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Viernes, 21 de septiembre de 2007

LEYENDAS

El infierno era ella

Por azar nació en Ucrania, por decisión de sus padres emigrados creció en Brasil y en portugués, el idioma en el que construyó un mundo literario deslumbrante. Y sin embargo, hallar textos de Clarice Lispector traducidos al español es difícil, casi tanto como dar con una biografía de ella. Clarice. Una vida que se cuenta (Ed. Adriana Hidalgo), de la brasileña Nádia Battella Gotlib, es el primer intento que llega a nosotras.

 Por Soledad Vallejos

Que escribir la hacía sufrir, pero no poder escribir también. Que amaba los colores, los sabores, los olores de la naturaleza, pero podían desesperarla. Que quería ser feliz, pero no. Que no se cansaba de decir que ella era “una persona normal”, pero aclaraba: “Mis problemas son los de una persona de alma enferma y no pueden ser comprendidos por personas, gracias a Dios, sanas”. Que no quería contar su vida, pero en sus crónicas periodísticas no hacía otra cosa. Que quería destruir la literatura, pero también ser escritora. Que si no era leída se deprimía, pero si lo era se disgustaba porque “tengo la impresión de que si gusto es porque estoy siendo fácil”. Que no se creía nadie especial, pero una vez “le pregunté a un médico si es normal tener tantas ideas al mismo tiempo”. Que tenía una belleza espléndida, lo sabía, y lo disfrutaba siendo vanidosa; que el incendio que arruinó su mano derecha no acabó con eso. Que (el testimonio es de Olga Borreli, compañera de sus últimos años) era un poquito ansiosa, y “siempre decía: ‘¿Y ahora?’ (...) Ahora, comer, tomar un té en tal restaurante (...). Terminaba de tomar el té, pagaba la cuenta, preguntaba: ‘¿Y ahora?’. Y ahora nos vamos a casa a ver TV. ‘¿Y ahora? ¿Y ahora? ¿Y después?’”. Que era una y era miles, porque en su caso el infierno no eran los demás sino ella: Clarice Lispector encontraba su ruina en sí misma, a fuerza de talento, narcisismo, contradicciones. Algo de eso rescata –torpe, confusa, exageradamente– la crítica brasileña Nádia Battella Gotlib en Clarice. Una vida que se cuenta (Ed. Adriana Hidalgo, que hace unos años también publicó Revelación de un mundo, algunas de sus crónicas periodísticas), un volumen extensísimo (¡869 páginas!) que se hubiera beneficiado de un poco de rigor y organización pero al que, sin embargo, pueden encontrársele dos virtudes: no sólo brinda la posibilidad de acceder a testimonios y documentos tan valiosos como previamente inhallables –en algunos casos, inéditos hasta ahora– sino que además viene a remediar la –extrañísima, ¿no?– ausencia de textos biográficos sobre Lispector en español.

ESCRIBIR PARA VIVIR

Algo suele pasarse por alto a la hora de acercarse a la obra de Lispector: su vida de escritora y su vida de periodista se desarrollaron en simultáneo, y en cierta medida se fueron iluminando y oscureciendo mutuamente. Herramienta necesaria para algo tan vulgar como comer y pagar cuentas, la práctica de una escritura periodística (profesionalizada en el sentido de hecha por encargo, a cambio de una suma determinada, para entregar en una fecha particular) parece haber sido, para Lispector, tanto una carga como una liberación. Allí iba lo que no sabía dónde dejar, allí también podían aparecer fragmentos que luego se convertirían en narraciones de ficción. Y también ése fue el espacio a partir del cual logró una popularización que ansiaba tanto como temía. Porque Lispector, así como en sus últimos años se la pasaba diciendo que era una persona de lo más común mientras se empeñaba en actings de fóbica incurable, mantuvo una relación inestable con el reconocimiento desde los inicios de su escritura. Adolescente, escribía pero no mostraba, hasta que un día de 1940 (quizá tuviera 15, o tal vez 20 años, su verdadera fecha de nacimiento nunca quedó clara; ella prefería la versión que la presentaba más joven y precoz) la osadía pudo más y ofreció un cuento –“Triunfo”– a un diario. “Quedaron encantados, ¡les gusté! ¡Me encontraron la voz más bonita del mundo! Y lo publicaron. Y no pagaban. ¡Claro!” Pero a partir de entonces sus colaboraciones periodísticas (entrevistas, textos de ficción, traducciones) comenzaron a ser frecuentes y a convertirse en fuente de ingresos para ella, que desde hacía años era huérfana de madre y hacía poquísimo también de padre, que estudiaba Derecho y después se casaría con un compañero de facultad, Maury Gurgel Valente.

