1925, a los 27 años, daba a conocer su primer largometraje, La huelga, piedra basal del nuevo cine revolucionario, y al año siguiente entregaría su obra maestra, El acorazado Potemkin, título esencial en la historia del cine. Eran tiempos de un ímpetu creativo sin parangón, donde la vanguardia política y la vanguardia artística iban de la mano, a un mismo paso, exultante. Junto a Eisenstein estaban Kulechov, Pudovkin, Vertov... todos nombres que pasarían a formar parte de uno de los momentos de mayor riqueza formal y conceptual de un arte nuevo para un mundo nuevo.

Motivado por la frenética colectivización agraria, Eisenstein se lanza al rodaje de La línea general, una sinfonía visual dedicada al tractor y las desnatadoras. Pero la filmación es interrumpida. Desde los más altos peldaños del poder soviético, se le encarga la realización de un film conmemorativo de los diez años de los acontecimientos históricos de 1917, con unos medios y un presupuesto jamás alcanzados hasta entonces en su país. La ciudad de Leningrado fue puesta enteramente a su disposición y Eisenstein tomó posesión de los palacios como el zar cuyo catastrófico colapso había presenciado. Tres mil habitantes de la ex capital rusa prestaron sus servicios por las noches para la recreación de la revolución y, en ese proceso, se destrozaron más ventanas que las que realmente se rompieron durante los diez días que conmovieron al mundo. Sin embargo, la realización de Octubre resultó tremendamente laboriosa y marcó el primer enfrentamiento serio de Eisenstein con la censura soviética.

En su esfuerzo por crear un nuevo lenguaje conceptual a través de las imágenes, Eisenstein recurrió a los más audaces y complejos experimentos visuales, como su noción de “montaje dialéctico”, inspirado en el concepto del materialismo dialéctico marxista-leninista, con un plano que representa la tesis, el siguiente la antítesis y el tercero la síntesis. Este método, según Eisenstein, “está destinado a subvertir los modos tradicionales de tratar la trama”, por lo cual Octubre no es un film narrativo sino abstracto en su enunciación plástica y barroco en su utilización de infinitos recursos formales. “Potemkin tiene algo de templo griego, Octubre es un poco barroca”, reconoció en su momento Eisenstein. “Hay partes que son puramente experimentales, métodos de realización cinematográfica que habré de desarrollar. Para mí, desde un punto de vista experimental, Octubre es más interesante.”

Pero el día en el que Octubre debió llegar a su estreno, quedó suspendido por acontecimientos que afectaban la estructura interior del Estado soviético, casi hasta quebrarlo. Y en los que Eisenstein, sumergido en su trabajo contra reloj, no había reparado. La lucha entre León Trotski, hasta entonces el reconocido héroe militar de la Revolución de Octubre, y Stalin, sucesor de Lenin como secretario del Partido Comunista, había derivado en una abierta hostilidad entre ambos que terminó con Trotski expulsado del partido y enviado al exilio. Repentinamente Octubre, en lugar de ser aclamada, no podía ser estrenada porque mostraba a Trotski como un revolucionario cuando había pasado a la categoría de “traidor”.

Le llevó cinco meses a Eisenstein remontar Octubre, al que tuvo que amputar más de 1600 metros de película. El film llegó tarde al cumpleaños de la Revolución, pero, como bien apuntó la estudiosa Marie Seton, “la eliminación de Trotski no era el problema que tenían que enfrentar los espectadores, sino que su tarea era el extraordinario comentario visual”. Una vez más, y aun a pesar de la censura, Eisenstein resignificaba el concepto de la palabra vanguardia.

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“Desde un punto de vista experimental, Octubre es más interesante que Potemkin”, decía Eisenstein.
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