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Domingo, 3 de julio de 2005

ANTOLOGíAS

Buenos muchachos

El amor de los muchachos es un valioso aporte a la historia de las relaciones entre literatura y homosexualidad masculina. Un recorrido entusiasta por diversas épocas y culturas que se muestra eficaz a la hora de analizar los iconos más dilectos de la cultura gay.

 Por Mariana Enriquez


El amor de los muchachos. Homosexualidad y Literatura.
Adrián Melo - Ediciones Lea
345 páginas


El subtítulo del libro de Adrián Melo es algo engañoso. Su exhaustiva recorrida por las representaciones de la homosexualidad se acerca bastante más a la historia o la sociología, y los textos en ocasiones sirven como excusa o ejemplo. Es decir que no se trata de un análisis literario sino más bien de una iconografía y racconto de la cultura gay en sentido amplio: conviven El banquete de Platón junto a Batman y Robin, Juan Castro con Michael Cunningham y Matthew Sheppard con Oscar Wilde. En su aproximación juguetona y desprejuiciada, Melo está más cerca de la popular Historia de la literatura gay de Gregory Woods que de un texto de crítica literaria. Y esto tiene dos efectos; el primero, agradable, es que la lectura es amena y didáctica en el mejor sentido. El segundo, problemático, es que con frecuencia cae en generalizaciones, cierta falta de rigurosidad y agrupamientos arriesgados y discutibles.

Los dos capítulos centrales del libro son “Tragedia” y “Las primaveras del homoerotismo”. En el primero, Melo repasa la historia de la homosexualidad con ejemplos literarios desde la antigüedad hasta la década del ‘80 (el auge del sida) y cierra con un apartado dedicado a la Argentina. En el segundo plantea una suerte de dialéctica represión-liberación asociada a políticas sexuales y obtiene muy buenos retratos de época, como el dedicado a la República de Weimar.

Pero todo está sobrevolado por un exceso de romanticismo: el hombre gay es condenado o goza de edades de oro alternativamente sin que jamás exista una mirada crítica, ni de los textos literarios ni de las circunstancias. Así, San Francisco y Tánger son mecas de placer maravillosas, Oscar Wilde es un mártir valiente, y por poco se iguala el crimen de Eduardo II con el crimen de odio del joven Matthew Sheppard en los años ‘90 del siglo XX. Pasolini muere por “el amor de uno de esos jovencitos por los que quería dar la vida”, y la violación y asesinato que ejecuta el personaje de Leopoldo en The Buenos Aires Affair de Manuel Puig es “quizás un placer tan apasionado y tan intenso que lo lleva a matar”. El tema del sida, tratado exhaustivamente y con ejemplos notables, parece sin embargo un asunto exclusivo de hombres gays (a las mujeres, por ejemplo, ni siquiera se las menciona). Se trasluce en el texto de Melo un programa político reivindicatorio que es por supuesto válido, pero la mirada es bastante ingenua: a esta altura tanto el corpus literario como el movimiento gay están maduros y preparados para una aproximación menos idealizada y más rigurosa, a la altura de su calidad y logros. De la misma manera, la exaltación insistente de la belleza de los jóvenes parece encerrar a la literatura gay en un ideal recortado arbitrariamente: el deseo homosexual tiene objetos mucho más diversos que el recurrente efebo que puebla estas páginas.

De cualquier modo, es saludable que El amor de los muchachos ofrezca al lector no iniciado pertinentes resúmenes y largas citas de los textos mencionados, siempre relevantes y en ocasiones muy hermosas. También que se incluyan capítulos dedicados a los prisioneros homosexuales durante el nazismo, y al sida, sin perder de vista que una lectura de la literatura gay es necesariamente política. Incluso son interesantes las inclusiones de la figura de Juan Castro y otras citas a la cultura de masas. Y hay una vivacidad y un entusiasmo que revelan la lectura voraz del autor, un entusiasmo que contagia. Incluso sus conclusiones arriesgadas invitan a la discusión, porque no hay en Melo un tono definitivo: El amor de los muchachos es un manual, una guía, incluso un desfile de personajes y textos que funciona muy bien como homenaje honesto y hoja de ruta para ampliar lecturas y miradas.

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Ilustracion de Jean Cocteau para el libro blanco
 
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