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Domingo, 23 de agosto de 2009

CRUCES

Mañana hablaremos

A pesar de lo difícil que resulta transmitir un conocimiento filosófico tan complejo y muchas veces críptico a través del diálogo, Jacques Derrida recurrió a lo largo de su vida a las entrevistas como vehículo de expresión de su pensamiento. Es más, junto a Hans-Georg Gadamer produjo uno de los diálogos más célebres de la filosofía por ser prácticamente imposible. En el volumen Y mañana, qué... se produce otro cruce
chispeante entre diferentes idiomas: la deconstrucción y el psicoanálisis, Derrida y Elisabeth Roudinesco.

 Por Mariano Dorr

Y mañana, qué...
Jacques Derrida y Elisabeth Roudinesco

Fondo de Cultura Económica
216 páginas

El lugar del diálogo en la obra de Jacques Derrida es –como muchas de las temáticas singularmente tratadas por el filósofo– abiertamente paradojal. Por un lado, son numerosas las entrevistas que concedió Derrida para su publicación, desde los años sesenta (conversaciones que intentaban discutir la avalancha de conceptos teóricos formulados en sus primeros y crípticos textos, De la gramatología, La escritura y la diferencia, La voz y el fenómeno, aparecidos casi simultáneamente en 1967), hasta su muerte, en octubre de 2004. Por otro lado, quizás el más célebre de los diálogos de Derrida sea aquel que mantuvo en abril de 1981, en el Instituto Goethe de París, con Hans-Georg Gadamer: allí el diálogo fue, como se ha escrito, imposible. O es que el diálogo mismo fue interpretado por Derrida como la constatación de la imposibilidad del encuentro, incluso (y sobre todo) tratándose del encuentro del profeta de la deconstrucción con el filósofo del diálogo hermenéutico y el consenso dialógico. Gadamer intentó reconducir a Derrida hacia un sentido común que fue alejándolos cada vez más, hasta hacer de ese disenso el más famoso desencuentro filosófico de las últimas décadas. Sin embargo, aunque el diálogo sea todo un problema para los teóricos de la deconstrucción, esto no impugna el hecho de que la mejor manera de introducirse en el desarrollo del pensamiento de Derrida sea a través de sus entrevistas.

En primer lugar, en la conversación (salvo con Gadamer) Derrida no es tan críptico, aun cuando por momentos pareciera lamentarlo. Es común que –en el curso de una entrevista– el autor de La diseminación se queje de no poder desarrollar el tema discutido debido a la falta de tiempo o a los inconvenientes propios de toda conversación. La obra escrita de Derrida parece, en este sentido, estar dominada por silencios, esperas y demoras. Intervalos del pensamiento quizás insoportables en el desarrollo de un diálogo. Pero, aunque Derrida se queje, responde a cada pregunta, y lentamente el complicado nudo que amenaza con volver ilegible su producción va cediendo y definiendo las posiciones del filósofo en cada una de las cuestiones atendidas. No casualmente algunas de sus entrevistas más importantes –con Julia Kristeva, entre otros– se reunieron precisamente bajo el título de Posiciones.

En este caso, se trata de una serie de entrevistas entre Derrida y la psicoanalista e historiadora del psicoanálisis en Francia, Elisabeth Roudinesco, autora de Lacan, esbozo de una vida, entre otros textos. En este sentido, Y mañana, qué... es un nuevo diálogo entre dos “idiomas”, la deconstrucción y el psicoanálisis. Si bien alguna vez quiso entenderse a la deconstrucción misma como un “psicoanálisis de la filosofía”, la relación entre ambas disciplinas teóricas es también (como en el caso de la hermenéutica de Gadamer) rica en desencuentros. En el último tramo de La tarjeta postal (un libro de 1980 que incluye maravillosas cartas de amor), Derrida presenta su propia lectura del “seminario de ‘La carta robada’” que abría los Escritos de Lacan. El psicoanalista francés leía el cuento de Poe (“La carta robada”) como una clave para observar la deriva del significante que, siempre y finalmente, puede ser reconducido. Según Lacan, “una carta llega siempre a su destino”. Derrida atacó esta interpretación del texto de Poe, indicando que una carta no siempre llega a su destino, dando lugar a lo que luego llamó destinoerrancia: la deriva del significante, entonces, no es reconducible sin violencia. Y aun así, forzando los conceptos, la carta siempre puede perderse. El resultado de este enfrentamiento teórico fue la distancia de Lacan que, poco menos, ignoró por completo a Derrida. El mundo del psicoanálisis –de todas maneras– no ha dejado de poner atención en el trabajo del filósofo casi como si se tratara de un heredero del heredero de Freud. En estas entrevistas (que se editan por segunda vez en castellano), Roudinesco vuelve una y otra vez a recordar la disputa por “La carta robada” de Poe. Allí se juega “una suerte de axioma categórico, el manifiesto de todas mis interpretaciones”, comenta Derrida. Esto es: cómo debe o puede ser leído un texto. Ningún texto es nunca homogéneo (ningún texto es transparente, idéntico a sí mismo, indivisible), sino que “es siempre necesario hacer una lectura dividida, diferenciada, hasta en apariencia contradictoria. Activa, interpretativa, performativa, firmada, esa lectura debe y no puede dejar de ser la invención de una reescritura”.

El libro se compone de nueve entrevistas, abarcando distintas temáticas: comienza con la problemática de la herencia intelectual, la cuestión de una “política de la diferencia” y las nuevas configuraciones en las estructuras del parentesco. ¿Es posible tener muchas madres, más de un padre?, ¿y cómo sabremos si nuestra madre es nuestra madre?: “jamás sabré, con lo que se llama un saber seguro, lo que ocurrió entre mi padre y mi madre presuntos alrededor de mi nacimiento”, dice Derrida. La cuestión de la libertad, la responsabilidad, la hospitalidad y la urgencia por la abolición universal de la pena de muerte conviven, en las conversaciones, con la cuestión de la violencia contra los animales, el antisemitismo venidero, el espíritu de la revolución y el elogio y crítica del psicoanálisis.

“¿De qué está hecho el mañana?”, preguntó Victor Hugo en Los cantos del crepúsculo; estas entrevistas persiguen a ese espectro inalcanzable, ilocalizable del por-venir, esa diferencia irreductible que llamamos mañana, para preguntarnos lo que de ningún modo –y más allá de la radicalidad de nuestro interrogante– hallará respuesta hoy. Se trata, entonces, una vez más, de dejar abierta la respuesta, como tanto le gustaba a Jackie Derrida (he aquí su verdadero nombre)... para más tarde.

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