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Jueves, 5 de octubre de 2006

DE DONDE SALEN LOS VENDEDORES DE PARAGUAS

Todo cubierto

Es así: caen dos gotas y la ciudad se inunda de vendedores de paraguas. ¡Con qué velocidad se reparten los buscas para ofrecer ese techito ambulante que combate la hidrofobia! Un cronista del NO se calzó las botas (de goma) para develar uno de los grandes misterios de la ciudad.

 Por Facundo Di Genova

Sigue lloviendo y Carlitos, que hasta hace un rato parecía un perro mojado y triste, ahora pone cara de contento. Todavía no son las dos de la tarde y acaba de vender en Retiro el último de los veintitrés paraguas que compró hoy a las seis de la mañana en el Once. Para este joven padre, como para todo el ejército de afiliados al gremio de la venta ambulante, se trata de algo matemático: basta que caigan dos gotas, sobre todo si es por la mañana, para que el porteño promedio, ese animal urbano que sufre horriblemente de hidrofobia, se abalance sobre el stock paragüero como señora ardiente en cumpleaños de Sandro.

Unos galpones multiservicios sobre la Avenida de Mayo, unas casas desvencijadas en Constitución, unos cuantos negocios en el corazón del Once. Modelos y colores de paraguas hay muchos y todos se dan cita (como los teletubbies, las fundas para celulares, la bombacha calada, el culotte o la media bucanera, el reloj calculadora y la lapicera encendedor) en el Once, lugar donde prolifera, aunque no domina, el local polirrubo al por mayor, que concentra todos esos artículos en un mismo lugar y coexistiendo pacíficamente. Chucherías que busca y compra, y después vende, el busca.

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Ahora son las 19.30 en la estación de subte Congreso; es de noche y no porque sea invierno sino porque hay nubes negras y llueve que da miedo. Atención. Esta podría ser una de las zonas más inseguras del país: ocho de cada diez pasajeros sale por las boca noroeste, abren sus paraguas y guarda que te pinchan un ojo. Son, se parecen mucho, los paraguas que vendió hoy a la mañana Esteban en la otra punta de la línea D o en algunas de las estaciones intermedias de Santa Fe o Cabildo, adonde anduvo por estos días, siempre según el humor policial. “A la tarde me quedé en Diagonal Norte y Suipacha, los vendí a todos y no se si sirvieron de mucho porque el agua subió hasta la mitad de la vereda y encima había un viento bárbaro”, dice Esteban, que este lunes amaneció a las cinco, tomó el tren hasta Plaza Miserere y caminó tres cuadras para comprar veinte paraguas y anexarlos a su mesa vertical de relojes, fundas para celulares y rascadores de espalda de madera de dudosa procedencia.

En Once ya sabe que la sorpresa es lo que importa. Y que el martes, por más que toda la mañana estuvo oscuro y gotee un poco, no es lo mismo que aquel lunes repentinamente lluvioso, sorprendiendo al oficinista distraído que no puede bajo ningún punto de vista pasar el resto del día mojado. “Ayer vendí más de cien, ahora me quedan estos nomás”, dice el peruano que trabaja en el polirrubro de venta por mayor de la coreana Li, quien facturó más de la cuenta porque muchos comerciantes de la colectividad judía no abrieron sus puertas en el Día del Perdón. “Los coreanos los chocolatearon”, como quien dice durmieron, dice Carlitos, que ayer vendió todos los paraguas que tenía en Retiro, pero a cambio pagó (además del precio por mayor) con un poco de su salud: de ayer a hoy no pasaron más de doce horas y ya dice tener bronquitis. Ahora tose como un perro, pero sigue vendiendo.

