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Viernes, 19 de abril de 2013

CINE › JUGANDO POR AMOR, DE GABRIELE MUCCINO

Un italiano suelto en Hollywood

 Por Horacio Bernades

En sus primeras películas, de fines de los ’90 –Ecco fatto, que no se vio por aquí, Ahora o nunca, que sí se vio–, el romano Gabriele Muccino supo convertir el entusiasmo y urgencia de sus jóvenes protagonistas en pura energía cinética. Y lo cinético es, como se sabe, pariente directo de lo cinematográfico. El último beso conservaba el gusto por la velocidad. Pero una velocidad que mostraba ya una tendencia a girar en el vacío. Vacío temático que la siguiente Ricordati di me (2003) dejaba más en evidencia. Con su traslado a Hollywood (definitivo, por lo que puede verse), Muccino extendió el vacío a lo estilístico. Como quien retira su firma. Como quien se retira. Del cine, al menos, para mantenerse sólo como escruchante, lunfardismo de origen italiano. Las lacrimógenas En busca de la felicidad y Siete almas reunieron el Hollywood más redentorista y golpebajero con el mar de lágrimas all’italiana, mientras que Jugando por amor muestra ahora un apurado rejunte de fórmulas varias, rellenado con un elenco de rostros conocidos.

¿Alguien conoce a alguna estrella de fútbol europeo, ex del Milan, la liga francesa y la selección de su país, que, tras retirarse en edad jubilatoria, sea un muerto de hambre? Si no lo conocían, aquí lo tienen. Siguiendo a un amor, el escocés George Dryer (interpretado por el escocés Gerard Butler) fue a parar a la lejana Virginia, donde tras tener un hijo terminó separándose. El típico caso del tipo al que la mujer echa de casa, por no ocuparse del chico. ¿Alcohol, drogas? No, la única sustancia que Jugando por amor distribuye es la sacarina. George anda sin laburo y encuentra uno, el día que acompaña al pequeño Lewis a una práctica de fútbol. El presunto entrenador es un chanta que les enseña a patear “con los dedos” (¿?), por lo cual el bueno de George se convierte en nuevo coach de los Ciclones, preparándolos de allí en más para la conquista del campeonato. Original, ¿verdad?

Junto con esa película “deportiva” convive el drama familiar en el que el padre desaprensivo deberá reconquistar al hijo y, de taquito (de fútbol se trata), a la mamá (la bella Jessica Biel, aquí revelando insospechados progresos actorales). Con todo esto se entrelaza un asomo interruptus a la picaresca sexual (sin sexo: ésta está pensada para toda la familia), con las mamás Catherine Zeta-Jones, Uma Thurman y Judy Greer echándole los galgos al churro del nuevo entrenador. Se pega todo eso con la elegancia de un Funes Mori tirando paredes y se obtiene una película que confirma que lo del signore Muccino comenzó siendo ahora y terminó siendo nunca.

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