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Martes, 5 de mayo de 2009

PLASTICA › PUBLICACIóN DE UN LIBRO DE ENSAYOS SOBRE TOMáS MALDONADO

Posmodernidad versus modernidad

Ayer se presentó en el Malba el libro Tomás Maldonado: un moderno en acción, con ensayos que analizan y homenajean la obra y el pensamiento del gran artista e intelectual argentino residente en Italia. Fragmentos de un debate.

Mario Gradowczyk: –¿Cómo definiría usted al intelectual moderno? Y entiendo por moderno a aquel que participa de los avances artísticos, estéticos, científicos, tecnológicos, éticos y políticos del siglo XX; lo que en definitiva sería proponerle una autodefinición, porque usted es un hombre moderno.

Tomás Maldonado: –Ante todo quisiera agradecer a los presentes por haber aceptado participar en esta charla. Deseo asimismo expresar mi agradecimiento a Ramona, no sólo por su hospitalidad en esta ocasión sino también por el apoyo ofrecido al amigo Mario Gradowczyk en la difícil empresa de difundir en la Argentina mis obras y mis ideas. Digo difícil, porque ellas son expresión de mi multiplicidad de intereses y vocaciones, y reducirlas a un común denominador no es seguramente un fácil cometido. Acerca de la pregunta relativa al “intelectual moderno”, no creo que se pueda intentar una respuesta, al menos no una suficientemente fiable y rigurosa, sin recurrir a una reflexión general sobre el controvertido tema de la modernidad. Mario ha subrayado mi condición de “hombre moderno”. Confieso mi animadversión por cualquier tipo de etiqueta, pero ésta excepcionalmente me parece bastante apropiada. En efecto, creo disponer –lo digo sin jactancia– de no pocas credenciales que me autorizarían a reputarme de “hombre moderno”. Debo admitir, sin embargo, que no estoy tan seguro de serlo (o de poder serlo) en modo absoluto. Lo soy, sí, sólo en la medida en que he tratado siempre de afirmar, por medio de mis obras y de mis ideas, algunos valores que, a mi juicio, eran irrenunciables en un discurso coherente sobre la condición moderna. Pero el hecho de que no siempre, en la práctica, esto me haya sido posible, me deja intuir que un “hombre moderno”, absolutamente moderno, es una utopía. Cierto, una utopía “positiva”, es decir, no tenebrosa como las que hoy tanto abundan, pero siempre una utopía. Me viene en mente el apodíctico enunciado por Rimbaud: “Il faut être absolutment moderne” [“Se debe ser absolutamente moderno”]. Esta exhortación, asumida como una especie de credo ya en mis años de joven artista en Buenos Aires, ha continuado acompañándome en todas las fases de mi complejo itinerario de vida. Pero ahora, arribado, como eufemísticamente se suele decir, a una “edad avanzada”, me pregunto: ¿es siempre atendible, en los tiempos que corren, la exhortación de Rimbaud?

Aunque continúo creyendo en su pertinencia ideal, me doy cuenta de que, últimamente, las dudas sobre su plausibilidad tienden en mí a prevalecer. Por lo menos, sobre su plausibilidad a corto plazo. A ello contribuye la proliferación en el actual escenario del mundo, de eventos políticos, sociales y económicos que vienen a contrastar, con inaudita virulencia, los presupuestos que, por lo menos desde mi punto de vista, han caracterizado hasta hoy el discurso de la modernidad. Baste pensar el cada vez más frecuente recurso a las llamadas “guerras preventivas” (o “guerras humanitarias”), al resurgir del terrorismo y de la intolerancia religiosa, a la tendencia a cancelar las libertades individuales en nombre de una real o presunta amenaza a la seguridad nacional, a los efectos sociales devastadores de la globalización y del neoliberalismo salvaje, a las ideas anticientíficas y retrógradas como, por ejemplo, la cruzada contra la teoría de la evolución de Darwin. Es evidente que, en presencia de este lúgubre panorama, sería pecar de imperdonable candor insistir, como si nada estuviese ocurriendo, en una eufórica apelación –“a la Rimbaud”– a ser “absolutamente modernos”. El candor, no lo niego, puede ser, en algunas situaciones, un eficaz antídoto contra el cinismo, pero creo que, en las actuales circunstancias se debería evitar un candor excesivo. De no ser así, se arriesga contravenir el sacrosanto “principio de realidad”. Acaso uno de los pocos principios que, en ningún momento, es razonable transgredir. Por supuesto, mis consideraciones un poco alarmantes sobre la fase crítica, que está hoy atravesando el discurso de la modernidad, se explican sobre todo por mi particular modo de entender la modernidad. A este punto me parece oportuno hacer algunas puntualizaciones de carácter terminológico que puedan ayudar a una más cabal comprensión de la idea (o al menos de mi idea) de modernidad. El ponerse de acuerdo sobre las palabras es siempre un buen método para evitar malentendidos. Ultimamente, en las controversias sobre el tema, se usan las palabras “moderno”, “modernismo”, “modernización” y “modernidad” como si fuesen casi sinónimos. No es así. Y de esto han nacido muchos equívocos.

