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Domingo, 21 de octubre de 2007

CULTURA / ESPECTáCULOS › LIBROS. UN HECHO CULTURAL INELUDIBLE, LOS SETENTA AÑOS DE LIBRERIA ROSS

El gran sueño de un librero

Arnoldo Ross, hijo de inmigrantes judíos rusos, empezó vendiendo libros en la calle. Tuvieron que pasar años hasta que en 1937 abrió lo que en poco tiempo se transformaría en la librería más emblemática de Rosario. "Me gusta pensar que la ciudad y la librería crecieron juntas", dice su hija Silvina.

 Por Fernanda González Cortiñas

A los nueve años, siendo el hijo mayor, Arnoldo Ross, tuvo que dejar la escuela para repartir diarios en la estación Rosario Norte. Pasaron muchos años hasta que en octubre de 1937, aquél hijo de inmigrantes judíos concretó el gran sueño de su vida: Tener su propia librería. Hoy, con 70 años, Ross es sin duda un emblema y una pieza clave en la historia de una ciudad que se enorgullece de sus bienes culturales.

A pesar de las carencias formativas, la cercanía con las letras y el papel, despertaron la curiosidad del joven Arnoldo, que apenas pudo, comenzó a traer a la ciudad otro tipo de publicaciones, fundamentalmente revistas extranjeras, un material precioso para la enorme cantidad de público de origen inmigrante que vive en Rosario por aquéllos años. "Eso mismo fue lo que lo impulsó a empezar a traer libros de idiomas, que al principio vendía casa por casa. Hasta que puso el primer negocio, un localcito en Maipú y Córdoba". Pionero, como en casi todo lo que empezó, Don Arnoldo inauguró un innovador sistema: "Era como una biblioteca ambulante. La gente se podía asociar y llevarse dos o tres libros por mes. Pensemos que era una época en que los libros eran de muy difícil acceso, no tanto por el precio, si no porque los escasos tirajes se repartían en las capitales y la lentitud de los sistemas de distribución hacía que una novedad tardara meses, sino años en llegar, y a duras penas llegarían uno o dos ejemplares", explica Silvina Ross, heredera de semejante patrimonio cultural.

"Después de que conoce a mi madre -Cipriana Rodríguez más conocida como Chiche Ross-, a quien por cierto conoce como lectora y cliente de su negocio. Ponen el primer local, que al principio era un pasillo angosto, acá, en esta misma cuadra. Ella fue el sostén y el aliento para que mi padre, además de la librería, se embarcara en otras empresas culturales, como una galería de arte, por la que pasaron nombres como el de Quinquela Martín, Berni, Soldi, etc., etc. Por allí pasaban también poetas, músicos, gente de teatro... Y como la librería era nuestra casa -y no lo digo en sentido figurado; físicamente nosotros vivimos casi siempre dentro, detrás de las librerías que tuvo mi padre-, yo recuerdo mi infancia así, siempre rodeada de gente interesante. Me gusta decir que Ross creció con Rosario y Rosario con Ross. Porque siempre sentí, y creo que mi padre así lo sentía, que nosotros no éramos vendedores de libros, éramos -somos- libreros. Por eso fijáte que el cartel que mandó a hacer mi padre no dice 'Ross. Librería', dice 'Ross. Librero'".

Y fue ese gusto por los libros, y ese amor por la ciudad, lo que llevó a Don Arnoldo a comenzar a editar. "Lo hacía de manera esporádica, cuando le gustaba algo que alguien le traía. Venían cantidad de escritores, poetas, periodistas, con sus carpetas bajo el brazo para que mi viejo los viera. Ahí fue que se le ocurrió que se podía empezar a editar. Así editó por ejemplo, el primer libro de poemas de Luis Landriscina, o los versos de Jaime Dávalos --cuenta Silvina--. Humildemente, creo que tomé esa posta, y hace treinta años empecé con el sello. Hoy tenemos casi un centenar de títulos".

Devenida Complejo Cultural desde el 2001 -con un teatro, un bar, sala de exposiciones y hasta un restaurant temático-, la vieja librería de calle Córdoba al 1300, hoy, como entonces, sigue convocando personalidades del arte y la cultura con el público.

"En ese sentido, mirando hacia atrás, creo que hemos crecido, pero sin perder la esencia. Me parece que, como quería mi viejo, la librería sigue siendo un lugar de encuentro. Y en ese sentido, pienso, y lo digo sin falsa modestia, que ya somos una marca, como la Savora o el Geniol (risas). Vos ves a la gente que habla por teléfono y no dice estoy en una librería del centro, dice: estoy en Ross. Y es que hoy por hoy, aggiornados en materia de tecnología, creo que seguimos fielmente el camino que inició mi padre hace 70 años. En aquélla época, mucho antes que lo hicieran las de Buenos Aires, acompañando la movida del centro, los cines, los teatros, los bares, la librería estaba abierta todos los días hasta las 12 de la noche. De modo que yo crecí bastante sola. Los libros fueron mis grandes compañeros, así que siempre creí que en un libro uno podía encontrar lo que quisiera".

-Recién hablaba de avances tecnológicos, de aggiornarse. Siempre, ante cada novedad en materia de entretenimiento, ante cada nuevo formato, se anuncia el fin del libro, algo que desde luego no ocurre. Su padre, que alcanzó a ver los comienzos de la televisión, ¿temía por el futuro del libro?

-Al contrario. De hecho, en los comienzos de la televisión en Rosario, tenía un micro en el que hablaba de libros. El siempre fue un tipo de avanzada, y estaba convencido de que todo lo nuevo podía servir en la tarea de difundir la cultura.

-Usted es la segunda generación al frente del negocio, ¿cree que Ross continuará en la familia?

-Creo que sí. Mis dos hijas mayores, de un modo un otro están vinculadas a las letras: una es periodista y la otra, que vive en Barcelona, trabaja en una editorial. Los dos del medio trabajan acá, y la más chica, aunque tiene trece, también colabora. Sí, creo que habrá Ross para rato.

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La librería de Córdoba 1347, con sus orgullosos dueños.
 
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