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Lunes, 7 de enero de 2008

CONTRATAPA

Prohibidas por decreto II

 Por Sonia Catela *

A los decretos del P.E. que prohibieron la circulación y distribución de los libros Ganarse la muerte de Griselda Gambaro y Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, disponiendo el secuestro de los ejemplares donde éstos se encontraran, (decretos Nº 1101 y 3155 de 1977) les sucede el paradigmático caso del libro La torre de cubos, de Laura Devetach. En 1979, el Ministerio de Educación santafesino lo prohíbe oficialmente por resolución Nº 480 del 23 de mayo, la que, al ser publicada en diarios y transmitida mediante circulares y boletines a los institutos de enseñanza media, adquirió carácter nacional.

En Santa Fe se advirtió que se hallaba "en circulación la obra La torre de cubos de la autora Laura Devetach, destinada a los niños, cuya lectura resulta objetable..." ya que "del análisis de "La torre de Cubos" se desprenden graves falencias:

"Cuestionamientos ideológicos-sociales.

Carencia de estímulos espirituales y trascendentes.

Centran su temática en aspectos sociales como crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada y al principio de autoridad.

Enfrentan grupos sociales, raciales y económicos con base completamente materialista.

Cuestionan la vida familiar.

Distorsionan la imagen de los adultos.

Algunos de los cuentos-narraciones incluidos en el mencionado libro atentan directamente al hecho formativo que debe presidir todo intento de comunicación.

Recurren a metáforas confusas y giros de mal gusto.

En vez de ayudar a construir, llevan a la destrucción de los valores tradicionales de nuestra cultura".

Por tal abanico de razones, el Ministerio santafesino resolvió prohibir el uso de La torre de cubos de Laura Devetach en todos los establecimientos educacionales de su órbita, medida que se trasladó a las restantes jurisdicciones, operando su diseminación mediática y social.

Fragmento de "La planta de Bartolo", cuento de La torre de cubos, de Devetach:

"El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó lo puso al calor del sol, y cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores.

Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. (...) Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo:

-Ahora, ¡todos los chicos tendrán cuadernos!

¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían:

-¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen!

(...)

Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó:

-¡Chicos!, tengo cuadernos lindos para todos!

Pero (...) el Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué.

Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! ¡toco toc!

-Bartolo -le dijo con falsa sonrisa atabacada-, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores.

-No -ijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan.

-¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de Navidad.

-No.

-Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes.

-No. (...)

-¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos?

-Nada. No la vendo.

-¿Por qué sos así conmigo?

-Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen tranquilos.

-Pues entonces -rugió con su gran boca negra de horno- ¡te quitaré la planta de cuadernos! -y se fue echando humo como la locomotora.

Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía.

-¡Sáquenle la planta de cuadernos! -ordenó.

Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos.

Todos rodearon con grandes risas al vendedor de cuadernos y cantaron "arroz con leche" mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones.

-¡Buen negocio en otra parte! -gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan".

La solidaridad, núcleo de este cuento, constituyó un blanco sobre el que apuntaron los militares con toda su artillería. Hasta la irrupción militar del 76 predominaron movimientos en que ella venía de mano de la acción gremial -prohibida a partir de ese momento-, de partidos políticos -prohibidos-, de movilizaciones sociales y huelgas que reivindicaban mayor participación en la riqueza, -prohibidas-, en síntesis, de planteos y estrategias conjuntos, a fin de que un cambio de estructuras sustituyera la beneficencia. El cuento "La planta de Bartolo", de Laura Devetach (como "El año verde" del libro de Elsa Borneman también censurado) sintetizan actitudes mancomunadas con las que el Proceso se ensañó. Una campaña de la Secretaría de Información Pública de la Presidencia de la Nación se encargó de rediseñar la ingeniería solidaria. Con rígidas pautas de desarrollo fueron encaradas sus instrucciones (dispuestas por la circular Nº 269 del 5 de agosto de 1977), las que fijaron fechas de comienzo y fin, cómo efectuar el lanzamiento y las ideas fuerzas que mostraban el cambio de viento.

En el vacío social el generado, la Secretaría de Información pública enseñó, taxativamente y con ejemplos normativos, cómo se ejercía la solidaridad: Donación de 40.000 pesos de Manuel Belgrano para construir escuelas. Investigador de la fiebre hemorrágica que contrae el virus investigando una vacuna contra la enfermedad. Colectivero que desvía su vehículo para llevar al hospital a una mujer en trance de alumbramiento o a persona en grave estado. Donación del señor Alfredo Fortabat para la construcción de la escuela técnica de Olavarría. Donaciones de escuelas por parte del señor Roger Balet, en el territorio nacional. Radioaficionados que se movilizan para conseguir remedios provenientes del exterior, médicos, etc. Madrinazgos de personas que protegen a niños abandonados. Acompañantes de enfermos. Dadores de sangre sin fines de lucro. Asociaciones como ALPI y LALCEC. Fundaciones empresarias de bien público (Ford, Rissuto, etc). Servicio sacerdotal de urgencia. Alcohólicos Anónimos. Servicio telefónico de Asistencia al Suicida. Devoluciones de valores encontrados en la vía pública.

En tal contexto, la solidaridad se redujo a la órbita de las empresas privadas, a gestos aislados de inspiración individual o de asociaciones circunscriptas a un cometido de alivio. "El terror sólo puede reinar absolutamente sobre hombres que se aíslan unos de otros; por lo tanto, una de las preocupaciones fundamentales de todo gobierno tiránico es provocar ese aislamiento (...) Los seres humanos aislados son impotentes por definición", señala Hannah Arendt.

Cada punto "escandaloso" que se achaca a "La torre de Cubos" de Laura Devetach lo "revela" como material escrito conquistado por el enemigo. Desde ahí éste tomaba la palabra, convirtiéndolo en arma. En consecuencia, el texto era el enemigo. Como tal se lo combatió y "fusiló".

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