rosario

Sábado, 13 de julio de 2013

CONTRATAPA

Tres y la noche inmensa

 Por Miriam Cairo

A Claudia Marting y Eugenio Previgliano

Uno

Raros, como encendidos, bajo el toldo del bar salvándonos de la lluvia pero decididos a fundirnos en la niebla.

Adivinados a través de la lámpara teníamos el semblante de las mareas, el perfil de las esquirlas, la ilusión del espejismo. Cualquiera hubiera dicho que éramos sólo tres, pasando de las caracolas al asfalto, de la intemperie a los abrazos, de la emoción a la carcajada súbita. Y a decir verdad, ninguno se hubiera equivocado, porque tres es un número posible.

Tres son Las Gracias: Aglaya, Talia y Eufrósine.

Tres las esperanzas y tres los espantos.

Tres lo mosqueteros: Athos, Porthos y Aramis.

Tres las flores de manzano de Kazajistán.

Tres los portugueses bajo un paraguas.

Tres las pirámides de Egipto: la de Keops, la de Kefrén, la de Micerino.

Tres los giros que la mariposa dio alrededor de la lámpara.

Tres los pasos que separan al demonio de Dios.

Tres las leyes de Newton.

Tres las estrellas del cinturón de Orión: Alnitak, Alnilam y Mintaka.

Tres las dimensiones.

Tres las hermanas de Chejov.

Tres los colores primarios.

Tres la hilanderas.

Tres las edades de la vida según los cálculos áureos de Klimt.

Tres, Lou Andreas Salomé, Nietszche y Paul Rée.

Tres los murmullos de la luna.

Tres, por donde se nos mirara éramos tres.

Dos

La historia siempre comienza en el bar.

Tres tigres se echaron a nuestros pies suponiendo que el mirar de los ojos no es más que una ansiedad genuina, inconsolable, creyendo que uno es uno y otro con su animal noble y bello oculto en las tinieblas.

Los tres tigres echados a nuestros pies de tanto en tanto nos arrojaban a la cara manojos de luz, y recordábamos que alguna vez fuimos aquellos que estuvieron colgados del árbol, de las constelaciones, del picaporte, del olvido.

La mesera trajo uno, dos, tres copas y dio la vuelta. Se llevó con ella la bandeja vacía y el supuesto de que la mente es un barco pequeño navegando por el anchuroso río del vino.

Dijimos una, dos, tres palabras que a su vez trajeron otras palabras, que trajeron otras más. Entre todas decían lo que queríamos decirnos los tres bajo el toldo, rodeados por la noche inmensa, custodiados por tres tigres salidos de una novela cubana.

La noche, ese humus.

La noche, ladrona, nos asaltaba: Arriba las manos.

Y cuando las levantábamos nos robaba las estelas de los remolinos audaces, las reverberaciones de la memoria, la noción de espacio, la noción de tiempo, la noción de irrealidad.

Trazamos el zigzag de la partida.

La noche puso a nuestros pies su platillo volador y surcamos el aire. Cualquiera hubiera dicho que apenas éramos tres cruzando San Juan, buscando al chino de Laprida. Y cualquiera habría estado en lo cierto.

Tres

Alguien pudo confundirnos con los tres mirlos de Wallace Stevens porque éramos los tres mirlos caminando bajo la lluvia.

"Un hombre y una mujer /son uno./Un hombre y una mujer y un mirlo/

son uno".

Todo lo que nos decíamos venía al ritmo de un silencio remoto, fluía se deslizaba, entre nosotros, luego volvía a su país pasando por otros países, y en todos los países por los que pasaba era un silencio remoto.

Después, se hizo hora de cenar. Vino la adusta mesera de susurros milenarios a la que le enseñamos a sonreír en argentino. Trajo vino. Trajo algo crujiente. Trajo confusión. Trajo vino. Trajo ojos de dragón con sabor a damascos. Trajo vino. Trajo la cuenta. Partimos.

Las sombras de los tres mirlos eran nuestras sombras.

Luego fuimos tres sombras de mirlo dentro de un taxi que volaba.

Nos acurrucamos alrededor del piano e invocamos nombres de otros mirlos. En pocos minutos fuimos una bandada.

Que las risas, que la cárcel, que los besos, que las muertes, que el Ecuador, que el ron, que los mareados, que la caña, que Buenos Aires, que Madrid, que la Telesita incendiada, que el naranjo en flor. Que otras risas, que otras lágrimas, que los versos, que los versos, que los versos y los pases mágicos de la vida que nos juntó.

Después, el día hizo lo que tenía que hacer: nos partió en tres pedazos.

Cualquiera que nos hubiera visto habría creído que efectivamente cada uno de nosotros era uno, huérfano de los otros, pero se equivocaba porque éramos tres, aunque tres parezca un número imposible cuando uno es uno.

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