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Domingo, 3 de agosto de 2003

RESEñA

El siglo de las luces

LA ARGENTINA Y
LA TORMENTA DEL MUNDO
Tulio Halperín Donghi

Siglo XXI
Buenos Aires, 2003
254 págs.

Por Jorge Pinedo

En la primera mitad del siglo XX, una Nación –la Argentina– ocupaba lo que hoy resulta una mera tierra baldía. Las sucesivas generaciones diezmadas, su saqueada infraestructura, la producción aniquilada y la devastación de sus recursos naturales requirió de un soporte doctrinario que la sustentara y reprodujera. Como la ideología dominante sigue siendo la ideología de la clase dominante, tales sistemas de representaciones es menester rastrearlos en ese campo fértil donde florece el pensamiento berreta no menos que el oscurantismo criminal. Fenómeno folklórico argentino que ensalza la ignorancia mediante un cóctel de catolicismo antimoderno, fascismo tardío, vino espumante, economía precapitalista y cordero a la parrilla asado por un sargento de infantería.
Un generoso, inquietante panorama de tamaños procesos vuelve a ofrecer el rigor propio de Tulio Halperín Donghi al diseccionar las superpuestas corrientes de ideas que pulularon entre 1930 y 1945. Período, vale recordarlo, que arranca con el primer golpe de Estado militar y culmina con un militar –acaso golpeador– al frente del Estado: Perón. A lo largo de La Argentina y la tormenta del mundo, en efecto, se patentiza esa perversión de la representatividad con la que el conjunto de las corrientes políticas, al solo efecto de sobrevivir, ejecutan un sistema “obligado a violar sistemáticamente los principios invocados como fuente de legitimidad”. Resulta de ello la sustitución de las realidades por los anhelos, instrumentada de muy diversas formas, destacándose políticamente la artimaña de “respetar los métodos democráticos en la letra y violarlos en los hechos”.
Es aleccionador y más que nunca vigente el rastreo de esa férrea construcción moral poblada de lugares comunes con la que una supuesta clase pensante justificaba sus procederes. En tanto Manuel Gálvez, Ramón Doll, Carlos Ibarguren o Julio Meinvielle, entre tantos otros, instaban a aniquilar los logros de cuatro siglos de modernidad, una tibia respuesta que escasamente salía de los parámetros establecidos, provenía de Julio y Rodolfo Irazusta, Raúl Scalabrini Ortiz, Roberto Giusti o Arturo Jauretche. Mientras los comunistas, faltos de cuadros y de ideas propias, debían acudir a un extrapartidario como Aníbal Ponce, el pensamiento oligárquico se consolidaba a tal punto que las voces de Leopoldo Lugones (!), Jorge Luis Borges, María Rosa Oliver, Victoria Ocampo y hasta de monseñor De Andrea por momentos resonaban a Lenin.
Amparado sin tapujos –ayer como hoy– por la cúpula y la feligresía de la Iglesia Católica, el Poder y su clase combatían tanto la enseñanza laica como el sufragio universal, en tanto vehículos de los “monstruos que vienen perturbando a la Cristiandad desde hace siglos” (al decir de Julio Meinvielle), como los judíos, el protestantismo, el demoliberalismo y el comunismo. De ahí a la busca de un “príncipe liberador” como Franco, Hitler, Mussolini o Videla hay un solo paso. Fue dado.
Halperín Donghi desenvuelve su potente bagaje documental a través de una prosa de frases extensas, por momentos de filigranada belleza, necesaria a fin de contrarrestar tanta desazón ante la dramática evidencia de una génesis ideológica nacional caracterizada por una paupérrima retórica.

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Francine Masiello, Tulio Halperín Donghi y José Carlos Chiaramonte
 
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