futuro

Sábado, 5 de junio de 2004

ONIROLOGIA

La vida es sueño

Sólo reflexiono tres horas al día, el resto del tiempo sueño
René Descartes

Por Federico Kukso

El tema es tan terriblemente vasto como atractivo. Tanto que, aunque sus estudiosos no lo admiten públicamente, lo onírico da pie a una encarnizada rencilla entre los defensores del mundo “psi” y los legionarios de los electrodos, los encefalogramas y las pipetas. Unos abogan por la interpretación y los otros por la seca cuantificación. En el medio quedó un popurrí de poetas, filósofos y librepensadores que volvieron al soñar el leitmotiv de sus frases-dardo, de esas que quedan bien al comienzo de una nota: “La esperanza es el sueño del hombre despierto” (Aristóteles); “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión. Una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son” (Pedro Calderón de la Barca); “La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido” (Jorge Luis Borges); “Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas. Ella canta. Nos llama. La seguimos y jamás retornamos” (Gustave Flaubert).
Lo cierto es que ante la pregunta “¿qué son los sueños?” muchos amagan pero nunca concretan. Hasta ahora las respuestas siempre han sido particulares y aceptadas solamente por un grupito de elegidos que adoptan el título de “comunidad”. Así, por ejemplo, está Kant (el filósofo), para quien los sueños, mezcla de percepciones y fantasías, carecían de valor alguno y eran meros productos de desórdenes estomacales. Por su parte, Freud (un infaltable en estos asuntos) los describió en La interpretación de los sueños como “el camino real hacia el inconsciente” que, como todo el mundo (psicoanalítico) sabe está formado por deseos –predominantemente sexuales– que quedaron bloqueados o reprimidos por el pensamiento consciente. Pese a que la obra freudiana constituye el primer trabajo científico sistemático sobre el funcionamiento de la mente, no faltaron los escépticos (y malintencionados) que la ridiculizaron al recordar que no existe la más mínima prueba empírica que apoye la teoría de que los deseos reprimidos surgen en los sueños en forma de símbolos, cuyo significado real sólo los terapeutas pueden descifrar.
Los años pasaron y, mientras el psicoanálisis crecía como nunca nadie pensó que habría de hacerlo, los relegados de la comunidad “psi”, aquellos que optaron por el sinuoso camino del “prueba y error”, vieron cómo la balanza se inclinaba hacia el proceso de soñar (y sus diversas patologías) más que hacia los sueños en sí.
Freud tenía competencia. De a poco la observación a secas dio paso a un registro más riguroso, se reprodujeron los laboratorios de sueño y el -para unos– “descubrimiento científico más importante de la historia de los sueños” no tardó en llegar a mano de los estadounidenses Eugene Aserinsky y Nathaniel Kleitman (Universidad de Chicago). Por fin, en 1953, se comprendió que al dormir el cerebro no se apagaba (ni que empezaba la hora de los mensajes o presagios ocultos), sino que esta actividad realizada por los hombres y mujeres (y todos los mamíferos) en toda la historia de la humanidad es un proceso fisiológico activo en el que se reorganiza el sistema nervioso e interviene todo tipo de neurotransmisores como acetilcolina, noradrenalina y serotinina, para citar algunos. Lo ahora por todos sabido se hizo evidente. Al dormir, los seres vivos experimentamos dos estados alterados: SOL (sueños de ondas lentas, de ahorro de energía y que está asociado al crecimiento y reparación) y el sueño REM (fase de movimientos oculares rápidos, en el que se dan lossueños propiamente dichos y el cerebro presenta una actividad similar a la de la vigilia; la respiración se hace irregular y surgen rápidas contracciones). De modo que cada 90 minutos comienza un nuevo ciclo y en término medio los primeros 70 minutos se corresponden a sueño SOL y los últimos 20 al sueño REM. Así si uno duerme unas ocho horas (lo aconsejable), sueña cien minutos y si uno llega a los 70, se la pasó durmiendo 27 años y soñando unos cinco.
Nadie sabe muy bien por qué pasa esto, pero es así. A lo sumo, los onirólogos arrojan hipótesis tras hipótesis. La que más resuena es la que dice que el sueño ayudaría a fijar las facultades aprendidas (por ejemplo, científicos alemanes de la Universidad de Lubeck demostraron hace un año que los estudiantes obtienen mejores resultados en una prueba si descansan bien antes del examen que si se quedasen estudiando toda la noche). Lo único cierto es que, mal que pese, recordar los sueños cuesta mucho (de hecho, sorprende que una persona sueña más o menos seis veces cada noche, pero solo recuerda uno solo a la semana).
En el mundo de las investigaciones oníricas, el estudio del sueño REM dejó de tener el glamour de antes (las malas lenguas dicen que se lo llevó el famoso grupo de rock/pop estadounidense de Athens, Georgia, que adoptó las siglas como nombre). Ahora, lo que está de moda es estudiar lo que se llama “sueños lúcidos” que no son otra cosa más que los sueños en los que uno tiene conciencia de lo que ocurre (y puede actuar a voluntad); algo así como la experiencia de soñar sabiendo que se está soñando (las encuestas indican que casi el 50 por ciento de la gente tuvo al menos un sueño lúcido en su vida). Su estudio explotó en 1978, cuando el inglés Keith Hearne (Universidad de Hull) demostró que durante el sueño REM el “lucidonauta” se puede comunicar con el mundo externo (si es que la dicotomía interior-exterior se aplica en este tema).
Aunque los gurúes del new age quisieron monopolizar y lucrar con las formas de acceso a esta lucidez, los cerebros que investigan el tema (entre los que destaca Stephen LaBerge, director del Lucidity Institute de Palo Alto, California) aseguran que tener sueños lúcidos es una habilidad que se puede aprender con meditación o con un nuevo aparatito llamado NovaDeamer –el negocio no podía estar ausente–, una máscara de alta tecnología con sensores que detectan las ondas REM del sueño y con flashazos de luces intenta motivar el estado de conciencia durante el sueño. Entonces, uno deseará que los relojes-alarma nunca se hubiesen inventado y soñar hasta morir.

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