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Domingo, 16 de diciembre de 2012

Secta sentido

Una secta que se suicida en masa, un cura cínico, dos hermanas atadas a una madre con delirios místicos, un pueblo bonaerense, una investigación en marcha, cartas que van y vienen, cartas que no se mandan, crímenes de paciencia y morbo, sangre, ratas, espectros, posesiones y el terror asordinado hasta la desesperación: con ese repertorio desbordante pero delicadamente desplegado y dosificado, el jueves pasado, Me verás volver ganó la segunda edición del Premio de Nueva Novela de Página/12, después de ser elegida entre las casi mil enviadas. Su autor resultó ser un joven inédito de 24 años de Pehuajó. Antes de volver a su pueblo y a la espera de la inminente edición del libro, Celso Lunghi habla con Radar de la feliz reivindicación que recibe el terror, del secreto familiar que este libro rompe, de su relación con la carrera de Letras y de la tradición que construyó en su biblioteca, de Stephen King y Manuel Puig a Silvina Ocampo y Beatriz Guido.

 Por Liliana Viola

“¿Te has detenido a pensar en que, por lo menos una vez al día, pronunciamos la palabra miedo?” Esta pregunta, con su simulacro de curiosidad estadística y su entrada libre a la desesperación, aparece en la portada de Me verás volver, el manuscrito que ganó el Premio Nueva Novela 2012. Lo que sigue es, en apariencia, un caso policial de provincia (“se produjo en Tábano, un caserío al oeste de Buenos Aires, el único suicidio en masa del que se tenga registro en la historia criminal argentina”), a continuación, el intercambio de cartas entre señoras con problemas de vida o muerte, “un caso” de esos que en los pueblos se derivan a los curas o a los curanderos, dos hermanitas indefensas, el hospital, el campo, una laguna, no mucho más. ¿Cuándo aparece la primera víctima? Es discutible, pero lo cierto es que desde entonces, ya es demasiado tarde: una novela que sonaba –sobre todo por la escena– a Manuel Puig, que hacía de caja de resonancia para las locas de Silvina Ocampo (pero también hay mucho de Beatriz Guido, me acota el autor), tenía agazapada una intriga sobrenatural comandada por unos intrigantes. El que quiere asustar resulta escandalizado, si no muerto; las culpas en pena van y vienen pero nunca se retiran. Me verás volver es una novela de terror, “terror con sordina”, como dijo María Moreno a leer el fallo del jurado, inscripta en la tradición de ese género que no explota con vísceras y mutilaciones en el colmo del gore, pero que tampoco se conforma con el terreno de lo extraño: asesina, oye pasos, y sobre todo, goza con la ambigüedad, con los malos pensamientos que van a tener que correr por cuenta del lector.

Cuando la semana pasada se abrió el sobre donde se revelaría la identidad del ganador, corrió entre quienes habíamos leído la novela el escalofrío que producen las coincidencias. Si hace cinco años ganaba una autora desconocida de más de 80 años, ahora un joven desconocido de menos de 25, oriundo de Pehuajó. La broma sobre Manuelita, abstenerse, se la hacen todos. En la primera conversación telefónica, Celso Lunghi fue monosilábico, rozando lo misterioso. “Sí, sí. Ya leí en el diario que soy finalista. Allí estaré.” ¿Necesitás que paguemos un pasaje, que te mandemos a buscar? “No, gracias. Yo voy a estar ahí, diez minutos antes, voy a ser puntual.”

–Perdoname que te haya tratado así, habrás pensado que soy un maleducado o un loco. Es que estaba como hablando en clave. Pasa que cuando me llamaste en mi casa estaban todos.

¿Quiénes son todos en tu casa?

–Mi vieja, que es enfermera, que está por jubilarse siempre y espero que ahora lo haga; mi viejo, jubilado de la policía; y mis dos sobrinitas, hijas de mi hermana mayor, que no viven en casa, pero están todo el día. Ahora sí, ya se lo conté, les dije que miraran el diario... están muy contentos, pero no entendían nada.

¿No querías que supieran que eras finalista?

–Lo que pasa es que mientras la escribía, no dije nada. Porque decir de pronto, “estoy haciendo una novela”, no sé... ¿A quién se le iba a ocurrir?

Bueno, alguien que estudió Letras, que trabaja como corrector en el diario de su ciudad, que cuando no está leyendo está escribiendo en la computadora...

