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Martes, 23 de marzo de 2010

PLASTICA › VIDA Y OBRA DE UN ARTISTA DE VANGUARDIA

Autobiografía de un artista pionero

Ayer en el Malba se presentó la Autobiografía de Gyula Kosice, uno de los pioneros del vanguardismo argentino, creador del arte Madí. Aquí cuenta el nacimiento de la célebre revista Arturo, publicada en el verano de 1944.

 Por Gyula Kosice *

Nos veíamos todos los sábados en el café Rubí, a veces hasta la madrugada, con Alberto Hidalgo, Ramón Melgar, Enrique Pichon-Rivière, Rhod Rothfuss, entre otros, a debatir los temas que nos acuciaban. También solían sumarse a los debates otros contertulios como Juan Carlos Paz, en aquella época introductor del dodecafonismo en el Río de la Plata. Al poco tiempo conocimos a los hermanos Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado.

Estas reuniones se prolongaron durante tres años y en ellas salieron a campear tanto nuestro entusiasmo por sacudir la mediocridad y el pasatismo del ambiente como las diferencias y particularidades de cada uno. Pero había un común denominador en todos nosotros que fue el eje rector que mantuvo la coherencia del grupo en esos tiempos fundacionales: la creencia en la necesidad de un arte que fuera pura creación e invención, que se constituyera a sí mismo como un mundo autónomo paralelo al de la naturaleza, pero sin ser tributario de la misma, ni tampoco de los devaneos del inconsciente basados inevitablemente en la visión subjetiva del mundo natural. Una práctica artística que dejara de ser un metalenguaje de la naturaleza para constituirse a sí misma como lenguaje propio.

Creíamos, en suma, en un arte que fuera pura expresión objetiva de la mente del hombre en tanto sujeto creador. Nuevamente aquí no puedo evitar sentir los ecos de mi admiración por Leonardo y su afirmación: “L’arte e cosa mentale”. En esta dirección, los postulados de los referentes del arte abstracto a quienes me he referido encontraban su convergencia natural en el mundo de la poesía, con los Manifiestos de 1925 de Vicente Huidobro, donde se postulaba la creación de un poema: “En que cada parte constitutiva y todo el conjunto presentan un hecho nuevo, independiente del mundo externo, desligado de toda otra realidad que no sea la propia. [...] Es bello en sí y no admite términos de comparación. Nada de anecdótico ni descriptivo. La emoción debe nacer sólo de la virtud creadora. Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol”.

Si bien éramos conscientes de que faltaba una mayor coherencia entre los miembros del grupo, y por cierto adolecíamos aún de la falta de una producción creativa consistente que abonara aquellas creencias, la urgencia por darnos a conocer y pegar un primer grito que sacudiera el conservadurismo y la quietud del mundo del arte y de la cultura del Río de la Plata nos había llevado a madurar hacia fines de 1943 la idea de lanzar una revista que fuera algo así como nuestro “bautismo de fuego”.

Una vez tomada la decisión, nos abocamos a la idea de concretarla. Como punto principal, había que pensar un nombre.

Buscando en el diccionario una palabra que tuviera que ver con “arte”, encontré por azar “Arturo”, que es el nombre de una de las estrellas más brillantes del firmamento en la constelación del Boyero. Su nombre proviene del vocablo griego Arktouros, formado por las raíces arktos (oso) y ouros (guardián). La resonancia de aquel firmamento brillante que se me reveló a los tres años, en mi travesía oceánica [desde la ex Checoslovaquia hacia la Argentina, en 1928], subyace sin duda en esta elección. Edgar Bayley me apoyó entusiastamente, lo mismo que Rhod Rothfuss, y fue aceptado por el grupo.

Mientras preparábamos los materiales que iban a aparecer en la revista había que ocuparse de los aspectos prácticos de la producción. El único imprentero que conocía era un tal Domingo F. Rocco, que imprimía la revista del gremio de los marroquineros en la cual publicitáramos con mis hermanos nuestra producción.

Rocco aceptó hacer la revista, imprimiendo los textos –a la usanza de aquellos tiempos– y dejando el espacio para las imágenes. Estas se realizaban aparte y entre los miembros del grupo asumimos la tarea de pegar con cola dichas imágenes en los cerca de quinientos ejemplares que constituyeron aquella primera y única tirada.

