CULTURA / ESPECTACULOS › PLASTICA. MUJERES. TRABAJO "EXTRA HOGAREñO" ENTRE 1910 Y 1930 EN EL CCBR

De la casa al trabajo y viceversa

Con curaduría de Diana Coppola, la exposición itinerante es patrimonio del Museo de la Mujer Argentina de Buenos Aires. Sumando además algunos objetos del Museo de la Ciudad de Rosario, permite pensar en la subordinación de género.

 Por Beatriz Vignoli

No deja de ser significativo que el jueves 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, un paro municipal haya impedido abrir en la fecha prevista la exposición itinerante Mujeres. Trabajo "extra hogareño" entre 1910 y 1930. La muestra puede visitarse sin embargo desde el viernes 9, en que abrió las puertas sin acto de inauguración, hasta el 8 de abril en la sala Leónidas Gambartes, en el segundo piso del Centro Cultural Bernardino Rivadavia (San Martín 1080).

El paro da cuenta de la continuidad de la necesidad de las luchas sociales que tuvieron su expresión trágica en Chicago precisamente un 8 de marzo; pero el tema de esta nota es la muestra, que didácticamente y no sin oscura ironía presenta elementos (fotos, objetos) útiles para pensar la subordinación de género desde la problemática, invisibilizada, de la "doble jornada" laboral: en el trabajo y en casa. ¿Cómo se constituyen en el imaginario social los estereotipos que sostienen la naturalización y la invisibilidad de esa doble jornada?

La curadora, Diana Coppola, concibió esta exposición itinerante, patrimonio del Museo de la Mujer Argentina de Buenos Aires como una panoplia de elementos para pensar estas cuestiones. Las fotos y objetos que componen la muestra dan cuenta de la incorporación de las mujeres al mercado laboral desde fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Además de los objetos de época del Museo de la Mujer, se suman aquí algunos provenientes del Museo de la Ciudad de Rosario. Las fotos son facsímiles de la edición especial del año 20 con que la revista Caras y Caretas homenajeó a la mujer trabajadora, pero "sin poner en evidencia el conflicto entre lo público y lo privado que le supuso a la mujer la incorporación al proceso industrial".

Los textos que acompañan las fotos son los de la edición de 1920, que clasifica a las mujeres trabajadoras en: educadoras, cajeras, dibujantes, ascensoristas, vendedoras, enfermeras, hermanas de caridad, empaquetadoras, cigarreras, floristas, estudiantes, dactilógrafas, costureras, oradoras cívicas, hilanderas... "¿Y por qué? el uso del diminutivo 'obreritas', denota la subestimación hacia quienes deben ser 'sostén del hogar' y 'ofrendar pan y sonrisa', inaugurando el conflicto moderno de la doble jornada de trabajo?". Las citas entrecomilladas provienen del texto curatorial. Y hay que leer aquellos textos de "homenaje" de 1920 entre líneas y al sesgo para comprender la idealización, paradójicamente minimizante, que hacían de las mujeres.

En 1920, ya había por lo menos dos mujeres en Argentina con un título universitario en ciencias exactas: Cecilia Griesen, médica, en Buenos Aires, y Elvira Fontá, bioquímica, en Rosario, egresada ese año. Sin embargo, la científica no es una de estas damas ideales y sí "la dibujante" y también "la enfermera, conocedora del dolor humano", cuyo "altruismo es tisana reconfortante para el infortunado paciente". Es de la partida "la hermana de caridad" que aporta "abnegación, aliento y esperanza para el enfermo, el huérfano y el desvalido".

La obrerita es cantada como "musa del cancionero" además de "sostén del hogar"; de las hilanderas se dice que "les dan a las máquinas algo del atractivo pretérito", mientras "la vendedora" de "sonrisa optimista, pone una nota de espiritual gentileza en la vorágine de los negocios de la nueva urbe" y la cigarrera y la ascensorista embellecen la ciudad con su figura "grácil". Más maduritas, la oradora cívica transmite "entusiasmo, ardor y elocuencia" y la cajera inspira "responsabilidad y confianza". Por su parte, la pobre costurera "es un hada moderna" que cose sin cesar mientras "en su cabecita mil ensueños nacen y mueren". "La mujer moderna invade con ventaja los menesteres que eran privativos de los hombres hasta hace poco", resume el editor. Entre plumas fuente y tinta Pelikan; entre encajes y alfileteros, una foto de época representa a una mujer y lleva el epígrafe: "Esperando al amado".

Bordados, abanicos, enaguas y sombreros completan el catálogo de objetos en las vitrinas y redondean la idea que se deja leer en los textos: hay un techo de cristal, invisible, sostenido en los estereotipos de la mujer bella ante todo, maternal sin más.

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Uno de los facsímiles de Caras y Caretas, con La obrerita En la misma sintonía, la tapa está dedicada a La costurerita
 
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