–Lo del trabajo de corrector, entré hace poco y trabajo los sábados y domingos. Letras, dejé. Cuando terminé el secundario me vine a estudiar a Buenos Aires, hice los dos primeros años muy convencido y en el tercero se me hizo un click. Me volví a Pehuajó y me senté a escribir. Escribí una novela muy mala que tiré.

¿Qué es lo que te expulsó de Letras?

–Lo de que fuera tan autorreferencial. Leer los mismos escritores, que además muchos de ellos no me gustan, siempre Aira, siempre Saer, ver demasiada teoría, demasiada crítica. No es que entré a Letras para hacerme escritor, fui a aprender literatura, ampliar las lecturas, y me pareció que siempre estábamos hablando de lo mismo.

Con más razón, con una larga tradición de autores que ganan la carrera antes de terminarla, bien podrías haber estado escribiendo una novela...

–Bueno, además, cuando la presenté no me había quedado conforme. La había corregido pero, salvo una amiga que me señaló cosas generales, no tengo con quién conversar sobre cuestiones puntuales de este género. De hecho, me presenté al concurso porque no me animaba a ir a un taller, quería una devolución, cuando vi en el jurado de preselección a Mariana Enriquez, que me encanta el terror que escribe, me animó.

¿Un poco de vergüenza porque piensen que te hacés el escritor?

–Un poco de eso, sí puede ser.

¿O hay otra palabra mejor?

–Bueno, sí, más que vergüenza es miedo. Largarme a decir algo, que no sabía si podía terminar... El miedo principal era no llegar a nada.

El género mismo, más allá del chiste con que “da miedo”, ya te condena a cierta soledad.

–Sí. Digamos que le tengo miedo al miedo. Intimida la posible reacción porque es un género que no tiene prestigio, no circula por academias, su contraste inmediato se da con el policial y a su vez no es lo mismo. El que lee policial lo encuentra fácil en librerías. Nosotros ni siquiera tenemos un estante. Claro que están los clásicos, y después la generación de Stephen King, también Clive Barker, al que me cuesta entrarle, y dos o tres más. Pero si querés algo más moderno, el hijo Stephen King, Joe Hill, y poco, muy poco.

¿No se te ocurrió exhumar cuerpos, o partes de cuerpos, dentro de la literatura argentina?

–Bueno, si buscás encontrás algo en Lugones, algo en Quiroga, también en Las ratas de Bianco o en El mal menor de Charlie Feiling, pero muy aislado. Me encanta Elsa Bornemann, ella tiene cuentos para chicos donde pasan cosas tremendas. La leía ya de grande, y me impresionó que no subestimara a sus lectores y se propusiera asustarlos en serio.

¿Sos miedoso?

–Sí, pero de cosas pavas. Leo literatura de terror y no me dan miedo los fantasmas ni nada sobrenatural. Siempre les tengo miedo a cosas muy cotidianas, una tormenta me asusta, digamos que cosas de la casa.

Uno de tus personajes le tiene miedo al gas.

–¡Margarita! Sí, y eso es totalmente autobiográfico. Además, a propósito a la pobre la puse postrada en la cama, y ésa es su mayor angustia, Margarita no puede controlar las hornallas. Yo, en mi casa, las reviso siempre. Y es uno de mis mayores tormentos cuando duermo en casa ajena.

PISTAS NADA FALSAS

Los autores de terror suelen tener un sentido del humor agazapado, se ríen antes porque saben dónde dejaron la sábana del fantasma, dónde la mueca muestra la falacia moral. Se ríen también por cierta impunidad que les da el pertenecer a un género desestimado, con mayor libertad que nadie citan canciones o productos mediáticos en sus títulos (Lunghi también se permite una asociación directa con la última gira de Cerati con Soda Stereo). Incluyen amigos, colegas y pistas en todas partes. Stephen King, por ejemplo, dedica nada menos que El resplandor a su hijito: “Es para Joe Hill King, quien brilla”, una historia donde el padre escritor enloquece y tortura a su criatura, quien a su vez es uno de los niños poseídos más inquietantes del género: Hill brilló, es cierto y hoy es uno de los referentes no sólo de Celso Lunghi.

¿Hiciste tus pequeñas maldades en esta novela? ¿Hay más referencias autobiográficas?

–Autobiográficas no, pero la imagen de las hermanitas Violeta y Nefer se me ocurrió porque enfrente de casa vivía una mujer con dos hijas y como las paredes eran de papel se escuchaban los gritos que les pegaba, que eran cualquier cosa. Les decía, por ejemplo, “inútiles”, “no sirven para nada”, y eran nenas de 4 y 6 años. Después la veíamos en el ascensor y ahí las trataba bárbaro, siempre les acariciaba el pelo.

