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Viernes, 18 de diciembre de 2009

TESTIMONIOS

Familia de artistas

Forjarla es lo que han hecho con su amistad Ruth Varsavsky y Alicia Ferrari a lo largo de más de cincuenta años en los que sucedieron la vida y la muerte, los hijos, el exilio, el amor y el dolor. Y el arte, por supuesto, que las reunió en un taller que ellas fundaron cuando rondaban los treinta y produjo cientos de obras de metal que embellecieron los dormitorios de los niños de los setenta. Entonces, Ruth estaba casada con Oski y Alicia con quien todavía es su marido, León Ferrari. El Taller Laberinto, arrasado por la última dictadura que lo suspendió casi todo, es también el nombre del libro que estas dos mujeres, abuelas y bisabuelas, presentan ahora para atesorar la memoria de la amistad y del arte que todavía comparten.

 Por Juana Menna

No fueron los arbolitos de la vida, con esas ramas de cerámica cargadas de frutos, soles o santitos, que se abrían hacia cualquier lado como si señalaran varios destinos posibles. Tampoco los tapices ni las calaveras de azúcar. De los regalos que su marido trajo de un viaje por México, a Ruth Varsavsky le llamó la atención un gallo de hojalata de todos los colores. Sí, de todos, enfatiza, como un arco iris pintado con esmaltes. Con sus alas labradas y esa cresta de rey de bisutería, se parecía a los dibujos que ella hacía. Porque en ese momento, entre los cincuenta y los sesenta, Ruth vivía de ilustrar cuentos infantiles. Y el bicho parecía un dibujo pero era tridimensional. Así que al verlo, ella tuvo una idea. “Experimentar con chapa me dio la posibilidad de pasar de lo plano, las pinturas y las ilustraciones, a lo tridimensional. Entonces empecé a usar las manos de una manera nueva: moldeando, recortando, agujereando, martillando, dando volumen”, dice. En el departamento donde vive hay una fila de gallitos sobre la mesa del living. Son más o menos parecidos a aquél, recién terminados, encargados por una casa de regalos. Entre el gallo mexicano y éstos pasaron muchas cosas: aprendió a trabajar en hojalata pero también con diferentes metales, se mudó algunas veces de taller, siguió dibujando, crecieron sus dos hijos, se exilió en Brasil con su familia, falleció el marido, volvió la democracia, nacieron los nietos.

La vida de Ruth ha discurrido más o menos en paralelo con la de su amiga Alicia Ferrari. Así, a dos voces, ellas van contando la historia del Taller Laberinto, un espacio de arte y educación que estas artistas crearon y compartieron hasta que la última dictadura las obligó a huir del país. La del taller es historia de arte, pero también de creación con sus maridos –los artistas Oscar Conti (conocido como “Oski”) y León Ferrari– y con amigos y familia que se fueron multiplicando. También, de persistencia aun cuando el horror se tragaba todo. Sí, todo, enfatizan las mujeres. Inclusive a los amigos de los hijos de Ruth. Inclusive a Ariel, uno de los hijos de Alicia.

Taller Laberinto es el nombre, además, del libro con tapas color cobre que editaron este año Juan Pablo Fernández, Salomé Iglesias y Rosa Lesca para Lipocodio. Allí se recopilan las voces de Ruth y Alicia a través de entrevistas hechas por Laura Petracca y textos escritos por las protagonistas y por los editores junto a Maya Lesca. También hay recortes periodísticos, fotos del archivo familiar de los Conti y los Ferrari y fotos nuevas tomadas por Sol Levinas y Ana Conti. Cada una de estas personas tiene una cercanía familiar o afectiva con Alicia y Ruth. “Y sí, el libro es como una creación colectiva más”, confirman ellas. Y se sirven café de una cafeterita Volturno de las pequeñas en unas tazas de vidrio térmico del tamaño de media nuez, que revuelven con cucharas de alpaca mínimas, hechas a mano por uno de los hijos de Ruth. Las dos mujeres –sentadas al costado de una mesa de trabajo forrada con papel madera, sobre la que se dispersan tijeras, pinzas, alambres– hablan casi en un susurro. Ese es el taller de Ruth. De fondo, música de Elis Regina. Música también sutil, claro.

