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Domingo, 26 de enero de 2003

EL EXTRANJERO › EL EXTRANJERO

Clase de lectura

THE COMMON READER
Virginia Woolf

Vintage
Londres, 2003
272 y 330 págs. (dos volúmenes)

POR MARTIN SCHIFINO

Estos volúmenes de ensayos literarios, que se reeditan por primera vez en casi dos décadas, aparecieron originariamente en 1925 y 1932. El lector común, puntualiza Woolf distinguiéndolo del crítico, “lee por su propio placer más que para transmitir un saber o corregir las opiniones de los demás. Sobre todo, lo guía el instinto de construirse, con lo que encuentre, una especie de totalidad: el retrato de un hombre, el esbozo de una época, una teoría del arte de la escritura”. Rara avis ya en épocas de Woolf, dicho lector se ha vuelto casi inexistente en la nuestra; como el dodo, que ni volaba ni corría, lo que le valió la extinción en las cocinas de Nueva Guinea, se encuentra calamitosamente adaptado a un medio ambiente hostil, en su caso saturado de chic académico, bombardeo informático, canonizaciones inanes.
De cualquier manera, creer que había algo de común en sus lecturas sería exacerbar su falsa modestia con una franca ingenuidad. Cuando se publicó el primero de estos volúmenes, Woolf se había desempeñado como crítica durante más de veinte años en diversas publicaciones (entre ellas el Times Literary Supplement, donde, bajo el ala del gran editor Bruce Richmond, escribió sus mejores reseñas). También su carrera novelística empezaba a cobrar foco. No es irrelevante que la novela Mrs. Dalloway, donde Woolf explora el fluir de la conciencia, creando una variedad enteramente individual de impresionismo literario, haya aparecido pocas semanas después de The Common Reader. Durante los siete años que unen el primer volumen con el segundo, escribiría además –aparte de su diario, cientos de cartas, textos biográficos y cuentos– lo que hoy se considera su obra principal: Al faro (1927), Orlando (1928), Un cuarto propio (1929) y Las olas (1931). Que los ensayos de The Common Reader representen pues los intereses de una novelista es esperable; pero al mismo tiempo, como escritora experimental, Woolf se interesaba hondamente por la elasticidad de la forma, que, “más que la biografía o la novela”, le permitía explorar su conocida osadía verbal. Como muchos temperamentos líricos, veía en el ensayo el género gemelo, no de la novela sino de la poesía.
Ya en 1920, en The Sacred Wood, una colección que definió la topografía literaria de entreguerras, T.S. Eliot abogaba por una crítica impresionista: “Las percepciones, en una mente apreciativa, no se acumulan en masa sino que forman una estructura; y la crítica es el enunciado en palabras de esta estructura; es el desarrollo de la sensibilidad”. Aunque no fue escrita pensando en Woolf, la definición parece perfecta. La prosa crítica de Woolf no sólo es admirablemente flexible, discursiva, conversacional, en una palabra, directa, sino que oculta una cuidadosa construcción levantada con el objeto de mantener en vilo al lector. Un ensayo, de acuerdo con las ideas que la escritora desarrolla en “The Modern Essay”, debe funcionar como un encantamiento, envolvernos, correr la cortina, separarnos del mundo. En cuanto al ensayista, “debe saber escribir”. Desde luego, esto quiere decir mucho más de lo que parece. “(El saber de ensayista) puede ser profundo, pero... debe fundirse de tal modo con la magia de la escritura que ningún hecho sobresalga, que ningún dogma desgarre la superficie de su textura.” Estos ensayos participan de una tradición viviente de lectura y comentario, diálogo y comidilla literaria, a la que Woolf, educada en la biblioteca victoriana de su padre, pertenecía en cuerpo y alma. Los ejemplos clásicos de Samuel Johnson o William Hazlitt son para ella, aunque difícilmente para nosotros, voces de una resonancia casi física. Sin duda esto nos habla de un modo de leer perdido y perimido. Woolf por momentos ponía en práctica lo que los filósofos de la mente llaman “psicología folk”. No sólo le interesaba la vida del escritor, sino además su personalidad, que creía asequible a través de los textos (“Debemos nuestro conocimiento de Jane Austen a algunos chismes, algunas cartas y a los libros mismos”). A esta altura de la historia literaria, relegamos observaciones así al baldío de lo especulativo, de la ficción involuntaria; pero quizá la falta sea nuestra. A veces la psicología folk ofrece el correcto nivel de análisis, como en esta reflexión sobre Charlotte Brontë: “El escritor obsesionado por (y limitado a) sí mismo, tiene un poder que se les niega a los más católicos y abiertos. Sus impresiones resultan más compactas y marcadas entre muros angostos”.
Las novelas de Woolf, entre las que figuran, incuestionablemente, algunas de las más originales del siglo veinte, por supuesto van a perdurar; pero muchas de sus exquisitas cualidades –la iluminación circunstancial, el ordenado acopio de impresiones, la infalible eufonía woolfiana– surten más efecto en el terreno del ensayo. Nunca menos que brillante, Woolf como novelista llega a encandilar. Confinada a un tema y a diez páginas, irradia en cambio una luz uniforme. Parte del encanto reside en su saludable desconfianza de las ideas recibidas: “Admitir autoridades... en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan qué leer, qué valor darle a lo que leemos, es destruir el espíritu de libertad que respira en esos santuarios”.
Es fascinante también acompañarla por su biblioteca mientras comenta sus preferencias (Jane Austen, Emily Brontë, Joseph Conrad, Thomas Hardy, Marcel Proust). Pero el mayor atractivo, sin duda, se desprende de la belleza texturada de su prosa; de las cadencias clásicas, los párrafos plásticos, la fuerza perceptiva de las metáforas; de eso que ella llamaba la magia de la escritura y uno, a falta de un vocabulario más preciso, podría denominar estilo.

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