Al tiempo de ir adentrándose en las rutinas laborales, quizá desde antes (en algunas entrevistas dijo que le llevó cinco años, en otras “diez sufridos meses”, en unas más “nueve meses. Fue una gravidez”, y así), fue escribiendo la que sería su primera novela: Cerca del corazón salvaje. “No tenía nada que ver con todo lo que yo había leído hasta entonces... No creía en el libro y la aceptación de la crítica fue tan sorprendente que me hizo feliz.” No le iba mal, no, y eso la atormentaba porque desbarataba su fantasía romántica: “Programé para mí una dura vida de escritora oscura y difícil (...). La circunstancia de que hablaran de mi libro me robó el placer de ese sufrimiento profesional”. El caso es que desde entonces, a excepción de algunos períodos de su vida como esposa de diplomático (casi unos 16 años acompañando a Maury, en una suerte de exilio primero europeo y luego norteamericano), no dejó de escribir para la prensa, ni para sus libros, que, en ocasiones, se nutrieron en más de un sentido de sus colaboraciones periodísticas.

COSAS DE SEÑORAS

¿Qué pasa cuando una escritora fuertemente emparentada (no necesariamente influida por) con Virginia Woolf y James Joyce acepta llevar adelante una columna “femenina” en un diario, a condición de usar seudónimo? Sale “Entre mujeres”, la página en la que durante 1952 una tal Tereza Quadros tanto puede dar recetas de bocaditos para un copetín como enseñar a ahorrar yendo menos a la peluquería, hablar de moda... o ayudar a librarse de las cucarachas. “Lo mejor, como se ve, es enyesarlas haciendo muchísimos pequeños monumentos, pues si las espanta con trementina huirán y ‘hacia dónde’ puede significar hacia otro aposento de la casa, con lo que usted no resuelve el problema” (toda semejanza con los problemas de la protagonista de La pasión según G.H. o el cuento de La legión extranjera de la señora que envenenaba bichos con yeso no es pura coincidencia). No cabe duda de que si había un canon de temas a respetar, ella los respetaba: que lo tomara para convertirlos en experimento, para subvertir e inquietar en cierta forma, para ir probando registros y traficar obsesiones con inocencia fingida es otra cosa. Nadie podría acusarla por eso, la única pena fue que duró poco, porque el diario cerró poco después (no por culpa de la columna).

Con el tiempo reincidió: entre 1959 y 1961 firmó como Helen Palmer el “Correo femenino - Feria de utilidades” que se publicaba miércoles y viernes en el diario Correio da Manhá. A diferencia de lo que parece haber sido una cierta improvisación de la experiencia anterior, esta sección se delineó a partir de una “Propuesta de trabajo” en la que Lispector –explicitando qué entendía por sección femenina en un registro de prensa– proponía reglas y temas. “Cada sección (bajo un título general permanente) tendría dos o tres textos para asegurar la variedad, aun cuando fueran cortos; cada uno de ellos con un título atractivo.” “Los temas serán belleza, moda, problemas de madre y de ama de casa, incluyendo la llamada ‘conversación leve’ más informativa. O podría versar sobre belleza y moda.” El tono debía ser “entre íntimo, gracioso y sabio”. Y aún más: “La sección podría crear un personaje femenino permanente que hablara en primera persona, contando sus problemas de mujer y cómo se resuelven, hablaría de los problemas de sus amigas, etcétera. ¿El tono? El de una persona relativamente inteligente, informada sin ser experta, e incluso a veces indecisa, como pudiera ser la opinión de una lectora (u otro tono, a combinar)”. Con el plan de trabajo negoció, también, sus honorarios, y combinó un acuerdo con la firma Pond’s para realizar una campaña publicitaria de cosméticos levemente camuflada (como notas servicio). En la sección, tanto podía dar recetas y consejos (de moda, de belleza, de arreglos domésticos), como responder inquietudes de las lectoras de más de 40. “Si eres inteligente, la edad será más un motivo de atracción que una desventaja (...) ¡No alimentes complejos de vejez, por favor! (...) ¡Pero no olvides que tus dieciocho años quedaron muy atrás!”

Al mismo tiempo que se escudaba en Helen Palmer para forzar los límites de un registro más bien conservador, se prestó a ser la escritora invisible tras una actriz de renombre, Ilka Soares. Fue en “Sólo para mujeres”, un espacio del Diário da Noite que se prestaba a “Pequeñas clases de seducción”, consejos para ir de shopping, clases de creatividad para tomar “vacaciones imaginarias”, dietas, belleza. Y así y todo, esas limitaciones impuestas por el formato y la propuesta del medio (contar con la firma de una famosa para levantar ventas) fueron respetadas y a la vez tomadas por asalto, con complicidad de Soares y hasta trabajo de investigación gráfica de Lispector.

Mientras tanto escribía sus novelas. Mientras tanto se había divorciado, regresado a Brasil, comenzado a buscar tratamientos efectivos para la esquizofrenia de su hijo mayor. Mientras tanto, también, tejía y destejía un personaje público con estrategias particulares. ¿Qué tan débil, inestable y torpe podía realmente ser?

