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Viernes, 24 de agosto de 2012

Disputas

 Por Flor Monfort

El miércoles, el conductor de Intrusos, Jorge Rial, se levantó de su sillón y dijo a su equipo: “Esperen, quiero probar algo”. Acercó el oído a un monitor y repitió: “No, no, no”, haciendo el gesto negativo con la cabeza. Volvió a su puesto ante la mirada de los panelistas que no entendían la pantomima y les dijo, solemne: “La televisión no tiene corazón”.

Que la televisión no tiene sentimientos es una obviedad y se vuelve una fantochada dicha por alguien que fue capaz de hacerle una cámara oculta a un participante de Gran Hermano sólo para “probar” su homosexualidad (Marcelo Corazza), por nombrar algunos de sus “experimentos” donde el sadismo es el motor de un engranaje que fascina y repele al mismo tiempo. La novedad reside en que, en estas últimas semanas, la violencia de género se puso en debate en estos escenarios donde la gente se saca los ojos en cámara con tal de salir a la calle y que los otros los conozcan, los quieran, los acepten.

Hace un par de años, la bailarina Silvina Escudero contó que su ex novio Matías Alé le había pegado varias veces, dijo que ella se hacía cargo de no haber terminado la relación en el primer golpe, pero no dio especificaciones de la violencia. En la misma época, la modelo Victoria Vanucci hacía una producción en la revista Caras bañada en sangre, con el titular que hacía las veces de metáfora de “corazón herido”, donde hablaba de maltratos por parte del jugador de fútbol Cristian Fabbiani, pero sin dar demasiada información. Denunció y retiró la denuncia, dejando la duda flotando en el aire. Sobre la actriz Leticia Brédice se supo que sufrió violencia psicológica de parte de Juan Pablo Sanguinetti, el padre de su hijo Indio, pero tampoco trascendió el detalle. Una bruma que cubría a los hombres de las historias se instalaba con la excusa de protegerlos, preservarse y demás verbos que usan las estrellas cuando sienten que insinuar es suficiente.

Hace dos semanas apareció un video donde una mujer es golpeada por su ex pareja a través de una reja; empezó el juicio contra Pablo Vandecabeye, el visitador médico que secuestró y torturó a su novia dejándola marcada de por vida en la cara y el cuello; la desaparición de Erica Soriano cumple dos años y sigue impune, así como el asesinato de Fátima Catán y de tantas otras mujeres. A falta de estadísticas oficiales, las únicas que se conocen son las del Observatorio de Medios Adriana Marisel Zambrano: en lo que va de este año murieron 119 mujeres por femicidios y femicidios vinculados (niños y niñas), pero eso es bajo relevo de diarios y agencias de noticias, no son números recabados en hospitales, comisarías ni centros de atención de todo el país, lo que permite deducir que la violencia real es muy superior.

En un clima generalizado de emergencia en violencia machista (dos diputadas pidieron que se declarara oficialmente), con datos que si bien se conocían quedaban alineados en las intimidades familiares –que no deben salir de allí para no quebrar el orden social–, a los famosos también les toca quebrar la rigidez de las verdades intramuros, como el caso del bajista de Divididos Diego Arnedo, que tiene una orden de restricción y no puede acercarse a su pareja, Andrea Joga, a menos de 100 metros de distancia.

Esta apertura, visibilidad y “minuto de fama” abre la posibilidad de dimensionar el problema como transversal (y no como una urgencia momentánea), pero no deja de ofrecer algunos tragos amargos, que vuelven a su casillero el lugar de los machos alpha, el estereotipo de las débiles víctimas (que se quedan allí donde las maltratan) y el eterno retorno de las que ponen la cara porque piensan que eso puede ayudarlas y la televisión, como la tierra movediza, se las come crudas, al tiempo que hace lo que mejor sabe: enfrentarlas para sacar más rédito del combate. La vedette Mónica Farro dio detalles de las patadas, ahorcamientos, revoleos de su propia cabeza contra el piso y la pared, del dedo fisurado y el diente perdido en las peleas con su ex, el productor de Ideas del Sur Jorge Luengo, pero fue rápidamente desestimada por amigas y ex novias de él, también famosas, que juraban que él jamás les levantó la mano ni las maltrató. La guionista Ana Franco contó que el actor (ahora muerto) Oscar Ferreiro le hizo perder un riñón, entre otros golpes de gracia que le propinó durante 12 años de relación y al mostrar contradicciones o desequilibrios, fue acosada a preguntas por un Luis Ventura obsesionado con la información que le llegaba a su celular: que ella es lesbiana, que fue infiel, que le gusta el sexo grupal, que manda macumbas a quienes no corresponden su deseo, que acosa a todo aquel que la deja, que estuvo con la Hiena Barrios, y tantas acusaciones que no alcanza esta columna para enumerar. En situación de vulnerabilidad tan visible como podía estar Zulma Lobato en su momento, a Franco no paran de hundirla en su propio lodo y la confrontan con otras también dispuestas a contar que les pegaron, como la comediante Sandra Villarroel, que también jugó a la dama herida en una producción fotográfica con pretensiones artísticas, ella sí contando la violencia que sufrió y cómo hizo para terminar con ese círculo. Cuando SV se sienta en el living de los programas, es arengada a atacar a Franco, de quien empieza a hablar con un discurso compasivo y termina acusando de loca y potencial suicida. “Un domingo se va a levantar y, como el domingo es el día de los suicidas, esta mujer se va a matar”, dijo el miércoles en el programa que se pregunta por el corazón de la tevé.

Puestas a desenrollar la lengua por unos puntos de rating, mujeres que se exponen una vez más: creen que zafaron pero siguen en la rueda, se presentan como sobrevivientes y sobreviven como víctimas de un sistema que insiste en tomarlas en joda, porque la violencia sigue siendo una trama privada en la que los otros son los intrusos que miran por el ojo de la cerradura y no intervienen, no denuncian, se indignan sólo un bloque y se relamen por más sangre caliente.

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