“Yo me recibí de maestra normal y desde siempre amé dibujar –dice Ruth–. Primero fui a la escuela Manuel Belgrano y luego a la Prilidiano Pueyrredón. Después me quedé seis inviernos en el taller de Cecilia Marcovich y conocí a la gente más linda del mundo; entre ellos, a un señor que pasó raudamente por ahí llamado Oscar Conti. En 1950 gané un premio de pintura y me fui a París, a los 29 años. Me vi todos los museos. En el de Arte Moderno descubrí unas enormes figuras de metal que se movían en el espacio, los móviles de Alexander Calder, que me gustaron muchísimo. Al mismo tiempo nos encontramos con Oski y nos fuimos a vivir juntos.”

“Ustedes tienen que conocer a mi prima Ruth, que es pintora”, les insistía mientras tanto Carlos Rapoport a sus amigos Alicia y León Ferrari. La pareja se había conocido durante un paseo en el Tigre. “A mi padre le gustaba mucho el deporte y también a nosotros, sus cinco hijos –dice Alicia, nacida el 19 de septiembre de 1919–. Inclusive cuando yo era chica y nos mudamos a Parque Chacabuco, él fundó un gimnasio. Pero yo, además, tenía inquietudes literarias así que después de recibirme de perito mercantil, me puse a estudiar Filosofía y Letras. Una tarde, nos fuimos con mis hermanos y unos primos a pasar el día en el Tigre. Nos había invitado un rugbier que por entonces gustaba un poco de mí, así que ese día se mezclaron conocidos suyos y míos y amigos de amigos, en fin. En un momento, apareció un muchacho llamado León. ‘Ese sí que me gusta’, pensé yo. Esa tarde, él había dejado de lado por un rato sus libros porque se estaba por recibir de ingeniero industrial. Nos casamos en 1946.”

Unos años después, en 1953, los Conti y los Ferrari confluyeron en Roma. “León tenía un taller en el que había un horno enorme para hacer vasijas. Por entonces, Ruth y Oski también tenían un taller propio en Buenos Aires”, dice Alicia.

–Claro –se entusiasma Ruth–. Estuvimos un tiempo en un tallercito de calle Libertad y Juncal, antes de mudarnos al de Corrientes y Uruguay, arriba de la confitería La Emiliana, que compartiríamos más tarde con Alicia.

–Los cuatro nos encontramos en Roma. Yo creo que Oski nos calificó de un solo vistazo, decidió que íbamos a ser amigos.

–Así fue. Después quedé embarazada de Pablo, mi primer hijo. Alicia me cuidó durante el embarazo y estuvo conmigo en el momento del parto.

En 1955, los Conti retornaron a Buenos Aires. Mientras tanto, llovían las bombas sobre la Plaza de Mayo. La familia viajaba en un barco llamado “Corrientes”, en cuyo salón había un gran retrato de Juan Perón. Cuando el barco tocó el puerto de Buenos Aires, el cuadro desapareció. Oski dibujaba sus figuras desgarbadas, narigonas, personalísimas y creaba esas ilustraciones concebidas a modo de frescos de la escuela flamenca, con varias situaciones autónomas desplegándose sobre un mismo escenario. De esa época fueron sus viajes a México, de los que volvió con los gallitos entre el equipaje. En 1957 nació Diego, el segundo hijo de la pareja. Por entonces, Ruth ilustraba la colección Bolsillitos (invitada por el director de la publicación, Boris Spivakov, que luego crearía el Centro Editor de América Latina y que también convocó como ilustrador a Héctor Oesterheld, entre otros). En 1964, además, Ruth se encargó de los dibujos del Zoo Loco, el libro de limericks creado por María Elena Walsh.

Dice Alicia: “Un día, durante una visita que hicimos con León al taller de Oski y Ruth, él me propuso trabajar con su esposa. A mí me dio un poco de duda, entonces Oski me dio una tijera, un pedazo de metal y me dijo: ‘Dale, cortá’. Y me entusiasmé. Iba dos veces por semana al taller y me llevaba cosas para hacer a mi casa de Castelar. Ruth fue mi maestra porque yo nunca había cortado, ni repujado ni nada”. Luego, las dos mujeres decidieron abrir un taller y se mudaron al consultorio que había sido de un tío médico de Ruth. “Era una gran habitación con un balcón a calle Corrientes, casi en la esquina con Uruguay”, recuerda.