De algún modo las vengaste.

–Sí, y dos veces. Primero escribí un cuento donde la nena más grande mataba a la madre, y con los años la más chiquita mataba a la hermana porque le reclamaba que la había hecho crecer sin madre. Después las vecinas éstas se fueron, no sé qué fue de la vida de ellas.

Cada parte de tu novela abre con un epígrafe, como un madrinazgo y también como indicio de lo que debemos esperar. Están Silvina Ocampo, Stephen King y Beatriz Guido.

–La primera versión de esta novela es claramente Silvina Ocampo, después, menos. A Manuel Puig lo tuve presente por la estructura, no tanto por las voces, de hecho no me preocupé por diferenciar una voz de otras, me parece bien que hablen todos bastante parecido. También está Beatriz Guido, que me gusta mucho, creo que es como Silvina pero con una vuelta de tuerca más perversita, lo que pasa es que es una escritora despareja, pero los cuentos, por ejemplo, son muy buenos todos. No hice guiños con los nombres de los personajes, pero la nena menor se llama Nefer por Enero, de Sara Gallardo, y Margarita es por Margaret White, la mamá de Carrie, que también sufre un delirio místico.

La escena de la menstruación parece tomada de Carrie.

–No, no parece: es Carrie. Pero más que el libro, la película, porque en el libro está más cortado el encuentro con la sangre. Viste que las compañeras gritan, le tiran tampones. En cambio en la versión de De Palma la nena se está enjabonado, se frota las piernas y ve sangre, después también en las manos, yo hice eso. La laguna la saqué de una película donde aparecía un hombre con pelo largo de espaldas y con un arma, y después acá está también Cementerio de animales: viste que el protagonista, el médico, sueña o cree que sueña que regresa el chico que esa tarde se le murió en su primer día de trabajo en el hospital, cuando se despierta ve que tiene los pies embarrados. Las pisadas de barro que ve la nena las tomé de allí.

¿No le estarás dando demasiado crédito a la vida misma en la autoría de lo que escribís?

–Lo que pasa es que yo no tengo mucha imaginación. Voy mirando, siempre me van apareciendo situaciones y las voy integrando. Por ejemplo, la sectas y la masacre no estaban al principio. Me llama mucho la atención lo de las sectas, cómo un personaje de pronto puede darse vuelta, cómo una de las mujeres de pronto dice “He contrariado a Dios” y entonces cambia toda su vida y la de los demás. Un día vi el documental sobre una secta que se llamaba “Creciendo en gracia” y que decía cosas como por ejemplo “Jesucristo viene mañana”, ahí se me ocurrió la idea y le puse a la mía “Descubriendo la Gracia”. La virgen que llora sangre la saqué de los noticieros, es una cosa que siempre la dan como verdad y nadie se pregunta nada. También en Pehuajó hubo una chica que decía que veía a la virgen y hacía reuniones en su casa. No fui, pero lo escuché comentar muchas veces, decían que apenas te acercabas a la casa se olía un perfume de rosas. Y que no había ningún rosal. Tábano es el campo de un amigo al que vamos de vez en cuando, me tomé licencias como poner una laguna, pero es ése.

¿Sos obsesivo en la investigación de detalles técnicos? Por ejemplo eso de que el yeso es dulce, que dan ganas de comerlo, ¿lo averiguaste?

–Eso me lo contaba una amiga del campo, que mataban así a los ratones, dándoles yeso y agua. Que yo sepa, nadie lo ha probado. Yo tampoco. Por lo tanto, nadie puede decir lo contrario...

Diría que no sos tan obsesivo.

–La novela se iba a llamar Trigal, después me di cuenta de que yo no sabía nada de agricultura y entonces ni siquiera explico de qué trabaja el padre de las nenas.

Los varones no tienen gran importancia en esta historia, son casi piezas útiles para la trama, siempre tan callados.

–Siempre es más interesante la mujer. Si tengo que poner dos hombres a hablar, no sé qué pueden decirse el uno al otro, salvo que al menos uno de ellos tenga un rasgo muy importante, como el cura, que es un chanta, un zarpado.

¿Mujeres de tu vida que hayan pasado a la novela?

–Diría mi mamá y mi hermana... Pero más mi mamá y mi tía, ellas fueron para mí toda una producción de historias. Las dos son enfermeras, llegaban juntas del hospital cuando yo era chico y casi sin darse cuenta se ponían a hablar sobre lo que había pasado: cosas de los pacientes, que se habían involucrado mucho con tal persona, me acuerdo que se quejaban por ejemplo de una pobre chica que estaba ahí tirada en la cama y el marido afuera con su amante, sacándola a pasear.