La revista se costeó con el aporte voluntario de todos los miembros del grupo. El mayor aporte no obstante provino de mí, que a esta altura consideraba la aparición de ese primer número como un imperativo y una responsabilidad personal.

La revista vio la luz finalmente en el verano de 1944. Sus páginas expresan tanto la pujanza de nuestras ideas como algunas de las divergencias del grupo, que se reflejan en la inconsistencia parcial de algunos materiales y que llevarían posteriormente a la división del grupo original en corrientes diferenciadas.

En el sumario aparecíamos Carmelo Arden Quin, Edgar Bayley y yo –por orden alfabético– como equipo de redacción.

La ilustración de portada –un taco de Tomás Maldonado– reflejaba un inocultable origen automatista que no era el más adecuado para una revista que en sus textos teóricos hacía una profesión del fe en contra del surrealismo. Años más tarde, en la revista Arte Madí Universal Nº 6, diría del surrealismo: “Escuela metafísica y antidialéctica por excelencia, debe ser considerada como reacción neorromántica dentro del arte moderno. Sus elementos de ordenamiento idealista y fantástico, su basamento metafísico y mórbido nada tienen que ver con el espíritu constructivo de nuestra época”.

La revista se cerraba con un artículo de Rhod Rothfuss (“El marco: un problema de plástica actual”) en el cual planteaba con coherencia la prolongada vigencia del marco como la expresión de una concepción naturalista del arte y, por consiguiente, incompatible con las propuestas del grupo. El rigor de este planteo se constituiría posteriormente en uno de los ejes de la producción pictórica de Madí. Fue el detonante que prefijó que el marco recortado y el marco estructurado tuvieran una vigencia y resonancia total. [...]

Planos y color liberados, 1947, de Gyula Kosice.

En la contratapa estampé algunas frases que, como enunciados programáticos, van a ser las claves de toda mi obra posterior: “Ninguna expresión. Representación. Significación”.

“El hombre conquistará el espacio multidimensional.”

“Júbilo-Negación de toda melancolía.”

El primer enunciado resume en cuatro palabras el credo irrenunciable de la abstracción, tal como la entendíamos y como iba a ser puesto en práctica por nosotros a partir de ese momento.

El segundo –más allá de una lectura lineal como preanuncio de la conquista del espacio– implica el despegue del hombre de la sujeción a la tierra y a las leyes gravídicas y su inmersión gozosa en el espacio, como reaparecerá posteriormente en mis postulados hidroespaciales.

El tercer enunciado tiene que ver con una constante en mi obra: la apuesta a lo diurno, a lo positivo, a lo luminoso en el devenir humano. Al mismo tiempo constituye una apuesta a la cancelación definitiva de los climas mórbidos que, a partir del romanticismo, se trasvasarán a través del simbolismo y del surrealismo hasta el presente. [...]

Por encima de las evidentes e inevitables vacilaciones y divergencias que había en sus distintas colaboraciones, acababa de ver la luz la primera revista que promocionaría el arte abstracto en Latinoamérica.

Cada vez que reflexiono sobre la aparición de Arturo, reparo más en su singularidad dentro del panorama de la cultura. La revista no tuvo prácticamente ninguna repercusión inmediata en el medio. [...]

Fue como si hubiésemos lanzado un misil que fue absorbido por el vacío absoluto del establishment cultural conservador sin acuse de recibo. Pero el sentido de Arturo no consistió en suscitar un eco inicial o un escándalo mediático, se trató de uno de esos bulbos que son plantados y cuyos rizomas se extienden subterráneamente para irrumpir en floraciones diversas, lejos del punto donde fueron plantados. [...]

De ese modo, en el verano austral de 1944, cuando Europa y gran parte del mundo estaban sumidos en el fragor de la Segunda Guerra Mundial, llega aquel gesto rioplatense, pionero de la resurrección y renovación del arte abstracto, que iba a dominar el panorama de las artes plásticas a partir de la finalización del conflicto bélico.

Fragmento del capítulo 6 de la recientemente publicada Autobiografía de Kosice (Asunto Impreso, 272 páginas), que fue presentada ayer, en el Malba, por Jorge Taverna Irigoyen, Rodrigo Alonso y Fernando García.

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Sobre relieve, obra de gas neón, de Kosice, 1950.
 
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