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Sábado, 11 de abril de 2015

CONTRATAPA

Escribir

 Por Miriam Cairo

No es raro que al avanzar, los pasos vayan cambiando de color y que el espacio, a su vez, pase del estado líquido al estado gaseoso. Ni siquiera la letra del comienzo y el punto final permanecen estables. Cualquiera sea la duración, la altura y la densidad del discurso, la escritura trae consigo algo vivo que en su devenir no se clausura ni se extingue.

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Vibran entonces verbos, suelo, muro, monosílabos, pasado, presente, porvenir. Vibran las palabras con su cuerpo vertebrado, con su sexo de gladiolo, sus aurículas de demonio, sus ventrículos arcángeles.

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La mayoría de las veces, cuando el discurso empieza a enmarañarse, cuando el resplandor se confunde con el movimiento, las palabras se salen de sus vestiduras y se pasean desnudas, ante los ojos de la escritura, con un suspiro en la mano y una flor en la boca.

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Como siempre, la palabra se desnuda. Se saca la cáscara, se hace comestible, suelta el jugo, se deshace en la lengua.

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La escritura, madre de todas las palabras, desnudamente abre las piernas. Apoya un pie en el extremo de la primera letra y otro en el punto final. En su pubis textual entra la simiente y de él salen las hijas legítimas, ilegítimas, pródigas, proscriptas, ínfimas, agigantadas, masculinas, femeninas, subvertidas, aportando belleza al espanto, contradicción a la certeza, certeza a la contradicción.

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Las palabras caen como pájaros. Vuelan como peces. Orbitan como magnolias. Rugen como dragones. Eyaculan como marqués. Sueñan como Dios. Constelan como Orión. Copulan como universos. Andan en grupos de dos o tres, a docenas y en grupos mayores aun. Amazonas. Cruzan el discurso montadas en los espermatozoides del marqués.

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Es hermoso. Más hermoso que el resto del mundo. Las palabras desnudas montadas en los espermatozoides de Dios cabalgan de un extremo a otro invocando la dulzura escandalosa del marqués. Sobrepasan los límites inmorales. Con sus propias manos se hacen, se deshacen, se coronan, se destronan, se asfixian, se respiran, se aparean, se reproducen. ¿Se repiten?

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Nunca una palabra es igual a otra palabra. Mar es distinta que mar. Noche es distinta que noche, que noche y que noche. Luna no es igual a luna, ni a luna, ni a luna. Por obra y gracia de los espermatozoides, del insomnio, la poesía o cualquier otro dios, la escritura no ha dado a luz jamás una palabra igual a otra. Una resonancia igual a la otra. Una imaginación igual a otra. Un Aleixandre igual a otro. Una Marosa igual a otra.

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Pero es bastante raro, la práctica lo demuestra, que la escritura se haga así. Sin embargo, la escritura, no podría hacerse sino así. Si hubiera que localizarla en un edificio estaría en el desván. Si hubiera que darle un lugar de origen sería la mano de una mujer que crea a Dios a imagen y semejanza del marqués. Si hubiera que darle una razón de ser, sería la lectura.

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