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Jueves, 31 de marzo de 2011

CONTRATAPA

Historia conjetural de Juan Solís

 Por Jorge Isaías

[HTML]De otras penas salieron estos recuerdos, como en un silencio apuran un grito ahogado. "De otros diluvios/ escucho una paloma", escribió Giuseppe Ungaretti para siempre. Certero como un balazo en la frente de mi enemigo, oportuno como una lágrima cuando la angustia atora el alma.



Así suelen ser las cosas que recuerdo.



Así suelen ser los rostros de gente que ha partido para siempre y así suelen ser sus gestos, o sus palabras, sólo sostenidos por una convicción que quiere recuperar a ultranza un tiempo perdido para siempre. Como el viento que no volvió o el pájaro que cayó batido en la tormenta.



Juan Solís se llamaba el hombre que impera en mi recuerdo.



Está en la foto junto a otros obreros rurales, entre ellos mi padre, y a veces es como un fogonazo mínimo en mi memoria. Y a veces --como hoy - se agigante su figura hasta cubrir todos los agujeros del recuerdo, hasta suturar hasta la más mínima fisura, y se planta ante mí, no con esa ropa de brin grisáceo, sufrido, abierto a pobre, sino con el traje cruzado que usaba los domingos, su chambergo que se echaba hacia la nuca cuando gustaba conversar en la esquina del bar "El cometa" de los Turquitos Esne, que tenía como lema "Si no tiene plata no se meta".



Juan Solís, o más familiarmente "El Turco Solís" - tal su apodo- podía pasarse horas en esa esquina hablando de sus temas preferidos: caballos y mujeres, "en ese orden", solía aclarar. Es posible que en el segundo rubro no fuera muy exigente, ya que con cierto desdén y cierta piedad pronunciaba "hembras", deformando la be, como buen árabe. Y antes de eso --de haber pronunciado esa palabra desvalorizante ante el bello sexo- se había sacado el cigarrillo de la boca y había hecho un viraje cómico con sus gruesos labios que cubrían unos gigantescos bigotes renegridos. Supongo que esta mención estaría referida a las chicas que trabajaron en el antiguo prostíbulo, ya cerrado hacía rato cuando recuerdo haber oído yo mismo la palabra cuasi ominosa. Una historia que escuché a mi padre y que hoy me resulta imposible corroborar es que llegó al pueblo con un par de prostitutas, dispendioso con la plata y celoso con el cuchillo en la cintura, pero que al parecer no sacaba casi nunca.



Esta es la parte de su historia que conozco menos, lo cierto es que al momento de mis esporádicos encuentros con él ya era un hombre que vivía solo, y sólo era un habitué de las cuadreras. Si tuvo algún caballo propio, se debe a sus relatos o a la conjetura que él introducía en sus relatos misteriosos.



En ese tiempo real de mi trato escaso con él, era un simple hombreador de bolsas en los galpones de las casas cerealeras, y pasaba por otros boliches --como el de su compadre el Turco Alé--, pero bebía apenas un par de ginebras y, si el tiempo lo permitía se paraba en la vereda, porque decía que él prefería conversar al aire libre porque así se le aclaraban las ideas.



Es decir, si se puede ser veraz en esto, yo estoy tratando de escribir la historia personal de la decadencia de un hombre. O de la probable historia de esa decadencia, de la que fui testigo ese tiempo y nunca antes. Nunca testigo involuntario, porque yo era niño, y a un niño de esa época no se le suministraban datos de los mayores, porque en ese mundo entraríamos cuando fuera necesario, cuando nos había llegado ese tiempo y nunca antes. Nunca fuera de lugar sino en el tiempo exacto en que uno llegaba a ese desiderátum, es decir, la alta y deseada categoría de hombre.



Pero para la época en que sucedían esta cosas --estas primigenias cosas, es decir hechos- todo estaba como velado por un manto penumbroso de sobreentendidos por los mayores y en esas medias palabras, en esos guiños, eran códigos que nosotros no sabíamos --no debíamos- comprender.



A todo esto, si yo no tuviera esa foto que allá lejos y hace tiempo me dio mi padre, y si yo no tuviera en mi retina su figura fornida, con sus grandes bigotazos y su mirada esquiva, habría dudado que sobre esta tierra bendita alguna vez vino un hombre que usó el apelativo Solís, o Juan Solís o el Turco Solís, como el lector prefiera. A mi viejo yo le había oído toda mi vida ciertas expresiones cuya anécdota u origen me eran conocidos. O porque eran de uso extendido o porque, aun siendo personales, de tanto repetirlas ya eran folclore.



Sin embargo una de ellas, un poco grosera es cierto, me fue referida pocos años antes de su muerte. Mi viejo entonces me contó que cuando un novato se "arrimaba a la bolsa" (una expresión metafórica para decir que comenzaba su trabajo como hombreador) se le ponía uno baqueano para que, entre los dos, la cargaran en el hombro del otro obrero para que la llevara hasta la estiba. Este trabajo hecho con baquía debía ser rápido.



Mi padre, un brioso muchachón de veinte años, con todo el vigor de la juventud, fue puesto bajo el padrinazgo o "sociedad" con Juan Solís, ya veterano. Como mi padre con sus ganas y su ansiedad, no exenta tal vez de impericia, se apuraba mucho y le exigía a su partenaire. Este, resoplando, en cierto momento se plantó parando el trabajo. Pasándose un sucio pañuelo por la frente sudorosa, jadeando, preocupado reflexionó:



¡Qué grano me salió en el culo!



Tal la frase que mi viejo usó toda su vida (agregando "dijo el Turco Solís") cuando algo se le complicaba.

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