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Domingo, 18 de diciembre de 2005

Verano del ’43

 Por Rodrigo Fresán

Vivimos en la Era de Truman: películas biográficas, reconsideraciones críticas (para bien, para mejor), reediciones varias y, lo más importante de todo, el súbito y feliz descubrimiento de Summer Crossing. Aquí está la primera novela del Pequeño Gran Monstruo –comenzada en 1943– que se pensaba destruida por su autor luego de desconsiderarla; tal vez por sentirla estratégicamente inapropiada a la hora de imponer su persona y personaje a la hermética sociedad literaria neoyorquina. (Ver las cartas recogidas en el reciente volumen epistolar, Too Brief a Treat, que la mencionan con cada vez mayor desconsuelo y desesperación hasta su descarte definitivo para dedicarse a Other Voices, Other Rooms: producto más exótico y folk que lo posicionaba en la menos nutrida y más original tradición del gótico sureño junto a Carson McCullers y Flannery O’Connor. Lo que no impidió que, de tanto en tanto, durante más de una década, Capote sacara el manuscrito de Summer Crossing del cajón y jugueteara con ella pensando en una posible y futura publicación.)

Y, claro, cabía pensar que nos encontraríamos con un boceto primerizo o un capricho de debutante. Lejos de eso, Summer Crossing –contando el agitado verano sin familia de Grady McNeil, inestable chica de clase alta enamorada de chico proletario e inflamable– es un pequeño pero atendible milagro. Una breve novela funcionando como la contracara sombría y adinerada de las idas y vueltas de Holly Goligthly. Y, sí, ecos de Francis Scott Fitzgerald en el personaje del joven adinerado Peter Bell. Y de John Cheever en el tratamiento de la ciudad como personaje. Y de Irwin Shaw y a sus chicas con vestidos de verano. Y –en una inesperada y un tanto bizarra alusión a lo beatnik que ya existía, pero que aún estaba por venir en lo que a la literatura se refiere– en la muy Kerouac figura del amante peligroso Clyde. Pero por encima de todo eso y esos, en Summer Crossing ya late fuerte y firme la prosa de quien, según Norman Mailer, sería “el escritor más perfecto de mi generación”. Y –Capote puro, esa compulsión por conmover shockeando– un final que, literal y literariamente, quita el aliento.

Y, como muestra, una frase que vale un libro: “Cuando cambiamos nuestra marca de cigarrillos, nos mudamos a un barrio nuevo, nos suscribimos a un nuevo periódico, nos enamoramos y desenamoramos, estamos protestando de maneras tan frívolas como profundas contra la tarea imposible de diluir rutina del día a día. Por desgracia, un espejo es tan traicionero como el otro, reflejando en algún momento de toda aventura a ese rostro vano e insatisfecho, así que cuando ella se pregunta ¿qué he hecho? en realidad se pregunta ¿qué estoy haciendo?”.

A destacar también, el exquisito diseño y look retro del libro así como el epílogo explicativo de Alan U.

Schwartz, abogado y albacea literario, recordando esa última vez que lo vio para discutir un –otro– posible paseo del escritor por los jardines de una clínica de desintoxicación. Y lo que entonces le dijo Capote: “Por favor, Alan, déjame partir. Quiero irme”.

Y, de acuerdo: Summer Crossing no es el tantas veces deseado Answered Prayers que, todo parece indicarlo, no fue otra cosa que una pesadilla amarga de Capote. Una quimera que acabó por aniquilarlo y, no pudiendo dormir, sólo le dejó tantas ganas de cerrar los ojos para siempre.

Regocijarse, entonces, por este dulce sueño, imaginado y escrito cuando todo lo mejor estaba aún por llegar.

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