Por allí pasaban alumnos, amigos, gente interesada en comprar obra o en aprender el oficio de las artesanías hechas con metales. Una foto publicada en el libro registra a Oski acostado sobre una alfombra, durmiendo la siesta en el piso, rodeado por Ruth, su hermana melliza, Edith, y por León, que conversan como si tal cosa. El epígrafe explica: “Oski volvió de Italia con ganas de hacer la bottega en Buenos Aires, crear un gran taller conjunto, generar un espacio en el que cada uno hiciera lo que quisiera”.

Ruth recuerda esos días como muy alegres y creativos: “El taller quedaba en la vereda impar. Todavía existe. Cada vez que paso, me da curiosidad por subir y ver cómo quedó todo. Pero siempre la puerta de calle está cerrada”.


EDITH VARSAVSKY, ALICIA FERRARI, MARTA RAPOPORT, RUTH VARSAVSKY Y LEON FERRARI. TALLER DE LA CALLE CORRIENTES, 1972

En un artículo escrito en 1966, la revista Decoralia sitúa el inicio del grupo-taller Laberinto en 1962. Y continúa: “Las primeras obras ya intentaban singularizar con nuevos acentos decorativos los objetos y muebles destinados a realzar e integrar el cuarto del niño. Perchitas con formas de animales, sillitas con apoyabrazos diseñados según la dócil fauna doméstica, aplicaciones de graciosos adornos en camas, armarios y mesas infantiles –todo en madera y color– empezaron a aparecer en un creciente número de negocios en Buenos Aires. La segunda etapa del grupo Laberinto constituye un capítulo especial: la imaginación de Ruth Varsavsky y de Alicia Ferrari se apoderó de la escena del aire y la pobló de móviles ejecutados en hojalata, bronce y cobre”.

–Estas, las brujitas, fueron las primeras –dice Alicia señalando unos móviles que cuelgan de una arcada en el taller de Ruth.

–Yo pensaba mucho en mis libros infantiles y de ahí vino la idea de las brujitas, hechas desde abajo hacia arriba y con contrapesos para conservar el equilibrio, acá una estrella, allá una luna. En realidad, eran nenas vestidas de brujitas, con muchos detalles, como por ejemplo una escobita hecha de paja. Un día vino una señora al taller, las vio y preguntó si estaban a la venta. A mí no se me había ocurrido, pero bueno, terminaron siendo un modesto ‘boom’ de ventas.

–¿El primero no fue el señor aquel que tenía la casa de venta de ropa de bebés? –pregunta Alicia.

–No, ese señor nos contactó cuando ya éramos más conocidas. Porque con el tiempo, nuestros objetos empezaron a venderse mucho, para chicos y adultos. Inclusive abrimos nuestro propio negocio y al mismo tiempo hicimos varias exposiciones.

La charla se interrumpe. “¿Dónde andan, chicas?”, pregunta una voz masculina que abre la puerta, la cierra, hace repicar un manojo de llaves. Aparece Diego, el hijo de Ruth, de visita en Buenos Aires. El y su hermano Pablo viven en Santa Rosa de Calamuchita, en Córdoba, en medio de las sierras y al lado de un río que crece de golpe. “No es que para ellas esto fuera sólo un pasatiempo. Era una forma de vida, de ganarnos el pan acá y en el exilio, cuando nos fuimos a Brasil”, dice parado entre las dos mujeres que lo vieron crecer. “Y sí, también salimos metaleros”, admite. Pablo y él son joyeros y artesanos que trabajan la misma materia que su madre.

–Ruth, la chica pregunta por qué le pusimos “laberinto” al taller.

–Porque sonaba muy bonito. La “ele”, la “be”, la “te”, tan sonoras. Creo que fue una idea de Oski, porque era un lío subir las escaleras, armar algunas piezas en el taller, otras en Castelar. Debe haber sido por eso. Porque había que usar la imaginación para encontrar la solución de las cosas, la salida.

