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Domingo, 7 de mayo de 2006

PHILIPPE GRIMBERT: UN SECRETO

Adiós, hermano mío

Un secreto del pasado, un hermanito perdido y una dura
posguerra arman el tinglado de esta novela con final feliz.

 Por Mauro Libertella

Un secreto
Philippe Grimbert
Tusquets
158 págs.

Philippe Grimbert nació en Francia tres años después de que la Segunda Guerra Mundial librara su última batalla. Vivió su infancia en una París silenciosa y devastada, que con pasos lentos pero indelebles se iría reconstruyendo como pueblo y como capital. En esa búsqueda, tanto histórica como personal, un Grimbert ya adolescente se muda a la ciudad universitaria de Nanterre para estudiar psicoanálisis. El primer reconocimiento entre sus contemporáneos le llega con la publicación de tres ensayos psicoanalíticos. Pero es en 2001, cuando sale su novela La petite robe de Paul, que Grimbert encuentra el cauce definitivo para conjugar en un mismo medio sus obsesiones y la historia de su país. Y ahora llega Un secreto, su segunda novela, que ya lleva a cuestas algunos importantes galardones como el Grand Prix des Lectrices de Elle y el Goncourt des Lyceens.

La crítica ha hablado de una prosa desnuda, de un estilo directo, de una crudeza en la expresión. Y es curioso, porque si bien la estructura de la novela –capítulos cortos erigidos a partir de párrafos breves y prácticamente autónomos– promueve la agilidad del relato, el estilo de Grimbert es de un pleno arrojo literario, cargado de metáforas, comparaciones y siempre a la búsqueda de lo que podríamos llamar la “palabra poética”.

Un secreto es una de aquellas novelas en cuya primera línea está contenida la totalidad del relato. “Aun siendo hijo único, durante largo tiempo he tenido un hermano.” Ya se astillan en aquel comienzo los temas centrales del libro: la familia, lo real y lo imaginario, las fantasías y las mil y una formas posibles de lo ficticio. Hay quienes dicen que en todo relato literario hay siempre un misterio por resolverse. Este sería el diseño más paradigmático de aquella propuesta, y el esquema aparece nítido en el título y en cada uno de sus capítulos. Hasta el punto, quizá, en que sus giros narrativos se vuelven a veces algo anticipables.

Se podría tender un paralelismo entre esta novela y El lector, de Bernhard Schlink. En ambos libros un personaje adolescente, algo indefenso, con todas las marcas visibles de la generación de posguerra, descubre un secreto. Pero el camino emocional y la relectura personal que implica ese descubrimiento son inversos: mientras que en El lector se pasa de un presente idílico y perfecto al develamiento de un trasfondo sangriento, en El secreto el descubrimiento marca el paso de una infancia atormentada a una madurez intelectual y sentimentalmente sólida. Tal vez el happy ending de El secreto sea demasiado colorido, porque los mejores momentos del relato son aquellos en que se deja ver, cruda y sin anestesias, una realidad familiar tan atroz como la guerra misma.

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