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Sábado, 6 de abril de 2002

La escuela de los oficios perdidos

En pleno Casco Histórico funciona una escuela taller de la ciudad que rescata habilidades en riesgo: molduras, albañilería “de antes”, restauración, con salida profesional.

 Por Sergio Kiernan

Por cada fachada de la ciudad con un elemento deteriorado, una ménsula ornada y rota, una moldura perdida, hay una propuesta de “limpieza”. Lo más fácil, dicen algunos, es arrasar con todo y dejar la fachada lisita y nueva. Esta idea de que la restauración es algo fuera del alcance de un vecino, algo de monumentos históricos y templos, le costó a Buenos Aires buena parte de su patrimonio y a muchos de sus habitantes buenos dineros que se podrían haber usado mejor. Un elemento que ayudó a esta situación es la falta de restauradores y de artesanos especializados, y que los profesionales que atienden casas de valor patrimonial simplemente no saben qué hacer ni adónde recurrir.
En el largo proceso de preservación del Casco Histórico de la ciudad surgió hace poco la idea de una escuela que formara estos artesanos. “Nos encontramos una y otra vez con dos problemas combinados”, explica Silvia Fajre, subsecretaria de Patrimonio Cultural de la Ciudad. “Por un lado, la gente que quería reparar fachadas con problemas y faltantes, con elementos rotos o perdidos. Pero no había ni réplicas ni mano de obra especializada. Por otro lado, el área del Casco Histórico de San Telmo-Montserrat tiene una alta población joven desempleada y fuera del sistema educativo.”
La Escuela Taller del Casco Histórico apareció entonces para ayudar en ambos problemas: formar esa mano de obra capacitada y entrenada para tareas hoy caras y difíciles de lograr como reproducir una moldura e instalarla, y crear salidas laborales, insertar en la escuela “y abrir los ojos al valor del patrimonio”.
La experiencia tiene mucho que ver con una serie de escuelas similares creadas por toda América latina por la Agencia de Cooperación Española. El problema de la muerte de oficios tradicionales de la construcción no es ni remotamente sólo argentino, y en otras naciones las áreas patrimoniales sirvieron de taller para la formación de trabajadores especializados. Deliberadamente, la escuela porteña tiene un programa modular, de alta flexibilidad, con formaciones intermedias y una fuerte impronta práctica.
En su segundo año de funcionamiento, se enseñan moldería, pintura, albañilería y yesería, se comienza con pátinas y ya se planean, con problemas como la falta de profesores que conozcan todavía el oficio, materias como vitralería o zinguería, herrería y carpintería artísticas. La idea es que en su madurez la escuela capacite en todos los oficios que intervienen en una restauración. Los alumnos trabajan como ayudantes de restauradores profesionales. “Hay que aprender trabajando –explica la arquitecta Fajre–, son horas de vuelo. Se hacen trabajos importantes, como el del Casal de Catalunya, con una fuerte supervisión para garantizar la calidad.”
La escuela es pequeña, un gran ambiente en lo que fue un apartamento del edificio de Moreno y Balcarce, restaurado hace pocos años y uno de los pocos centros de vivienda del centro viejo. El salón es una mezcla agradable de aula y taller, con figuras de todo tipo apiladas y colgadas, moldes y apliques de todo tipo a medio terminar, como una gran cartela que yace sobre una de las mesas. Las estanterías muestran decenas de ensayos prácticos, copias y copias, por ejemplo, de un atlante satírico y sonriente copiado de una guarda en la Asociación Patriótica Española de la calle Bernardo de Irigoyen. Los alumnos de la escuela ayudaron en la restauración del poco conocido edificio y trajeron varios moldes para las prácticas.
En yeso, se vacían con particular paciencia y se trabajan a espátula para mejorar la definición de sus rasgos, sacando rebabas bajo la mirada de Ignacio Balconte, monitor de la escuela. Otras piezas, demasiado arruinadas para servir de originales, son copiadas, primero en diseño y después en terracota para lograr un molde. Es un trabajo artesanal y de paciencia, que se combina con clases sobre estilos arquitectónicos y técnicas constructivas de los edificios patrimoniales. La escuela participa en restauraciones aportando mano de obra. El vecino o institución que encare una restauración pide a la ciudad un convenio a medida, donde se marca exactamente qué aporta cada parte y qué recibe la escuela, lo que puede ir de andamios o herramientas a materiales y otros elementos para canjear. En su primer año, la escuela quiso limitar el ingreso a jóvenes de 25 años, desempleados o subempleados, y que vivieran en el Casco Histórico. No fue realista ni posible: “Nos dimos cuenta que 25 años no es una barrera para el desempleo, y que la geografía no es criterio,” explicó la arquitecta Fajre. Hoy, en la escuela hay desde albañiles en tren de perfeccionarse hasta estudiantes de cine con amores históricos, desde adolescentes hasta una señora de 58 años.
“Me gusta restaurar, recrear la historia,” explica la señora, que confiesa una vida de oficios diversos y una larga costumbre de caminar mirando edificios y cúpulas. “Cuando supe de la escuela, me interesé por la valorización del patrimonio, no sólo el de las instituciones sino el que construyó la gente, por hacer algo para que no se pierda.” Como varios de sus colegas de clase, la señora no necesariamente espera encontrar un empleo esperándola junto al título, pero “sí se que voy a tener un oficio ganado con práctica, con las manos en la masa y participando en conservar lo que es de uno, nada menos”.
La masa en la que los alumnos meten la mano tiene íntima relación con los planes de rehabilitación urbana de la Ciudad. Por ejemplo, está en marcha un programa de recuperación de los frentes del entorno de la plaza Dorrego, en el corazón de San Telmo, que también será un taller de trabajo de la escuela y tiene como perla el arreglo de la casona de los Pallarols, justo arriba del bar que de Defensa esquina Humberto Primo. Buena parte del trabajo a realizar fue planificado como práctica profesional de los estudiantes, como un ejercicio de los oficios que ejercerán en la restauración de edificios históricos.

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Uno de los atlantes de la sociedad patriotica española, multiplicados por los moldes de practica de la escuela. Se ensaya el proceso completo, hasta la pintura o la patina.
 
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