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Domingo, 30 de noviembre de 2003

EL CENTENARIO DE RAFAEL ALBERTI

La otra orilla

Con el título “Sobre los ángeles” (uno de sus libros definitorios, de 1929), fue inaugurada el 5 de noviembre una muestra dedicada a Rafael Alberti, nacido en Cádiz el 16 de diciembre de 1902. Como parte de los homenajes por su centenario, la muestra-homenaje recorrerá otros países de América latina. Mario Goloboff recuerda al gran poeta español en Buenos Aires.

Por Mario Goloboff

Tuve la suerte de conocer a Rafael Alberti en agosto de 1978. Ese año, él recibía la Guirnalda de Oro del Festival “Las noches poéticas de Struga” (en Macedonia, casi en la frontera con Albania), otorgada en su momento a Eugenio Montale, a Leopold Senghor, a Pablo Neruda. Cuando llegó, yo era el único argentino invitado a mano; celebro haberle valido para compartir recuerdos. El primero de quien se lanzó a hablarme largamente fue de Oliverio Girondo, con especial cariño. Luego, de Norah Lange, de Arlt (“a quien no llegué a conocer”), de Gerchunoff y, después de larga lista, de “una gran persona” (oh extrañas relaciones de los sitios y los nombres), la de nuestro Macedonio Fernández.
El exilio tiene esas suaves y melancólicas compensaciones. El suyo, tan vasto, lo trajo aquí por veinticuatro años. Sin reivindicar ingenuamente espacios geográficos para la escritura ni poner en duda la veta original gaditana, andaluza, de Rafael Alberti, permite suponer que en Argentina encontró no sólo el calor de la amistad, la solidaridad y la simpatía que desde la Guerra Civil Española cundieron en las capas populares, y aun, el enriquecido movimiento editorial, la polifacética actividad cultural y literaria, sino también algo más íntimo, eso que supo él tomar con la palabra y forjar con sus versos: mundos temáticos, núcleos de sentido, casas que construyera desde entonces y que seguramente no dejó nunca de ocupar.
Pueden encontrarse en ese momento “argentino” de su poesía (reflejado entre otros en Baladas y canciones del Paraná) numerosos tópicos en los que la presencia de una naturaleza nueva, otra historia y hasta hombres distintos, son evidentes: las estaciones, los climas, el río, el viento, las barrancas, las inundaciones, el horizonte inmenso, los caballos tan presentes, la soledad del hombre, su trabajo: “...miremos de la mano/ pampas, mares y gentes nunca vistos,/ el girar de las horas trastocadas” o “Nuevo, incógnito horario./ Trueque de meses, cambio de estaciones”.
A esta nueva situación del poeta pertenecen temas como el de “por encima del mar”, el del “campo-mar”, y el permanente de “la otra orilla”. El primero (“Te oigo mugir en medio de la noche/ por encima del mar, también bramando”), es, desde los poemas iniciales del largo destierro argentino, el más insistente. Ya en alguna copla de su personaje Juan Panadero (“¿Qué por encima del mar/ viene de allí que no sea/ tan sólo para llorar?”), ya modulado metonímicamente: “los pinos de la barranca/ son los del Mediterráneo./ Un viejo gaucho en el viento,/ Sagitario./ Abeja del Paraná,/ vuela y vámonos”.
El del “campo-mar”, la pampa como océano, la inmensidad de la llanura, está presente en Pleamar, en el primer poema de la serie “Aitana” (el nombre de su hija, nacida aquí en 1941), así como más adelante: “Si este campo verde fuera/ de pronto el mar, estaría/ todo él en movimiento”.
En cuanto al tema de “la otra orilla”, el mito del otro lado, del otro lugar, de la tierra otra, está contenido todo en él: “Sí, mar, lo sé, tú eres, para mí, la otra orilla”. Y en el nostálgico regreso imaginado: “llego a costas que me llaman./ Me aposento en litorales/ que me conocen de antiguo./ Me voy./ No me detengáis”.
Claro que éstos son índices expresos, manifestaciones definidas. Hay, sin embargo, cuestionamientos que tienen que ver con la situación del desterrado, pero que también la trascienden. Son los momentos en que el poeta hace coincidir una situación particular con los grandes interrogantes de su práctica artística: la preocupación por la posesión del lenguaje y por su pérdida, la reflexión sobre una poesía que desfallece porque ha perdido contacto con sus centros generadores.
La afasia suele convertirse muchas veces en una inquietud de todo escritor responsable con su oficio y con el público para el que escribe. Especialmente en voces como la de Alberti, sobrecargadas por una suerte de misión histórica. El “poeta en la calle”, esa función precozmente asumida y cumplida sin descanso, debe esquivar ciertos temores. Pero no logra evitarlos. Entonces los asume, tematizándolos en el particular estado por el que atraviesa: “A quién echarle la culpa /yo /de tener que repetirme...”. Motivo éste de la repetición estéril que se dirigirá burlonamente hacia sí mismo: “Cantas raro/ pajarraco./ Repites letras y letras,/ y nadie atiende a tu canto”. Es la fantasía de una muerte anterior y más grave que la muerte: la del silencio, la de la caída en el abismo de la no productividad, en el sitio infinito de la pérdida: “si ya como lenguaje te quedara / tu propia resonancia repetida...”.
Con este temor, y con la atribución del peligro al hecho de estar cortado de la propia tierra, es decir, “con las raíces rotas”, o de ser, como en un poema titulado justamente “Esta pobre raíz”, “...planta sin riego,/ pobre raíz que el agua no sustenta...”; con esta poetización de su particular situación de exiliado, Alberti trazaba un puente de retorno. No sólo, podríamos imaginar, hacia una tierra amada, sino hacia esa otra tierra que para el poeta todo lo contiene, su “invariable poesía”. Lo escribirá en el poema de Retornos de lo vivo lejano: “¡mi solo mar, al fin, que siempre vuelve!”.
Aparte de las inevitables adhesiones geográficas, naturales, personales, nominales, no sé qué de más interior y de más constructivo en la producción poética misma dejó a Alberti el casi cuarto de siglo vivido en Argentina. El exilio español nos enriqueció en incontables campos, entre los que el editorial y el literario ocuparon un privilegiado lugar. Qué pudo la Argentina dar a cambio, no lo sé. Quiero creer que algo inmaterial y no obstante transmisible tuvieron nuestra tierra y nuestros hombres como para alentar durablemente esa energía literaria, ese rayo que, como quería Miguel Hernández, otro indoblegable español, afortunadamente no cesa.

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