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Domingo, 7 de diciembre de 2014

RESIDENCIA EN LA TIERRA

FOTOGRAFÍA A fines de los años sesenta, el fotógrafo sueco Anders Petersen se hizo famoso con su serie de retratos de parroquianos del Café Lehmitz de Hamburgo: una de esas imágenes, de las más icónicas, fue la tapa del disco Rain Dogs, de Tom Waits. Desde entonces es un referente, especialmente gracias a su serie de viajes y de instituciones. Su trabajo nunca se había visto en América latina hasta que este año, gracias a la iniciativa de un grupo de fotógrafos chilenos, dio un taller en Valparaíso y fotografió la ciudad. Ese poderoso recorrido, que se puede ver en estas páginas, se exhibió el mes pasado en el Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso y el año que viene se editará como libro.

 Por Romina Resuche

En medio de un salón opaco, poblado de solitarios compartiendo tiempo y bebidas, una mujer surge de la oscuridad; se vuelve visible e irrumpe en un gesto que remite a la libertad: la imagen de un momento de gloria. Otras fotos mostrarán a la misma mujer pero subyugada, o incitando a su sensualidad o a su seguridad a expresarse. En el mismo salón opaco, de un café en Reeperbahn, Hamburgo, otros tantos seres encontrados evitarán fingir nada frente a la cámara del joven fotógrafo sueco en tierras alemanas, y dejarán ver todas las caras posibles de la condición humana. La miseria, la osadía, la alegría, la sorpresa, la entrega, la densidad, la altanería, la desesperación. Terminaba la década del ‘60 y ese mimetizado joven sueco era Anders Petersen, que en su primer impulso de independencia se fue a Hamburgo, donde durante tres años pasó días y noches en ese bar de la zona roja, lleno de vidas, cerca del puerto, conversando y haciendo fotos; mientras se escapaba de tanto en tanto a su natal Suecia, para formarse (también) en el estudio de Christer Strömholm.

Con esa serie –que ni fue la primera que expuso, ni la primera que llegó a editarse como libro, pero sí la base de toda su obra– comenzó su camino. Quienes están vinculados con la fotografía se cruzan tarde o temprano con esta pieza elemental que es Café Lehmitz. Y luego de conocerla, jamás será una redundancia citarla al hablar de la fuerza de esta disciplina. Habrá quien admiró la imagen de la tapa de Rain Dogs, del músico Tom Waits, sin saber que esa foto es uno de los retratos que Petersen tomó de dos asiduos concurrentes a ese café, la bella Lily y el entregado Rose. Y más de uno seguramente identificó a Waits con el rostro de Rose.

Petersen cerró ese improvisado proyecto con una muestra en el mismísimo bar. De invitados: los parroquianos, protagonistas de las 350 fotos colgadas o esparcidas en la barra. Quienes se encontraran en ellas podían llevarse la copia, ya bebida la noche. Que las personas se reconozcan en sus retratos fue fundamental para el autor ya desde ese viaje. Ese viaje que resultó fundamental para la fotografía contemporánea.

Café Lehmitz se editó como libro en 1978 en Alemania, en 1979 en Francia y fue reeditado en 2004. Pero es desde 1973 que Petersen edita en formato libro la mayoría de sus series y proyectos. Gröna Lund, En dag på circus, From Back Home –junto a JH Engstrom– son sólo algunos de los títulos. En 2003 fue elegido fotógrafo del año en el festival francés Les rencontres d’Arlès y entre otros galardones, en 2012 recibió por parte de la fundación Aperture el premio al mejor foto-libro por los primeros tres volúmenes de su City Diary, en el marco de Paris Photo. Su primera exhibición fue pequeña, pero en la Bienal de París en 1969, y casi 30 años más tarde una gran retrospectiva de toda su obra recorrió varias capitales europeas.

En su ejercicio, este fotógrafo tiene el gusto del uso de las mismas películas y de algunas cámaras, preferidas, en particular –una Contax T3 fue la más nombrada entre los que se cruzaron con él–. En el avance del tiempo, el contraste de sus imágenes fue aumentando. Algunos admiradores de su obra hablan incluso de extrañar sus grises. Lo que tanto sus palabras como sus fotos demuestran es cómo vibran en él las influencias, los referentes; y desde él, también hacia otros artistas.

Petersen tiene ahora 70 años y sigue haciendo fotografías. Su actual residencia se reparte entre Estocolmo –donde tiene su laboratorio– y Moscú –tierra de su mujer–, pero viajar es una constante que sigue propiciando todo lo que puede. Esa sucesión de viajes a lo largo de su vida tomó una forma más explícita en su fotografía, ordenándola en sus diarios de ciudad: Venecia, Okinawa, Séte, Roma, entre muchos. Y de otros viajes –a un hospital mental, a una prisión, a su pueblo de infancia o recorriendo el cotidiano– Petersen también tiene fotos. Fotos surgidas de andar, acercarse y conversar.

La más reciente exhibición de Petersen está asociada a otro viaje. Cinco décadas después de aquel tiempo en Alemania, un grupo de fotógrafos chilenos lo invitó a visitar Valparaíso. En veinte días, durante agosto de este año, dio un workshop intensivo de dos días para fotógrafos locales y de países vecinos, y fotografió todo cuanto y como quiso. De ese registro surgirá una publicación –a editarse en 2015, a través de FIFV Ediciones– y ya se adelantó parte del material en lo que fue la exhibición principal de la más reciente edición del FIFV (Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso).

Para el que (ansió ver y) ve por primera vez una copia fotográfica de Anders Petersen, es tener enfrente ese reconocible universo: Anderslandia. Para el que conoce Valparaíso, esta muestra cuenta los rasgos justos de la vida en esa ciudad: bien visibles y sin filtro, traducidos al idioma del autor y así extraídos, pero para volver a contextualizarlos.

Una gran franja roja toma a lo largo las paredes laterales de la gran sala, sobre ella, el montaje de 30 fotografías enormes, dos de ellas horizontales, todas enmarcadas con varas negras. En su mayoría son retratos y escenas de aguafuertes. Un elefante ficticio, una niña gordita en su bicicleta, un tótem de globos de festejo, un perro durmiendo al sol en medio de la calle, el perfil de una mujer hermosa con manchas de años en la piel, una madre llevando a la hija dormida en sus brazos, un plato de comida aceitoso, muñecos bebé de plástico duro sobre algo similar a una cama, cientos de calamares amontonados, crudos, un hombre de frente, con la mirada firme, cruda también. Valparaíso por Petersen.

Con sus retratos surge la idea de un contacto aparentemente ínfimo, pero por íntimo, también certero, hondo. La precisión del detalle humano, atestiguando su localismo y desdibujándolo. Petersen extrae desde la incomodidad de lo común a los más cotidianos personajes de la locura del mundo, a cualquiera en su aura más filosa. Y siempre lo hace pidiendo permiso, mostrando, siendo en la similitud, sobre un terreno acostumbrado a escudarse ante lo diferente del otro.

Aunque su trabajo visual es vinculado con la marginalidad y con la soledad al disociar imagen por imagen, en sus composiciones editoriales gana la poesía y trasciende estas condiciones. Para Anders, a través de sus debilidades, las personas muestran sus fortalezas.

Toda entrevista que le hicieron habla de sus ejes: la cercana distancia, el disparo con el estómago, el autorretrato permanente. Su fotografía, en un entendido y libre monocromo, deja evidencia de lo esencial como lo encontrado. En una continuidad inseparable de su caminar fotográfico citadino, Petersen entró en Chile.

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