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Miércoles, 9 de enero de 2008

OPINION

El mito y la realidad

 Por Hazel Rowley *

La lectura de las memorias de Beauvoir a finales de los años sesenta me emocionó y me intoxicó, por decirlo de algún modo. Ella hizo que lo imposible pareciera posible. ¿Acaso no queríamos todas un compañero intelectual con quien compartir el mundo y las ideas, hasta el pensamiento más trivial? ¿No quería todo el mundo escribir en cafés parisienses entre el repiqueteo de las tazas de café y el barullo de las voces, y pasar los veranos en Roma en complicados, pero armónicos cuartetos? ¿Quién quería ser monógamo cuando podía tener libertad y estabilidad, aventuras amorosas y compromiso?

Todo el mundo sabía, Sartre lo decía en las entrevistas y Beauvoir en sus memorias, que la relación entre ellos estaba por encima de cualquier otra relación que hubiera en sus vidas. Las mujeres jóvenes soñaban con tener el coraje, la audacia y la libertad de Beauvoir. Cuando Geneviève Idt entrevistó a Sartre en 1974 le preguntó si era consciente de tener un actitud de “macho” en su relaciones con las mujeres. Hubo un largo silencio, meditó su respuesta: “No creo que lo fuera con el Castor” (para él, Beauvoir siempre fue “el Castor”).

En noviembre de 1976 entrevisté a Simone de Beauvoir en su apartamento de la rue Schoelcher, frente al cementerio de Montparnasse. Yo era una licenciada que escribía una tesis doctoral sobre “Simone de Beauvoir y la autobiografía existencialista”, y estaba profundamente comprometida con el movimiento feminista. Beauvoir había cambiado mi vida, y yo la idolatraba. Le hice preguntas comprometidas sobre su relación con Sartre; sobre la sinceridad, los celos, las terceras personas y la doble moral para hombres y mujeres. Beauvoir insistió en que entre ellos no hubo celos y, respecto de la doble moral, pensaba que las relaciones entre sexos eran más fáciles para las mujeres que para los hombres, porque, dado el estatus secundario otorgado a las mujeres, los hombres solían sentirse culpables cuando las abandonaban. Respondió a mis preguntas como de memoria, sin la menor duda ni vacilación. Cuando me acompañó a la puerta pude ver, y aquello me entristeció, que ella misma era incapaz de distinguir el mito de la realidad de su vida.

* Escritora y periodista, autora de Sartre y Beauvoir (Sudamericana). Fragmento del prólogo del libro.

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