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Viernes, 16 de julio de 2004

LIBROS

Recuperando a Mariquita

Aunque eternizada como la Gran Anfitriona Nacional por haber prestado el salón de su casa para estrenar el Himno, Mariquita Sánchez de Thompson fue bastante más: mujer política, pionera defensora de la necesidad de la educación para las mujeres, rebelde capaz de poner en foco cuán público debe ser lo privado. Intimidad y política, una compilación de María Gabriela Mizraje, la pinta en esas complejidades.

 Por Soledad Vallejos

Patriota argentina. Esposa de Martín Jacobo Thompson y luego de Juan Washington de Mendeville. En su hogar se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino. Ella fue quien interpretó las primeras estrofas del Himno.” Esa es la versión que el sistema educativo argentino imaginó para retratar a Mariquita Sánchez de Thompson y Mendeville: la de Gran Anfitriona Nacional con vocación de intérprete casera. Tan efectiva resultó esa estampita escolar capaz de imprimir una imagen única en los recuerdos de generaciones, que todavía hoy el Ministerio de Educación continúa sosteniéndola en su sitio de Internet (de allí sale la cita de marras). Y sin embargo detrás de ese clásico cuadro de Pedro Subercasseaux que termina por sellar la contundente división de espacios correlativa al género (Mariquita, mujer al fin, puertas adentro; los próceres del panteón nacional, en el campo de batalla, en oficinas o rodeados de atributos del poder público), había bastante más. Había, por ejemplo, una fina cronista con buena memoria y conciencia de la proyección histórica que podían tener sus escritos (más o menos privados) y capaz, de todas maneras, de ser deliciosa y políticamente incorrecta; también una mujer política hecha y derecha que operaba entre bambalinas con tácticas retóricas agudas y ambiciones propias; una intelectual afrancesada que nunca conoció París y bien merece trascender, además, como escritora; una viuda casada en segundas nupcias, madre de cinco hijos y activista en favor de la educación de las mujeres, aun cuando sostener esa necesidad la llevara a enfrentarse con Sarmiento. Esa es la multifacética María de Todos los Santos Sánchez de Thompson y Mendeville que habla, susurra, grita, desespera y fantasea en las páginas de Intimidad y política (Adriana Hidalgo editora, colección La lengua/rescates), la edición crítica de cartas, recuerdos y diario compilada (y prologada con dedicación) por María Gabriela Mizraje.

