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Domingo, 27 de febrero de 2011

CONTRATAPA

El exceso de severidad en la vejez

 Por Gary Vila Ortiz

Escribía Montaigne: "Las características de la vejez no hacen más que advertirme, me moderan y me aconsejan. Del exceso de la alegría he caído en el de la severidad, más enojoso. No estoy ahora sino demasiado sereno, demasiado grave y demasiado maduro. Los años me dan lecciones, todos los días, de frialdad y templanza. Este cuerpo huye del desorden y lo teme. Me defiendo de la templanza como he hecho en otro tiempo de la voluptuosidad. Me arrastra demasiado hacia atrás, y hasta la estupidez. Y quiero ser dueño de mí, en todo sentido. La sabiduría tiene sus excesos, y no necesita menos moderación que la locura". Cuando escribió esas líneas, ese maestro inobjetable tenía menos de sesenta años. Murió joven, pues había nacido en 1533 y murió en 1592. Yo ando por los 75 años y no siento estar más sereno, demasiado grave y menos aún más maduro.

Mi cuerpo, mi organismo en general, sienten el peso de los años, y esa sensación de decadencia no me agrada en lo absoluto, al contrario resta serenidad a mis acciones. Tengo una ventaja: en mi vida practiqué ningún deporte ni nunca tuve pasión por ninguna actividad física. Pero no son los deportes los que atraen, por lo menos para practicarlos. Me gusta el fútbol, pero para mirarlo. Ya lo he contado y no lo volveré a contar. Desde muy chico. No tenía nueve años y las circunstancias imprevistas me obligaron a la práctica de otros ejercicios como la lectura y la música, la contemplación de las obras de arte y jugar al cuarto oscuro con las amigas de mi hermana. Hoy al cuarto oscuro lo juegan las chiquitas del jardín de infantes.

Pero no es este el tono que deseaba para esta nota, nada de cuartos oscuros o que cosas que se le parezcan. Si esa línea se me ha escapado, es tal vez por eso de impedir un exceso de severidad por haber llegado a la vejez. Me engaño. En la vejez casi no pueden existir excesos a menos de estar dispuestos a pagar un precio muy alto.

Hemos dejado de subir la escalera pequeña para trepar sus pocos peldaños y alcanzar los libros que allí se encuentran. Alguien, entonces, me ayuda a hacer ese trabajo, y cuando lo termino de hacer me doy cuenta que justamente el libro que andaba buscando lo acabo de hacer colocar en el estante más alto. Busco una solución y no se me ocurre nada mejor que ir hasta una librería cercana y comprarlo si es que lo encuentro.

¿Para qué buscar datos sobre la vejez en los libros si es nuestro propio cuerpo el que ofrece la mejor lectura? Las piernas ya no caminan como antes, si es que alguna vez caminaron bien, los brazos se alzan hasta cierta altura y no hubiésemos sido útiles para la construcción de la Torre de Babel. En realidad la Torre de Babel fue en todo caso un intento menos soberbio de mandar el hombre a la luna o soñar mandarlo a otras galaxias.

Es en nuestro propio cuerpo y en nuestro espíritu que podemos entender algo que es esencial en aquellos que van envejeciendo. Es ese constante posponer aquello que no deseamos posponer en absoluto sin embargo nos vence algo parecido a la inercia. Entonces a esa posponer sumamos otro y seguimos sentado en la silla, una silla cualquiera, no alguna en particular, como si estar sentado en la misma sin levantarnos fuese un regalo de los dioses. Como en aquella memorable historieta de Copi no queremos perder la silla y se la negamos a todo el mundo, por cariño que tengamos a ese que la pide. Transformamos una silla de morondanga en un símbolo de algo que parece adquirir mucho valor. Un préstamo que nos han hecho unos dioses menores para que desde el mismo observemos el mundo desde un lugar de privilegio. No lo es, por cierto, Tal vez no se trate de una silla de morondanga, pero tampoco un sitial en que vemos el mundo de una forma diferente y comprendemos aquello que no comprendemos si no estamos sentados en ella. Tal vez algo en nosotros piensa que se trata de una silla con propiedades mágicas. Pero con seguridad que no las tiene. Es una silla con todas las propiedades que cada uno quiere suponer que tiene, pero nada de magia ni nada de otras cosas.

