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Sábado, 16 de agosto de 2014

CINE › UN NOTABLE EXPERIMENTO DE CINE DENTRO DEL CINE

Ojos en la oscuridad

En una apuesta típica del realizador iraní, Shirin propone una doble narrativa: la de un film que nunca se ve, reconstruido en su banda de sonido, y la de las mujeres que lo observan.

 Por Diego Brodersen

El film se compone de planos de las mujeres que ven la historia de la princesa Shirin y el rey Khosrow.

Realizada sobre el final de su período más experimental –que incluye, entre otras, a Ten y Five Dedicated to Ozu–, Shirin (2008) es un certero exponente de ese cine que algunos han dado en llamar “contemplativo”, al tiempo que evidencia la característica autorreflexiva sobre la práctica cinematográfica que el iraní Abbas Kiarostami ha venido incorporando en sus películas desde hace décadas. Lo cierto es que, motes y especificaciones aparte, el director de El sabor de las cerezas entrega con Shirin un film (otros dirán un experimento audiovisual) de una enorme belleza formal que poco y nada les debe a los placeres del arte narrativo, al menos no en un sentido tradicional. El procedimiento –o dispositivo, como gustan decir los franceses– no podría ser más sencillo de describir, aunque ciertamente complejo de llevar a cabo: a lo largo de noventa minutos, Kiarostami enfrenta al espectador con una serie de primeros planos de mujeres de diversa edad, todas ellas con el obligatorio hiyab cubriendo los cabellos, sentadas en las butacas de una sala de cine. Son espectadoras de una película de la cual nunca se verá una sola imagen, aunque su banda sonora se transformará, a su vez, en la banda sonora excluyente de Shirin. Cine dentro del cine, de la forma más literal posible.

Si la película que estas mujeres están viendo (hay hombres desperdigados aquí y allá, pero siempre en segundo plano, semiocultos por la oscuridad de la sala) nunca existió, su pista de audio fue creada meticulosamente por el realizador y su equipo técnico y artístico. Música, diálogos y efectos sonoros convocan la historia de la princesa Shirin y el rey Khosrow, personajes históricos transformados en seres de ficción por la literatura persa en más de una oportunidad (según los títulos de apertura, el guionista Mohammad Rahmanian sigue los pasos de la versión del poeta Nizami Ganjavi, escrita en el siglo XII), relato de un romance trágico muy famoso en Irán, Armenia y otras zonas de Medio Oriente. Esa historia tradicional, esa película en definitiva inexistente pero que puede adivinarse narrativamente convencional y melodramática, puede seguirse como si se tratara de un radioteatro del pasado y es una de las historias que Shirin, el film, cuenta de manera atípica.

Las otras historias deben ser recreadas, inventadas o soñadas por el espectador de este lado de la pantalla, y están relacionadas con las reacciones de las actrices filmadas por Kiarostami ante las imágenes del film dentro del film; supuestas imágenes, ya que, magia del cine mediante, se trata en realidad de la más pura dirección de actores. Agrado, expectación, deleite, algún caso aislado de tedio, espanto ante alguna escena sanguinaria (que puede imaginarse por el sonido del metal contra el metal durante la batalla y –esa gran convención cinematográfica– las espadas penetrando los cuerpos de los soldados), el inevitable llanto ante la separación de los amantes. Es allí, precisamente en ese momento, que Shirin parece querer dialogar con Vivir su vida, de Godard y, a través de ella, con La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, el recuerdo del rostro lleno de lágrimas de Anna Karina ante el llanto en pantalla de Maria Falconetti.

A. K. seleccionó para el film a casi un centenar de actrices del cine, el teatro y la televisión iraníes, a quienes se les suma, sin que su participación sea más relevante o destacable, la francesísima Juliette Binoche. Lejos de la idea del muestrario fisonómico, hay en la elección del reparto, en la manera de iluminar y encuadrar a las actrices, una deliberada entrega a la belleza y la fotogenia, como si quisiera transformar cada rostro en una suerte de ícono femenino. Como Godard y Dreyer antes que él. Luego de Shirin la carrera del realizador tomaría un nuevo rumbo, iniciando una etapa de coproducciones internacionales con Copia certificada (2010), que tiene a Binoche como protagonista, y la aún inédita en la Argentina Like Someone in Love (2012), rodada en Japón. En Irán, Europa o en Asia, dentro del terreno del cine narrativo o entregado a la experimentación más dura, Kiarostami sigue siendo uno de los realizadores más relevantes del cine internacional contemporáneo.

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