Amén de la remanida figurita del estreno casero del Himno, el otro momento estelar que los relatos históricos le reservaron a Mariquita (aunque no siempre) fue uno revestido de inmensa audacia, teniendo en cuenta que sucedió cuando promediaba 1804: el reclamo ante el virrey para rogarle que no permitiera que sus padres la casaran contra su voluntad. En lugar del prometido adinerado y bastante mayor favorecido por sus padres, Mariquita quería como marido a su primo Martín Thompson, y así fue como -tres años después de haberse plantado en plena ceremonia para anunciar ante enviados del virrey Del Pino que esa unión con el señor mayor no era su voluntad– lo envió, sobre en mano, a que oficiara como correo en su nombre. La carta al virrey Sobremonte fechada el 10 de julio de 1804 (cuando ella tenía 18) va a revelar los cimientos de la estrategia que Mariquita iba a continuar construyendo en el futuro. “Me es preciso defender mis derechos: o Vuestra Excelencia mándeme llamar a su presencia, pero sin ser acompañada de la de mi madre, para dar mi última resolución,o siendo ésta la de casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen, me mandará Vuestra Excelencia depositar por un sujeto de carácter para que quede en más libertad y mi primo pueda dar todos los pasos competentes para el efecto. Nuestra causa es demasiado justa, según comprendo, para que Vuestra Excelencia nos dispense justicia, protección y favor”. A unos 150 años de que los movimientos de mujeres más o menos orgánicos llamaran la atención sobre los vínculos íntimos entre lo privado y lo público, Mariquita estaba haciendo una declaración de principios (las causas privadas son un asunto público) que iba a valerle no el escándalo sino una victoria doble: el permiso para casarse con Martín Thompson y un lugar propio (aunque minimizado por algunos interlocutores y entre sombras) en los asuntos políticos. Como la visibilidad llevaba pantalones y levitas, zalameramente hizo como que se acomodaba en su lugar de mujercita, mientras operaba con habilidad como gestora de alianzas (en su salón) y participante sin remilgos de debates epistolares de lo más candentes. Amiga de la infancia de los apellidos que se repiten –con la dinámica propia de un álbum familiar– en la historia argentina, en 1836, en plena vigencia del rosismo se dirige al mismísimo Restaurador cuando él la acusa de poco americana: “Tú, que pones en el ‘cepo’ a Encarnación si no se adorna con tu divisa, debes de aprobarme, tanto más cuanto que no sólo sigo tu doctrina sino las reglas del honor y del deber. ¿Qué harías si Encarnación se te hiciera unitaria? Yo sé lo que harías. Así, mi amigo, en tu mano está que yo sea americana o francesa. Te quiero como a un hermano y sentiría que me declararas la guerra”. Para entonces, ya iba por su segundo matrimonio (Martín Thompson había muerto en 1819 al regresar gravemente enfermo de una misión oficial en América del Norte al cuidado de un valet a quien ella encargó tratar “no como a un débil enfermo, sino como a mi marido”), el que la unió de extrañísima manera a Washington Thompson, un cónsul francés con quien convivió poco y se escribió menos (y peor) de lo que hubiera deseado. Florencio Varela, Félix Frías, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, Juan Bautista Alberdi y Bartolomé Mitre eran sólo algunos de sus destinatarios. Todos ellos, hombres con decisión y oleadas de mayor o menor suerte en la actuación política, pero definitivamente activos en la discusión de modelos e intereses que iban a terminar dando forma a la Argentina que heredaría la generación del 80 (textos fundamentales para atisbar en la política de entrecasa y la circulación de la información son todos los del diario que lleva entre 1839 y 1840 para Esteban Echeverría). Como escribe Mizraje en el estudio preliminar del volumen, “a excepción de la hija, los verdaderos interlocutores de Mariquita son varones. Sus principales desvelos son mujeres”. Se desvelaba, Mariquita, por su suerte propia (cansada de mendigar su pensión a Mendeville, hastiada de que la pensión del Estado se demorara), por las de sus hijos, sus nietos, sus amigos. Pero, fundamentalmente, se desvelaba por la suerte de mujeres próximas a ella, al punto de soñar con la fundación de una suerte de neo-matriarcado semejante a la isla de Lesbos... pero en plena Buenos Aires. “Si yo no escuchara sino mi corazón y mi gusto –escribe a su hija Florencia en ¡1847!–, mira lo que haría: nos uniríamos en la casa grande tú y las Larrea, viviríamos como pudiéramos y nos consolaríamos todas juntas. Los árboles de tu casa, comisionaría a M. Picolet de componerme con ellos la huerta. Haríamos un buen gallinero y todo lo arreglaríamos muy bien (...) ¡Si esto pudiera hacerse! Catalina sería la que correría con todo, le daríamos a ella la plata, ¡qué consuelo para todas!”.
Pero si las pequeñas utopías que solía discutir en el intercambio con su hija se demoraban en detalles poco ideales (administración de casas, muebles, terrenos, enfermedades de familiares y conocidos, infortunios de la vida conyugal) y necesidades económicas de los diversos exilios (los propios en Montevideo y, posteriormente, en Río de Janeiro; los de sus hijos en Europa y Latinoamérica), la correspondencia con hombres es partede un juego astuto: firmará siempre como “madre” (aun cuando se tratara de una afinidad electiva), pero no es con ruegos o mohínes textuales sino mediante discusiones en un nivel de igualdad que se dirige a ellos. Ya en 1840 había adelantado algunos planes a su hijo Juan (“yo no puedo servir sino para las escuelas de las niñas (...) es preciso empezar por las mujeres si se quiere civilizar un país, y más entre nosotros, que los hombres no son bastantes y que tienen las armas en la mano para destruirse constantemente”), pero es a partir de haberse convertido en presidenta de la Sociedad de Beneficencia (durante el gobierno de Rivadavia) que se aboca más de lleno en la tarea. El clímax, sin embargo, llegó con el desprecio que Sarmiento –a la sazón director general de Escuelas de la provincia de Buenos Aires– asentó en el Segundo Informe del Departamento de Escuelas, de 1858: “Resultaría un fenómeno en la enseñanza pública de Buenos Aires sin ejemplo en la tierra, a saber, la mayor capacidad de las niñas para recibir instrucción. (...) el hecho se explicaría fácilmente por la falsedad de los datos que las maestras de escuelas suministraron a la Sociedad de Beneficencia, exagerando cada una de las cifras que mostrasen adelanto en sus respectivas escuelas. (...) No se dirá sin exponerse al ridículo que la educación femenil requiere más elementos que la de los varones, pues una maestra que pretendiera auxiliar para enseñar las labores de manos no merecería contarse entre los individuos de su sexo”. Mariquita que por entonces ya oficiaba de gran dama nacional y que no se cansaba de reclamar más presupuesto para la educación (y no la “instrucción”) de las niñas, desliza un “vaya, mi amigo, que ha delirado en ese informe”, y arremete sin piedad contra el prócer. “Oígame con calma (...) No se empiece a pelear conmigo. Empiece por saber que lo que tengo al mes son mil pesos, para profesores, útiles y gas. En un tiempo dijo el gobierno a la Sociedad se pedían a Norte América útiles y libros para las escuelas de ambos sexos. Teniendo esto presente, le pregunto si en ese depósito hay un lobo, que necesito para mi escuela normal, que quiero organizarla de modo que usted no me murmure (...) Usted es un injusto, no se contenta con la política y los muchachos y quiere pelearse con las mujeres ¡y no sabe usted qué malos enemigos son!”.
Cierta vez, en carta a su hija Florencia lanzó una promesa: “Voy a escribir la historia de las mujeres de mi país. Ellas son gente”. No lo hizo. Dejó, en cambio, además de los cientos de cartas (no todas editadas) y el diario, una serie de Recuerdos del Buenos Ayres virreynal –breves, pero deliciosos– especialmente solicitados por Santiago de Estrada, en los que desplegó –en una tradición que puede combinar a Lucio V. Mansilla y Victoria Ocampo– jugueteos con detalles de la vida cotidiana y frasecitas de joven patricia despreocupada. “Permite una digresión -escribe al recordar las invasiones inglesas– (...). Las milicias de Buenos Aires: es preciso confesar que nuestra gente del campo no es linda, es fuerte y robusta, pero negra. Las cabezas como un redonde, sucios; unos con chaqueta, otros sin ellas; unos sombreritos chiquitos encima de un pañuelo atado en la cabeza. Cada uno de un color, unos amarillos, otros punzó; todos rotos, en caballos sucios, mal cuidados; todo lo más miserable y más feo. Las armas sucias, imposible dar ahora una idea de estas tropas. Al ver aquel día tremendo, dije a una persona de mi intimidad: si no se asustan los ingleses de ver esto, no hay esperanza.”

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