rosario

Jueves, 3 de marzo de 2011

CONTRATAPA

Parsimonias del "Ñato" Pessi

 Por Jorge Isaías

Hombre muy habilidoso con las manos, fue en genio y figura don Agustín Pessi, para mayor gloria llamado "El empacador" o más modestamente "El Ñato", entre sus íntimos.

Hábil artesano para "los cabos de hueso", como decía mi viejo refiriéndose a los cuchillos que "El Ñato" con gran amor dejaba listos para arremeter con la carne asada que se le pusiera adelante: vaca, cerdo o cordero hecho a la estaca, con las llamas que se perdían en el patio de sauzales de don Víctor Sánchez, padre de mi amigo "El Tago" y titular del despacho de bebidas en esa esquina que supo regentear don Alejo, su abuelo. Y que ahora lo hace el gringo Giovanelli, tío político del mismísimo "Tago" tan ausente hoy, en tierras canadienses llevando el estilo de don Atahualpa, sin saber a ciencia cierta si allá se aprecia esa música tristona, esa letra decidora y reflexiva, llena de la poesía más honda y popular como nunca dijo otro paisano de mi tierra.

Los tres hermanos Pessi, que vivían enfrente de la esquina de los Sánchez, siempre fueron habitués de esa esquina. Ginebra, Amargo Obrero y naipes hasta altas horas de la noche, cuando había que despuntar el vicio de dejar pasar las horas en que no había "pique", es decir trabajo remunerado, ya fuera en los galpones de las casas cerealeras, hombreando bolsas, cargándolas en camiones o vagones de carga del Mitre, como se llamaba esa línea ferroviaria que antes había sido la Central Argentino, en las épocas de don Carlos Casado del Alisal, apenas despuntado el siglo XX. O ya fuera en algún arreo de tropa por las hondas estancias de la zona o en algún establecimiento rural cercano como "La Tacuarita", cuyo titular era don Ulrico Gallusser, un suizo de costumbres muy cómicas, según el paisanaje de la zona. Los tres hermanos Pessi trabajaron allí.

Anselmo, Agustín y Juan. De los tres el segundo era el único soltero y de muy particular conducta, según es la fama que aún se comenta en los corrillos melancólicos del Club Huracán. Hombre muy habilidoso y muy afable, y hasta gaucho, era este Agustín, aún con su toque de personal rebeldía.

Andaba --siempre a cuento de la narración de mi amigo "El Tigre"- con un par de encendedores (los antiguos carucitas a bencina) y cuando a alguien le fallaba el chispazo, él, "El Ñato", o "El empacador", o don Agustín, como prefieran, cortésmente introducía dos dedos en el bolsillo superior de su camisa y, también muy cortésmente, lo canjeaba por un carucita que no funcionaba. Reparaba el que le habían dado y nadie que usara esos encendedores en el pueblo iría a sufrir mucho tiempo, siempre que se encontrara a este hombre afable y silencioso que sin decir palabra hacía el trueque como un gesto cordial hacia su semejante y copoblano. Las anécdotas de este buen hombre aún sobrevuelan esas mesas solitarias y se heredan --digamos así - de una generación a otra.

"Fedeo" D`onofrio, como al sesgo me tira un par antes de partir a cenar (parado en la vereda del "glorioso Huracán", como dice "El Tigre" cuando se refiere al Club). El hermano mayor, Anselmo, era el encargado de la hacienda en la estancia de Gallusser. Como se habían pasado algunas vacas a un potrero de alfalfa, en esa condición --de encargado y no hermano- le ordena a Agustín: "Empaque --dice apocopando el apodo -, pase esas vacas al lote 38 donde deben estar", y siguió con sus tareas. Pasado un rato largo descubrió que la orden no había sido cumplida.

¡Empaque! Le dí una orden carajo.

Agustín se sacó el cigarrillo de la boca cuyo humo no le permitía ver la cara del hermano que oficiaba en ese punto de ser jefe, y sin hesitar le contestó: "¿Pa` qué? ¿No es acaso hacienda del mismo dueño?".

Y luego desliza otra, del mismo orden cartesiano. En una época la estancia trabaja en dos turnos: de seis a once, había un corte para almorzar y se retomaban las tareas a las 15. Al "Ñato" Pessi le prestaban un caballo, volvía al pueblo a comer y regresaba por el mismo medio. Ya para este tiempo don Gallusser había muerto y el mando estaba en manos de su hijo Martín, a quien un día se le ocurrió extender --no sé por qué razón práctica- en media hora la tarea mañanera.

"El Empacador" no estaba enterado del cambio y, al horario antiguo, ensilló el caballo y enfiló para el pueblo. Por el camino se lo cruzó al patrón, a quien saludó cortés, llevando la mano hasta tocar el ala del sombrero, a la vieja usanza gaucha.

Cuando Martín cayó en la cuenta de que el empleado se iba media hora antes de sus tareas, y llegando ya a la estancia, le pidió a su cuñado "Fedeo" que lo fuera a buscar, cosa que éste hizo.

Parsimoniosamente pegó la vuelta, tal vez de no muy buena gana, pero no llegó hasta el casco. Se detuvo a hacer tiempo en el puesto donde antiguamente había estado Juárez.

Al percartarse, Martín le pidió a "Fedeo": "Decile que lo necesito acá, no en el puesto". Cuando "Fedeo" le llevó la orden, el hombre, sentado en un banquito, con un mate que el puestero le había alcanzado y luego de chupar parsimoniosamente la bombilla, contestó: "Me quedo acá. Pa` qué viá cansar el caballo al pedo".

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