Antes de ser el granero del mundo, el país de todos los climas, la tierra de las oportunidades, de la gambeta y de la picardía criolla, la Argentina fue el escenario de destinos literarios y utopías variopintas: Voltaire envió a su Cándido en un periplo al Río de la Plata, Julio Verne instaló el faro del fin del mundo en la remota Tierra del Fuego y Restif de la Bretonne (1734-1806) imaginó a un viajero que recorría la Patagonia a bordo de una máquina voladora en una época en la que el sur argentino aparecía tan lejano como Marte. Sin embargo, el premio de la especulación se lo lleva el socialista inglés Olaf Stapledon (1886-1950), quien trazó una curiosa utopía indigenista con una suerte de Atlántida austral cuyos habitantes, los patagónicos, representaban la encarnación misma del futuro dorado de la humanidad.