“Lo nuevo siempre nuevo, lo nuevo siempre igual”, recitaba Charles Baudelaire en los albores de la modernidad parisina. Lo nuevo: la muchedumbre, las fábricas, el progreso. Lo viejo: la ciudad de París. El poeta maldito, que convertía a borrachos, prostitutas y vagos –“sombríos” personajes de la pujante Francia del siglo XIX– en alimento de sus poemas, no hacía más que destilar en su prosa esa dialéctica propia de una cosmovisión que prometía, a lomos de ciencia y razón, poner en marcha una antigua Megamáquina. ¿Será realmente así?
Por Pablo Capanna
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