Ettore Majorana fue un joven prodigio de la ciencia de la década del ’30: su talento despertaba las mayores expectativas y se contaba entre los alumnos selectos de Enrico Fermi, quien lo consideraba un genio en la estirpe de Galileo y Newton. Sin embargo, un día de 1938 dejó dos notas de despedida, tomó el barco que unía Nápoles con Palermo y desapareció para siempre. ¿Qué tuvo que ver su decisión con el desarrollo de la bomba atómica? ¿Por qué conmovió por igual a los claustros universitarios y a los despachos del poder fascista? ¿Y cuál es la pista argentina? Este es el caso que reconstruyó Leonardo Sciascia en su formidable La desaparición de Majorana (Tusquets), que acaba de llegar a las librerías argentinas.