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Jueves, 24 de julio de 2008

AGUAS(RE)FUERTES

Palo

 Por Julia González

Calle Garmendia, justo enfrente del cementerio de Chacarita. El paredón amarillo impide la vista de los fiambres, pero estimula las fantasías de la muerte. La invitación dice: “Comeremos y beberemos mientras escuchamos el disco nuevo de Palo Pandolfo”. O algo así. A esa altura de Garmendia no hay nada más que una persiana cerrada y nada que dijera “es acá”. Pero una puerta se abre con un llamador de campanas. La chica de prensa recibe con un beso a cronista y fotógrafa. “¿Quieren tomar algo?”, pregunta. Traen café con leche y unas vituallas agridulces para acompañar. Cronista y fotógrafa están contentas con su merienda. Palo está sentado en una mesa contestando preguntas de un periodista. Es cordial y habla, le cuenta detalles del nuevo disco, del porqué de la elección de la diversidad de ritmos, todos distintos y pegaditos uno tras otro. Un reggae, una cumbia, un tango o chacarera, una canción dulce, son los genéricos que se reúnen en Ritual criollo. Pasadas las cinco de la tarde, el llamador suena a cada rato. Todos son hombres. Periodistas, músicos, managers. Cada cual pide su merienda, gaseosa o café y se disponen a escuchar el disco. Afuera hay sol y Confesore vaticinó 26 de máxima en el cable. No obstante, las persianas llegan al piso y adentro las luces están encendidas. También el aire acondicionado. Palo termina la entrevista y se presenta. Saluda a cada uno de los periodistas y lleva adelante la escucha del disco. Se ubica frente a los monitores, donde percibe de lleno el sonido. Empieza el track uno y mueve la patita. Todos escuchan atentos su registro desafinado, marca registrada de Don Cornelio y La Zona y Los Visitantes. En un vaso de whisky toma gaseosa, borrando toda imagen que cualquiera de estos periodistas tiene de los mejores ‘90, cuando se lo veía a Palo tras bambalinas darle un beso a una botella de scotch. Aquellos finales de Los Visitantes, con un Palo desbordando transpiración de su melena rulienta, abrazando de pie su guitarra acústica y él, enérgico, a los gritos Luz de mis ojos, tengo un antojo, leche de mi sexo. Y el público, que seguro es el mismo que hoy añora aquellos años de rock, cantando a capella, tapando su voz, aplaudiendo, bailando, parado, fumando, tomando. Y Palo despidiéndose, yéndose quién sabe a dónde, cuando todavía Buenos Aires era, para la cronista, ¿para Palo?, el lugar perfecto para deambular.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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