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Domingo, 25 de julio de 2004

La mente en jaque

En Yo, robot, Will Smith se la pasa persiguiendo a un robot sospechado de un crimen. ¿Qué se esconde en el imaginario colectivo como para creer algo así?

Por Leonardo Moledo
Los robots han sido y son uno de los leitmotivs de la ciencia-ficción, y del imaginario técnico apocalíptico (actualmente en seria competencia con los clones); el Golem al fin y al cabo es un robot, pero más o menos, y el monstruo inventado por el Dr. Frankenstein; la interminable saga de Asimov, a la vez zonza y genial, como todas las novelas de Asimov, que comienzan con Yo, robot, los ubica en el lugar del bien por un lado, y por otro lado como prótesis que ahogan toda inventiva; finalmente, tanto Asimov como los lectores optan por la imaginación humana y su creatividad.
La verdad es que uno podría preguntarse si esa opción es sensata, aunque quizá sea un tema para tratar en otra parte. Lo cierto es que los robots, en primera instancia, producen una razonable dosis de terror –pero no los robots que ya se ven en las fábricas, que asustan sólo en términos de desocupación, sino el robot con capacidad de decisión, asimilable al pensamiento–. Lo cierto es que cualquier tipo de vida inteligente o casi, no humana, llámese extraterrestre o máquina que juega al ajedrez, aterroriza. Es la razón por la cual los extraterrestres son siempre amenazadores, y Deep Blue gozó de la antipatía casi unánime de la población mundial que hinchaba por Kasparov.
Hay varias explicaciones. Una, evolutiva: la prevención contra el extraño es un rasgo positivo desde el punto de vista de la preservación de la especie; para casi cualquier mamífero –y el hombre entre ellos– el miembro extraño al grupo, la tribu, la jauría, es potencialmente peligroso; la naturaleza muestra que entre los animales se da una lucha y competencia entre grupos que no tiene nada que envidiar a las guerras y las brutalidades humanas, Bush incluido, si se perdona la palabra. La otra razón es cultural: después de las varias heridas narcisistas –la infligida por Copérnico al sacar a la Tierra del centro del universo, y la infligida por Darwin al sacar al hombre como centro y objetivo de la biología–, la inteligencia parece ser el último refugio del antropocentrismo, el último gancho que nos queda. Si de repente una máquina, u otra especie, puede pensar, es natural que el orgullo humano se debilite. Entonces, si los robots son una amenaza para la conciencia evolutiva, y para la cultura... ¿qué tiene de extraño que los persiga la policía?

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