Y a un papá policía, ¿no pudiste robarle nada?

–Mi viejo es más callado, reservado, jodón pero tranquilo. Además, hacía un trabajo más de oficina, se encargaba de las citaciones, por ahí alguna guardia, pero nunca el trabajo duro de calle. Bueno, le agarraba las citaciones y los documentos que traía a casa para ver si podía encontrar un registro, una voz. Te aseguro que no hay nada, no podés robar nada de ahí.

Uno de los personajes más insólitos es el del cura, a quien conocemos por un texto atípico para un cura, el diario íntimo, donde anota por ejemplo: “Resulta que a las dos y media me llamaron del hospital para que fuera a dar la extremaunción a Jaime Tolosa. Me levanté a las puteadas. El único momento en que puedo descansar. A las cinco religiosamente empieza el desfile de viejas”. No me dirás que fuiste a un colegio de curas y te estás vengando de alguien...

—Me eduqué en un colegio católico primaria y secundaria y seguí yendo no por convicción sino por mis compañeros, pero no sé si hay un gran cuestionamiento a la religión en la novela. Creo que dejé de creer en Dios por hacer la contra y no hubo un cura que me llamara la atención, estaba el piola y también el cura renegado. A mí me interesa mucho la imagen del cura o de la monja, siempre que aparecen en alguna ficción me fijo especialmente, porque en general siempre son muy malos o muy buenos, por ahí aparece el cura que se enamora, pero no salen de ahí. Mi cura es raro. Es un cura chanta.

¿Y en tu trabajo como corrector? Hay algo de detective, de cana y de obsesión quirúrgica en ese trabajo. Debés encontrar bastantes cosas.

–Muchas veces no hay demasiadas noticias, hay que tirarles mano a historias secundarias. Pero bueno, sí, a veces me encuentro con algunas que me llaman la atención, por ejemplo corrigiendo el horóscopo, leía: “Pensará con razón que un amigo lo está traicionando”. Se me ocurrió hacer una novela donde si los personajes hubieran leído el horóscopo habrían entendido muchas cosas o cambiado el rumbo. Era muy mala y la tiré. Pero el horóscopo es buena idea como motor literario. Me queda para hacerlo.

Entre las muchas cosas que aparecen como fundamentales, pero a su vez quedan en suspenso, está la culpa que siente la señora Porfiria por algo que le ha hecho a su tía anciana. Yo creo que la asesinó...

–¡Ah! Eso pasó en serio en mi familia. Fue a una tía abuela mía. Una prima se ofreció para cuidarla, estaba siempre con ella y resulta que la tenía atada en el altillo y le cobraba la pensión. En la primera versión lo contaba tal cual, después me pareció mejor no decirlo, que los lectores piensen lo que quieran.

EL TERROR DE LAS BIBLIOTECAS

¿Te acordás lo primero que leíste y cuántos años tendrías?

–Cuando era chico, tendría 8, leía una colección norteamericana que se llamaba Fantasmas de Fear Street, de R. L. Stine. Las historias transcurrían siempre en la misma calle, eran todas de terror y tenían títulos como “Escóndete y grita”, “¿Quién ha dormido en mi tumba?”, “Vómito cósmico” y “Aléjate de la casa del árbol”.

¿Cómo llegaste a esos libros? ¿Había una biblioteca en tu casa?

–Llegué porque los vi, supongo que en un kiosco, y me llamaron la atención las tapas. La biblioteca de mi casa la armé yo. Yo desde chico pedía y me los compraban, ningún problema, mi viejo siempre decía: “Mejor gastar en esto y no en remedios”. Y era plata, porque fueron como sesenta títulos que todavía los tengo, no los he releído, pero los recuerdo a todos. Después miraba la televisión y ahí trataba de ver qué recomendaban. Imaginate que lo primero que leí a esa edad fue Los siete locos, y no entendí nada. También La metamorfosis, que entendí lo que pasaba, pero no el sustrato. Una de las primeras novelas de grandes que leí de chico, y que entendí y me gustó por cómo estaba estructurada, es Boquitas pintadas, tengo muchas ediciones, es una novela a la que siempre vuelvo, cuando parece que me la sé de memoria, encuentro algo. Las otras de Puig no me interesan tanto. La traición... es la que más me cuesta.

