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Domingo, 3 de septiembre de 2006

OPINION

Esa vieja necesidad de afecto

 Por Daniel Mundo *

Desde hace algunos años tengo la impresión de que hay intentos de reemplazar parcialmente nuestro mundo finito y doloroso por “otro”. El nuevo espacio promete la posibilidad de inventarse una vida nueva y distinta. Esa invitación, no obstante, oculta que en la vida real uno también puede cambiar la propia vida, con la diferencia de que al intentarlo se suele entrar en conflicto con un conjunto de parámetros sociales y políticos. En este caso no creo que se trate de la operación de unos pocos sujetos omnipotentes que piensan controlar las sociedades metiéndolas en una pantalla. Más bien es otra manifestación de un fenómeno colectivo que hace que cosas tan poco reales como el dinero se hayan convertido en factores influyentes de la cotidianidad.

Algunas visiones paranoides objetan que las cosas en la realidad virtual no contienen el “misterio” de lo que efectivamente existe. Pero a esta altura del capitalismo las cosas que nos rodean tampoco tienen aura ni tradición ni misterio. Si tengo que comprar muebles y no tengo mucha plata, voy a verme obligado a elegir artículos fabricados en serie, iguales a otros miles. Por eso no creo que haya en este momento un abismo entre lo virtual y lo real. De manera que tal vez uno de los puntos nodales para pensar estos fenómenos esté en la persistencia de la dimensión afectiva, remanente tardío de un humanismo que parece moribundo. No hay que leer todas estas prácticas desde la paranoia: al final, en la identificación con los personajes más raros y fantásticos, en el escapismo o en la preocupación, sigue estando nuestra vieja y conocida necesidad de afecto.

* Licenciado en Ciencias de la Comunicación, docente de la cátedra de Informática y Sociedad en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

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