M. G.: –Estoy de acuerdo con usted en que tales equívocos han contribuido a volver engorroso y hasta inasequible este tema. Su propuesta de recurrir a algunas puntualizaciones al respecto me parece más que oportuna.

T. M.: –La verdad es que la confusión terminológica se agudiza cuando, a caballo de los años ’60 y ’80, se difunde el discurso posmoderno. Como es sabido, la expresión “posmoderno” tiene origen en las controversias relativas a la arquitectura y el diseño, y nace como una crítica a la predominancia del racionalismo y funcionalismo en esos campos, a partir de los años de 1930. Pero el posmodernismo ha demostrado ser, tanto en la arquitectura como en el diseño, un programa ambiguo, y sus resultados han sido contradictorios. No hay duda de que la arquitectura se ha alejado clamorosamente de los objetivos sociales que habían caracterizado la fase precedente, y se ha orientado al proyecto de edificios públicos monumentales, edificios en los cuales, por sus exuberancias formales, la voluntad de causar sensación en los medios, es decir, de “hacer noticia”, prevalece sobre cualquier otra consideración. En resumen: la arquitectura como show business. Paradójicamente, los arquitectos más representativos de esta tendencia, entusiasmados hasta hace poco por autodefinirse como posmodernos, tratan ahora de despojarse a toda prisa de este rótulo reputado como demasiado estrecho. Asimismo, un rótulo que, por su referencia directa a una polémica cultural, no es apropiado, según ellos, a la imagen fría, impasible, displicente, del “profesional de éxito”. Prescindiendo del hecho de que ellos ya lo sean o aspiren a serlo. Por otra parte, en el ámbito del diseño, las grandes promesas del posmoderno han concluido sin mayor gloria. Los resultados han sido modestos: quedan sólo algunos objetos decorativos que, aunque concebidos en su origen con intención de provocar, han concluido por asumir el rol, ciertamente menos subversivo, de divertidas conversation pieces. Mas la idea de posmoderno no tarda en transmigrar de la arquitectura y del diseño a otros campos como, por ejemplo, a la economía y la política. En efecto, la idea gana al inicio muchos adeptos, en particular, entre los teóricos del neoliberalismo, para los cuales lo posmoderno se presenta a menudo íntimamente ligado a los postindustrial. Sin embargo, la idea es enseguida abandonada. En su lugar se prefiere una teoría de la globalización que no pretende “superar al moderno” sino, al contrario, ser expresión de las formas más avanzadas y agresivas de la modernización. Y aquí quede claro que por modernización se entiende, en este caso, la desregulación neoliberal de la circulación de capitales, de productos y de fuerza laboral, la privatización indiscriminada y, no por último menos importante, la imposición en la periferia, si es necesario manu militari, del estilo de vida dominante en el centro. Mas la cuestión del posmoderno no puede ser examinada exclusivamente a la luz de los dos sectores apenas mencionados. De este modo se favorece el equívoco de que el debate sobre los posmodernos concierne sólo, de un lado, a la configuración formal (digamos estilística) de los edificios, de los productos y eventualmente de las obras de arte; de otro, al modo de concebir la gestión capitalista de los mercados y sus implicaciones políticas y militares. Esto, de hecho, significaría desatender la vertiente filosófica del debate, dejando así en la sombra el núcleo conceptual que, implícita o explícitamente, está presente en cualquier discurso sobre la contraposición entre moderno-posmoderno.

* Fragmento de la conversación de Tomás Maldonado con Mario Gradowczyk, Gustavo Bruzzone, Rafael Cippolini, Mario Presas y Pablo Siquier, realizada el 23 de junio de 2003, que forma parte del libro Tomás Maldonado: un moderno en acción, publicado por la Editorial de la Universidad de Tres de Febrero y editado por Mario Gradowczyk. El volumen de ensayos incluye textos de Gui Bonsiepe, Francisco Bullrich, José Burucúa, Andrea Giunta, Ana Longoni, Cristina Rossi, Giovanni Anceschi y William Huff, entre muchos otros.

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Oleo sobre tela de Maldonado; 1953, 80 x 80 cm.
 
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