¿Coleccionás algo?

–No colecciono nada, de hecho, tiro todo.

¿Pasado un tiempo prudencial o enseguida?

–Hay gente que guarda cosas de la escuela, yo apenas me lo dan lo tiro. Lo único que voy a guardar es el número que me dieron en el diario cuando entregué la novela.

Pero tenés varias ediciones de Boquitas...

–Ah, sí, es que me gustan las tapas. Me parecen una parte importante. Por ejemplo tengo ediciones de El incendio y las vísperas, de Beatriz Guido, que no me gusta la novela, pero la tapa me encanta. De Silvina tengo varias ediciones, todas las que vienen con los dibujos de ella.

¿Tenés una biblioteca muy grande?

–Mirá, cuando volví de Buenos Aires tiré casi todos los libros que tenía. Ya no quería tener lo que no tenía ganas de leer o de releer. Supongo que fue una reacción, pero también es verdad que cada vez tengo menos paciencia con lo que leo, lo que no me interesa lo dejo.

¿Tiraste a Borges?

–Sí. Pero dejé El informe de Brodie.

Supongo que Saer también voló.

–Nadie nada nunca, Glosa y Cicatrices quedaron. Se fue Osvaldo Soriano, que me había gustado mucho cuando era chico; Clarice Lispector, que no me gustó jamás. Poesía siempre tuve muy poco, pero Alfonsina y Alejandra Pizarnik, obras completas, se quedaron, por supuesto. No leo mucho literatura de jóvenes, aunque sí me interesa Incardona. De Marechal solamente quedó Adán Buenosayres. También se fue Cortázar, que me gustó mucho, pero ahora me cuesta releer; se quedaron las obras completas de Roberto Arlt, en especial los cuentos. Y uno de los que acaban de llegar, por suerte, es Bernardo Kordon, de quien también tengo muchas ediciones repetidas, en especial sus cuentos “Hotel comercio” y “Un poderoso camión de guerra”. Me gusta Claudia Piñeiro y sobre todo me gusta su novela policial Tuya. Otro que me interesa y que no suele ser muy tomado en serio es Jaime Bayly.

Revolear miembros del canon y levantar otros que si bien no son denostados, se lucen por fuera, podría ser visto como un gesto snob como mínimo.

–De Bayly y de Piñeiro me encanta la pose. La decisión valiente de ella de elegir llevar toda una novela con la voz de una tonta. Y de él me gusta cómo sabe contar anécdotas que parecen insignificantes y frívolas, que terminan siendo complejas e interesantes.

¿No sentiste pena por alguno?

–Sí. Apenas dejé los cuentos de Poe los volví a buscar.

Cuando estabas ahí, sentado entre el público, ¿confiabas en que ganabas?

–Tenía esperanzas, pero trataba de controlarlas, los indicios no eran tan fuertes. Está bien que me llamaste tres veces para asegurarte de que venía, me pareció que era mucho, pero también pensé que podía ser que se hiciera así. Trataba todo el tiempo de pensar que no ganaba para que la desilusión no fuera tan fuerte. Cuando estaba ya en el teatro escuché a Edgardo Cozarinsky comentar que Juan Boido le había dicho que el premio de este año era el terror. Primero me alegré, pero enseguida empecé a dudar: “¿Habré escuchado ‘de terror’?”. Al rato, yo estaba sentado atrás, vino María Moreno y me invitó a sentarme en la primera fila. Me volví a ilusionar. Pero enseguida vino alguien que me dijo que me fuera porque en esa fila se tenía que sentar la gente del diario. Y ahí me volví a quedar tranquilo.

Lo primero que dijiste es que te volvías a Pehuajó.

–Nunca me acostumbré a estar acá. Ni al ritmo ni al trato. Esta es una de las razones principales por las que me fui. El primer año estuve más tranquilo, pero después cada dos semanas me volvía a mi casa. No me acostumbro a que todo esté lejos. Allá tengo todo y está cerca. Mi familia, mis amigos, que son los mismos que en la secundaria. La novela que estoy escribiendo transcurre entre un grupo de ex compañeros de secundario. Esa época es para mí, en la realidad y en la ficción, como un tiempo anhelado donde siempre vuelvo, por el ambiente, el clima, el descubrimiento. Ellos se van a encontrar seis años después de la escuela y descubren que a todos les ha ido mal. Como te podrás imaginar, mi experiencia en Letras y en Buenos Aires la pienso usar.

¿Es de terror?

–Por supuesto. Ya estamos en el camino.

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