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Viernes, 25 de julio de 2008

PERFILES

La mujer en el vértice

Poeta, docente, funcionaria –dirige la Casa del Escritor de la ciudad de Buenos Aires–, narradora... Susana Villalba goza de transitar entre un género y otro como una forma de “abrir lugares y diferentes maneras de escritura”. A contramano del estereotipo de la artista desapegada de las cosas prácticas, le gusta ordenar y cocinar; un empeño por la organización que sólo se desbarata frente a la hoja en blanco.

 Por Roxana Sandá

Cualquiera que deseara conocerla, debería saber que la mujer, probablemente, sea una maga. Es decir, tiene la capacidad envidiable de desgajar el tiempo en millones de partículas que le permiten volverse poeta, dramaturga, guionista, narradora, periodista, funcionaria o docente. Junto con la actriz Ingrid Pellicori hace un programa de radio de la Biblioteca Nacional, dictó talleres literarios para la carrera de Letras (UBA), en poco tiempo más comenzará a dar la materia Poesía en dramaturgia, en el IUNA; dirige la Casa del Escritor del gobierno de la ciudad y organiza grupos de lectura asistida en poesía y filosofía; creó la Casa de la Poesía y armó el Primer Festival Internacional del género; publicó seis libros de poesía y una novela; en 2009 presentará una obra de teatro sobre las siete plagas bíblicas y suele pasear por la plaza San Lorenzo con su perra Fiona, una beagle a la que abriga con un polar del cuadro homónimo. Pero la fundamentalmente escritora Susana Villalba prefiere reseñarse como una mujer intergénero, destinada a “abrir diferentes maneras de escritura”.

Es complejo tratar de asirte por algún lado.

–Me gusta que sea algo difícil meterme en un casillero. De cada lugar saco el tipo de cosas que me interesan y de cada actividad me gusta difundir, en el sentido de llevar la cultura a todo tipo de gente. El periodismo también tiene que ver con difundir cultura. Mi escritura en cambio es mucho más personal y me alegro de que no se me mezcle, pero todo el mundo me dice que no se da cuenta de si es poema, cuento, narración o si se parece a guiones de cine.

¿Ese mismo empeño lo aplicás al disfrute de tu obra?

–Me cuesta más aprender a disfrutar lo que hice, quizá porque metí tanta energía en hacerlo. Viste que el que toca nunca baila (risas). Soy una mina generadora, con una gran capacidad de organización. Sacándome del poema, soy de lo más común porque lo necesito para compensar un poco.

¿Y los demás cómo te observan?

–En general se tiene el prejuicio de que el poeta es descolgado. Me ha pasado con los hombres que llegan a mi casa, seguros de que van descubrir un universo caótico, con un ser misterioso. Y se encuentran con que tengo todo organizado, que sé cocinar. Qué sé yo, se decepcionan. No era eso lo que esperaban ver (risas).

¿En esos casos utilizás una salida diplomática?

–Soy Aries con ascendente en Leo. Imposible cualquier doblez, cero diplomacia. Encima, una amiga me hizo la carta natal y parece que soy Urano en doce, una categoría de seres rarísimos. Por eso también ese empeño por la organización, por esa necesidad de contrapeso para armar mi vida.

¿En qué momento se manifestó la urgencia de explorar la escritura?

–Empecé muy chica, a los diez años, leyendo poesías de la biblioteca de mis padres, como si eso fuera un entretenimiento. Había leído Las montañas de oro, de Leopoldo Lugones, y a mi modo entendí. Desde entonces, siempre escribí. Y recibí marcas profundas de Pessoa cuando es Alvaro de Campos; de Olga Orozco, Enrique Molina, Vallejo, Huidobro, Silvia Plath.

La biblioteca familiar como un sitio fundacional.

–Por eso me interesa difundir cultura, porque ahora no existe esa cultura más accesible. Antes, en muchas casas había una biblioteca: era algo que estaba en el bagaje de la gente. En mi casa había una, y no porque mis padres fueran recontraintelectuales, pero sí leían mucho. Era una Argentina que hoy no existe. Creo que eso me fundó y también cierta pasión por el lenguaje que no sabría decir de dónde viene. Quizá la reflexión es que en la palabra hay algo fundante del ser humano y que nos forma todo aquello que se nos dice. Somos producto del discurso que se nos dijo sobre nosotros, sobre el mundo y la vida.

¿Tu poesía busca reinterpretar ese universo que somos?

–Mi poesía es una tensión entre lo que de afuera se dice, un discurso común, y una voz propia, que nos señala otra cosa. Creo que esa pelea entre el yo y el social es mi poesía. Quizá por eso se sale de madre, borbotea y no tiene una forma definida. Sí donde diría que queda más plasmada esa manera diferente es en Susy, secretos del corazón (1989). Obviamente era un chiste con mi nombre y con esas revistitas, pero tenía que ver con meterte en aquel mundo extraliterario, esos folletines que una leía de chica, las películas, las canciones. Y escribí en un estilo de collage muy acelerado. Pero si se lee atentamente, debajo de ese caos aparente se encuentra una métrica que tampoco la busqué ni la forcé. Ese libro es fundacional porque era diferente en la escritura y en el tema.

Alguna vez dijiste que, en cierto modo, la realidad siempre está presente en tus escritos.

–Sí, pero siempre mezclada con otras cosas. Pensamientos internos, el pasado. Por eso es posible que haga ese tipo de collage. En otros libros que no son tan caóticos, como por ejemplo Caminatas (1999), hay sin embargo una gran mezcla.

Te preguntaba sobre ese abordaje de la realidad por la intensidad de tu poema En la gasolinera, sobre el 19 y 20 de diciembre de 2001.

–Pero ese poema es raro porque no fui a Plaza de Mayo. No fui porque dudaba de qué origen tenía la movilización, si venía por derecha o por izquierda. No me gustaba que la gente saliera por el corralito y meses antes, cuando les habían rebajado los haberes a los jubilados, nadie hubiera hecho nada. Miraba con escepticismo y me imaginaba lo posterior, cuando las cacerolas empezaran a criticar a los piquetes. De hecho ahora, que por supuesto no estoy de acuerdo con estos caceroleros, se ocupan de aclarar que “no somos piqueteros”.

Sin embargo, sobre el escepticismo pesó la pulsión literaria de escribir.

–Como un torrente. Quizá fue la necesidad de oponerle una palabra a otra palabra que salía arruinada desde el vamos. No creo en ciertos módulos como “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Escucho ese discurso y me sale otro, quizá para enfrentarlo o contraponerlo.

¿Cómo te afectaron estos tres meses de conflicto agrario?

–Me angustié porque me parece que la gente no recuerda que algunas cosas se parecen a las que ocurrieron en la última dictadura. Es peligroso. Observé un desprecio muy grande por las instituciones. El periodismo hablando con muchos errores sin comprender qué son las instituciones, qué es el Estado. Es muy preocupante que después de 25 años de democracia no se haya aprendido absolutamente nada y se repitan cosas que parece que no se recuerdan.

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