LOS TRAZOS DE UN RETRATO

En 1904, a los 22, Virginia Woolf tuvo una crisis nerviosa: el rey gritaba desnudo en su jardín, los pájaros hablaban en griego. Pasaron años de vida, una guerra, un proceso literario. Veinte años después, en La señora Dalloway, Septimus se sentó en un banco de Hyde Park: “Los árboles le hacían guiños (...) un gorrión (...) empezó a piar: Septimus, Septimus, Septimus, tres o cuatro veces seguidas y continuó, desgranando notas, cantando con una voz viva y penetrante, en griego, que el crimen no existe.” ¿Tiene sentido leer en un fragmento las claves del otro?

¿Qué es un registro biográfico, a años de la muerte de la biografiada? Los materiales de una vida no necesariamente son los que elaboran un relato, los materiales de la ficción necesariamente no deberían ser leídos en términos de identificación policial de anécdotas más o menos reales a inscribir en una línea de tiempo. Los testimonios directos (de amigos, familiares, colegas) sobre esa vida, sobre esa biografiada, sobre Clarice Lispector, sus propias anotaciones dispersas aquí y allá, sus declaraciones en entrevistas, sus textos publicados en vida: eso es cuanto hay para armar un rompecabezas. Y parece curioso, pero el género (no el literario) aquí juega un papel importante: si es un escritor, un varón, las contradicciones suelen armar o bien un perfil de atormentado con talento o bien un personaje de cuidado; de un escritor, por lo general, las biografías no dicen que era débil, neurótico, voluble, bello; las piezas no suelen armarse para leerlo en tanto ser inestable y rayano con cierta tontera infantil. De un escritor, por lo demás, tampoco suelen ensayarse “biografías literarias” (el segundo subtítulo de Clarice...). De una escritora sí. A Clarice, en la reconstrucción –en esta reconstrucción en particular– la traicionan su talento, su belleza, sus estrategias leídas como torpezas; la traiciona (y mucho) un texto que busca hacerse sólido a fuerza de interpretarlo todo al pie de la letra: allí donde Clarice hace malabares para escribir una crónica sobre la sensación de la eternidad con la excusa de su primer chicle, la biógrafa lee autobiografía sin fisuras y busca identificar con fecha, hora y lugar cuándo fue que su hermana le regaló un chicle. Y sin embargo creer a pie juntillas en la veracidad del texto de una escritora (sea su marco un libro o un periódico), ¿es comprender que existe la literatura?, ¿es hacer biografía? No problematizar elementos que se tienen al alcance de la mano, presentar las estrategias sin cuestionarlas, interpretar cuanto se dice de manera literal, deslizar materiales en bruto sobre la página y dejarlos yacer, ¿cómo llamar a todo eso? De momento, se lo nombra como la única biografía de Lispector traducida al español, y la más frondosa en portugués (incluir 32 páginas de bibliografía cuenta también como estrategia de la autora), lo cual no deja de ser cierto. El único problema es que todavía, tras medio millar de páginas, todo lo que sabemos de Clarice Lispector es que nació y murió, y en el medio escribió algunas de las páginas más memorables de la literatura contemporánea. Lo demás sigue siendo un misterio, sea en español o en portugués.

Amor imperecedero (9 de septiembre de 1967)

“Todavía me siento un poco perdida en mi nueva función con eso que no puede llamarse propiamente crónica. (...) Todavía la elección de los temas me confunde (...) (A un amigo, por teléfono) le conté sobre mi tarea de escritura de todos los sábados. Y de pronto le pregunté: ‘¿Qué es lo que más le interesa a la gente? Digamos a las mujeres’. Antes de que pudiese responderme, oímos del fondo de la enorme sala a mi amiga que respondía en voz alta y espontánea: ‘El hombre’. Nos reímos, pero la respuesta era seria. Y con un poco de pudor me veo obligada a reconocer que lo que más interesa a la mujer es el hombre. (...) El hombre. Qué simpática es. Menos mal. ¿Es él nuestra fuente de inspiración? Sí. ¿Es nuestro desafío? Sí. ¿Es nuestro enemigo? Sí. ¿Es nuestro rival estimulante? Sí. ¿Es nuestro igual al mismo tiempo por completo diferente? Sí. ¿Es lindo? Sí. ¿Gracioso? Sí. ¿Es un niño? Sí. ¿También un padre? Sí. ¿Nos peleamos con él? Lo hacemos. ¿Podemos seguir sin el hombre con quien nos peleamos? No. ¿Somos interesantes porque al hombre le gustan las mujeres interesantes? Lo somos. ¿Con el hombre tenemos los diálogos más importantes? Sí. ¿Es el hombre irritante? También. ¿Nos gusta que nos fastidie? Nos gusta. (...)”

(De Revelación de un mundo, Ed. Adriana Hidalgo)

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Clarice en Nápoles, donde vivió entre 1944 y 1946.
 
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