–Ah.

Alicia y León fundaron en Castelar una pequeña empresa dedicada a producir químicos para la fabricación de metal. “Como yo era perito mercantil, desde siempre fui secretaria de León y le llevaba los números. Ahí al lado instalamos mi taller y nuestra casa”. Todo eso, dice, antes de las épocas negras, las que llegaron con los militares.

“Eran las cinco de la tarde. Yo me encontraba con Ruth eligiendo algunos trabajos para terminar en el taller de Castelar. Salí rumbo a la estación Once con una bolsa de materiales de la cual asomaba un pedazo de metal. Había varias filas, busqué el tren que iba al oeste y esperé. De a poco la gente comenzó a alejarse y quedé sola –cuenta en el libro–. Recién en Castelar una señora me dijo ‘usted tenía un bulto sospechoso’. Quedé muy impresionada, todos pensaron que llevaba una bomba. Después de ese episodio empezamos a considerar la posibilidad de irnos”.


A LA VUELTA DE ITALIA, OSKI DUERME Y SUEÑA CON UN TALLER COLECTIVO DONDE CADA UNO Y CADA UNA PUDIERA HACER LO QUE QUISIERA.

Mientras tanto, una noche, diez policías entraron en el taller de calle Corrientes buscando datos sobre los alumnos, sobre los hijos de las artesanas. Revolvieron infructuosamente a la caza de algo que nunca explicaron y se fueron entrada la mañana. Las dos familias se exiliaron. Antes, León guardó en un depósito una obra que había presentado por primera vez en el Premio Di Tella en 1965, la efigie de un Cristo crucificado sobre un avión bombardero. Antes, Alicia le regaló a su hijo Ariel un marco enorme hecho por ella con un espejo. Era octubre de 1976. “Yo soy madre de tres hijos: Marilí, Pablo y Ariel. Ariel está desaparecido”, dice Alicia.

Los Conti y los Ferrari se reunieron en San Pablo. Ruth chapuceaba portugués. Alicia lo estudió con aplicación y comenzó a pintar con esmaltes. Ruth siguió con el metal. Pasaron los años. Oski vino a operarse a Argentina y falleció en 1979. Más tarde, en 1984, Ruth retornó y los Ferrari hicieron lo mismo, aunque su hijo Pablo, matemático, se quedó allá. Un día, León volvió al depósito de Castelar. El empleado lo reconoció. Fue hasta el fondo y volvió con unas cuantas piezas sueltas que había guardado en una bolsa por años, desde aquel día en que León y Alicia habían huido con poco más que lo puesto. Aún descoyuntados, el Cristo y el avión estaban allí, a salvo.

Alicia sale del taller hasta el living donde están los gallitos. Ahí descansa su cartera, comprada en un mercado callejero de Venecia. Es un bolso, más bien, con la foto impresa en blanco y negro de dos gatos cachorros que juguetean, las patitas extendidas en el aire, los ojos fijos el uno en el otro. Las amigas se saludan con un beso, y un “nos vemos luego, te llamo, cuidate, chau querida”.

“A mí me da mucho orgullo que Ruth haya seguido con el taller. ¿Ves? Hay fechas que no recuerdo con exactitud, pero las cosas que siento no las olvido”, dice Alicia en el ascensor que baja despacio. Después cuenta que Diego y su hermano son “un amor de chicos, tan inteligentes y creativos”. Y que lo del libro se le ocurrió “porque sobre León escriben a cada rato. Y yo pensé ¿y por qué nosotras no contamos también nuestra historia? Tenemos que hacerlo antes de desaparecer”. Alicia es menuda, el pelo entrecano y liso sobre los hombros. Tiene los ojos de un castaño mitigado que de repente se avivan como si hubieran recordado algo importante, imprescindible. “León es lo mejor que me pasó en la vida”, dice. Junto a él, dice, vinieron el arte, los hijos, los siete nietos y cuatro bisnietos. Con León llegaron los Conti. Y también Ruth.

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ALICIA EN EL JARDIN DE SU CASA DE CASTELAR ANTES DEL EXILIO.

RUTH EN SU TALLER DE SAN PABLO. 1976
 
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