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No es lo mismo ese Pierre Cardin largo de punta metálica que también sirve como bastón, y que uno pudo haber tomado prestado alguna vez sin acordarse de devolverlo (en esto los paraguas son como los libros), que otro comprado en la calle mientras el temporal arrecia, de los colores más infamantes y por sólo diez pesitos. Nada que ver. Lo dice el encargado de una fábrica nacional de paraguas, o al menos de paraguas de “puño nacional y tela importada”. “Las varillas del verdadero paraguas para hombre no tienen menos de 60 centímetros de largo y en la calle te están vendiendo un paraguas con varillas de 50 centímetros, o sea de mujer, pero con puño de hombre, y todos chinos”, se ofusca el encargado, y en una de esas quizá tenga razón.

Y si no, ahí está el ejemplo de María Julia, que lleva comprados cinco paraguas en esta temporada (ojo que a dos los dejó viajando solos en el colectivo). “Si te agarra un viento fuerte y lo pusiste mal, chau, no sirve más”, dice María Julia, y elige uno cortito que Carlitos le vende como “automático”, lo prueba, paga diez pesos, se va. Con la plata que lleva gastada en paraguas descartables se habría comprado uno de alta calidad pero, ¿quién le asegura que la próxima vez no lo dejará viajando solo?

“Si llevás al por mayor éste, sale $ 8,30; si es por bulto, $ 8,10; y si es en cantidad, $ 7,90”, dice Gabriela, la empleada de un polirrubro de la calle Larrea, en Once, y señala al clásico modelo negro con punta de metal, como el del Pingüino de Batman, pero chino y descartable. Hay más baratos, sin embargo. Como aquel verde escocés o fucsia —horrible— a 4,90 precio por mayor. Pero, según las fuentes consultadas por el NO, el más vendido por ahora es el mini que vale 5 pesos por mayor y alrededor de 10 en las estaciones de trenes y subtes durante situaciones de emergencia. De todas formas, los precios son relativos y en el Once, como en muchos otros lugares del planeta, existe el regateo, género comercial de existencia remota, que puede hacer variar algunos centavos por unidad, pero de influencia decisiva en la transacción final.

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“Tuve suerte”, dice este treintañero que prefiere no dar su nombre y lleva tres años de busca, y no se refiere a que no paró de llover en todo ese lunes, o a que acertó en la elección paragüística y vendió mucho, sino a que la Policía Federal no lo haya corrido —todavía— del lugar donde para habitualmente, en un conocido enclave de tránsito popular. “Es según cómo se levanten y el humor que tengan. Capaz que vienen y está todo mal y me tengo que ir, o de repente me piden un paraguas de onda. Y qué, ¿no se lo voy a dar?”

—Y si te corre la policía, ¿adónde te vas?

—No sé, por ahí —dice sin dar coordenadas.

A la peatonal Florida —quiere adivinar este cronista.

—Nooo, a Florida ni a palos, te sacan enseguida...

Los comerciantes se quejan, dice este busca, porque “también venden paraguas y pagan impuestos”, y además porque la atmósfera se empezó a enrarecer cuando un par que se hicieron pasar por vendedores ambulantes, pero en realidad eran de otro gremio, que podríamos definir como del hampa, les vendían a turistas y en el vuelto les embocaron un par de billetes truchos. “Billete trucho hay de todos los colores. El de cinco pesos vale dos, entonces le ganás tres pesos”, dice compartiendo su conocimiento en otras disciplinas, claro que sin deschavar a nadie, que esas cosas no se hacen. Pero el que es busca no es estafeta, ni viceversa.

“No te creas que tampoco les sacás mucha plata a los paraguas”, dice Carlitos en Retiro. “Ponele entre dos y cuatro pesos por paraguas, y si vendés veinte, sacá la cuenta”, se desentiende. Y tose como un perro mojado. Modelos y colores de paraguas hay tantos como buscas y gente que los compra; se sabe que están los que duran toda la vida y te salen un ojo, y los que no te duran ni dos granizos como los de julio pasado y en una de esas te dejan tuerto. Pero no hay nada que se pueda vender ni comprar —ni el piloto, ni la campera con capucha, ni la bolsa de supermercado— que nos pueda proteger de la vieja —y tan puteada por estos días— baldosa floja.

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