Pero estamos sentados en ella y desde hace mucho. Tal vez han sido otras sillas, pero para nosotros, como símbolo, es una silla especial. No somos expertos en nada, tampoco lo somos sobre lo que significa una silla, pero siempre hemos tenido una tendencia en buscarla, sobre todo en esos bares, cafés, confiterías, casas de comida, donde hemos pasado tiempo conversando con aquellos que ya no podemos conversar, pues ya no están de este lado de puerta, y con aquello que por suerte aún están pero tardamos demasiado en llamarlos para tomar lo que sea y la conversación gire en todo lo que hemos visto en todos estos años que han pasado.

Para un hombre de 75 años una silla puede ser un lugar de descanso. Pero si estamos con alguien que queremos estar se transforma en un lugar de esa pequeña cuota de felicidad a la que todos tenemos derecho. Conversar con un amigo o con varios, rodeando la mesa de un café es una de las formas que suele tener la alegría. Y si ya no podemos hacerla con muchos todavía quedan todos aquellos con quienes aún podríamos hacerlo y sería suficiente una llamada por teléfono para lograrlo.

En este oficio que sigo ejerciendo desde la lejanía de las salas de redacción, ya que escribo desde mi casa y puedo mandar lo que escribo por la computadora, en general, sólo rodeado por libros y discos, papeles y alguna taza de café, no puedo dejar de pensar en una redacción ruidosa donde las voces se superponían al ruido de las máquinas de escribir, y en mi caso, la urgencia del taller en lograr que mi material saliera de la máquina y fuera a parar a los linotipos, figura que nos recuerda, sobre todo, a los dinosaurios.

Si el poeta decía que es en los sueños donde comienzan las responsabilidades, la vejez suele andar metida en los sueños. Sobre todo cuando algún sueño nos recuerda algo que hicimos y no quisimos hacer y también cuando no actuamos de la manera que hubiera sido la que nos gustaría recordar y no la que recordamos. Además porque pensamos que cada vez que se hace algo, o no se lo hace, es parte de eso que elegimos. Soy de los que cree que todo es parte de una elección aún cuando a veces queremos atemperar lo que elegimos por las circunstancias.

Además si he caído en este tema de la vejez es porque me doy cuenta de mi desgano, de no tener ganas de hacer nada de nada. Permanecer es todo un logro. No hay un solo indicio del comienzo de un exceso ¿para qué ser severo con la inexistencia del ser? Fumo y tomo café y miro, pero no sé bien con exactitud qué diablos es lo que miro. Puede ser qué la nada sea una imposibilidad, sin embargo a veces es como un bosque muy tupido por el que caminamos sin saber bien a dónde iremos a parar. Se me ocurre pensar (y en estos momentos apenas pienso) que puede ser un laberinto del cual no hay salida, pero no me interesa demasiado entenderlo de esa manera.

No estoy, sin embargo, mentalmente perdido. Mi mente funciona creo que con lucidez, sólo que es como indiferente a lo que ocurra. Sorpresivamente, en medio de ese follaje, estoy sentado en mi silla y redacto estas líneas en una computadora que hasta unos momentos andaba como se le antojaba. Dos días prácticamente sin electricidad le habían hecho daño. Ahora parece volver a funcionar normalmente como si tal cosa. Yo le sigo los pasos, escribo mientras las líneas no se borren y cumplan más o menos bien con los deseos de mi mente que desea escribir lo que voy sintiendo.

Veo al costado de donde me encuentro tres libros que evidentemente he querido usar para este texto. están abiertos en páginas que he marcado pero no me fijo en cuáles son. ¿Cómo se vence el descanso? Lo ignoro, posiblemente preferiría dormir, entregarme a una siesta se trate de la hora que sea. A través del follaje no veo el cielo, pero por este sitio sigue la claridad. Puedo seguir escribiendo. Y escribo aunque no sé bien qué es lo que escribo. Mis amigos, aunque no tengan mis 75 lo entenderán o trataran de entenderlo. Tal vez si detrás de un árbol me esperara Julia Roberts disfrazada de Caperucita Roja dejaría la nada por algo más terrenal y apetecible. Sí, seguro que sí. Pero la computadora no quiere seguir, la censura se lo impide.

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