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Jueves, 13 de junio de 2002

Un mito por el suelo

Juro que el sábado tuve una noche levemente triste. No porque la imagen de Beckham y su boca llena de gol hiciera su aparición en la televisión del Mundial (casi toda la televisión, por cierto). Tampoco por una cuestión sentimental, ni siquiera porque no haya un mango y la miseria avance sobre nosotros. Aquellos que nos pusimos frente a la tele el sábado por la noche, ya madrugada del domingo, para ver el combate entre Mike Tyson y Lennox Lewis por el título mundial de los pesados, lo sentimos. Lo sentimos porque lo vimos caer a Mike, The Ironman, el hombre de hierro. Para toda una generación, en la que me incluyo, Tyson era la representación del hombre más fuerte, despiadado y temible del mundo. Desde mediados de los ochenta cuando apareció a fuerza de knock outs, en eso se convirtió: era el campeón, el más fuerte de todos, el que podía con todos.
Me gusta el boxeo porque a mi viejo también le gustaba y porque crecí viendo las últimas peleas de Monzón y Galíndez, viví los duelos Hearns-Hagler-Leonard-Durán, alternativamente. Atiendo a los que opinan y militan contra su práctica por considerarlo de todo menos “deporte”. Pero me gusta el boxeo, y me gusta Tyson. Será porque representaba el poder de la fuerza, porque tiene tatuados al Che y Mao, porque estuvo en la cárcel, porque presentó a los Red Hot Chili Peppers en una entrega de premios MTV, porque es negro y está orgulloso de serlo. Siempre que hubo una pelea suya, apareció de una u otra manera en el No. Creo que Tyson explotaba en cada uno de nosotros el morbo que precede a cualquier knock out, la excitación que provocan dos tipos pegándose piñas, la energía liberada en cada golpe. Tyson, creíamos yo y otros tantos miles que vimos la pelea del sábado, era EL campeón, el hombre más fuerte del mundo, aunque ya no lo fuera. Creíamos que lo era como creíamos que Maradona podía, con la merca y los kilos de más, jugar hasta que nuestra imaginación lo concibiera. El sábado por la noche, madrugada de domingo, vimos a Tyson, The Ironman, como nunca lo habíamos visto. Ni siquiera en aquella noche de Tokio (“No quiero ser Tyson, Tyson en Japón”, repite Calamaro desde “Lou Bizarro”), ni tampoco cuando se cruzó con Holyfield, hace ya un par de años. Mike estuvo indefenso, confundido y derrotado, le pegaron hasta que no pudo más, lo cortaron, lo humillaron. Cayó. Perdió. Con su caída, sentí que una etapa terminaba en la vida de cada uno de nosotros. Me sentí triste, por él y por nosotros. Ya no se podrá creer que existe un hombre que es el más fuerte del mundo, aún desde la creencia infantil. Con la caída de Tyson, terminó una época. En serio.

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